Aparcamientos en la jungla


      La ciudad ya no tiene regla alguna. No se respeta nada y nadie hace respetar nada. La Policía  Local, en donde puede y la llaman, intentar poner algunas notas de orden en un tráfico en el que ya rige  «la ley de la jungla». No hay normas, salvo las de la selva. Se puede aparcar en medio de una calle, sobre el paso de cebra, frente a las murallas de la ciudad, en calles de tráfico prohibido, en sentido contrario al de la ciruculación, e incluso ocupando el espacio de dos o tres vehículos, u obstaculizando por completo el paso de vehículos en las esquinas, incluso en las mismas narices de la Policía Local, aunque para esto último hace falta valor.

         Las señales ya no sirven. Como hemos visto en las últimas entradas, están arrumbadas en el suelo o ya no indican nada que alguien respete. La ciudad está sin control, sin rumbo y solo se mantiene en pie por su su propia inercia. Estamos en un callejón sin salida.

La tormenta de San Juan


Lo que San Juan anuncia en Melilla

        ¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?. Pues entonces dad el fruto que corresponde a la enmienda y no os hagáis ilusiones pensando que Abrahán es vuestro padre; porque os digo que de las piedras estas es capaz Dios de sacarle hijos a Abrahán. Además, el hacha está ya tocando la base de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego. Mateo 3, 7-10

        La tormenta ha rodeado Melilla en una de las noches de San Juan más extrañas de los últimos veinte años. El Sol dio paso a las nubes a media tarde para luego volver a salir y volver a asentarse las nubes, que abrieron definitivamente paso a la tormenta.

           Los romanos eran muy supersticiosos y por eso ordenaban sacrificios rituales y propiciatorios antes de cualquier celebración o festejo. Un rayo en medio de un fasto, era uno de los peores augurios posibles. Gobernar con temeridad, desoyendo los consejos de los dioses o con absoluto olvido de los designios del destino, era algo que  si podían, jamás se permitían. Se puede actuar con temeridad durante mucho tiempo, pero no siempre, porque al final, el destino es algo que acaba dando alcance a cualquiera que se enfrente a él.

         Visto todo lo que ha sucedido esta noche, ya da igual que la hoguera se encendiese antes de tiempo, sin los cohetes de aviso, que los fuegos se iniciasen antes de la media noche y que los bomberos apagasen la hoguera de San Juan antes de cumplirse la media hora. El poco público asistente, abandonó el Paseo Marítimo en cuando pudo. Mas que irse, la gente parecía huir.

          La tormenta rodea la ciudad y todos los presentes han podido ver los rayos. El final que anuncian ya no puede demorarse más.