Hasta siempre, Carlota


Cuando la mitad de uno se va

Héctor Faúndez Ledesma
Al retomar esta columna, pido perdón, a mis lectores, por distraer su atención
con un asunto tan personal, pero que necesito expresar en voz alta, como un sentido
homenaje a Carlota Leret O’Neill.
Es difícil hablar -o escribir- sobre una experiencia traumática que nunca antes
habíamos vivido en carne propia y que, por lo tanto, no conocíamos. Esta vez, la
desgracia ha tocado a mi puerta, trayéndome una inmensa carga de dolor. Perdí a
Carlota, mi esposa, mi amiga, y mi compañera de toda una vida. La conocí en Londres,
hace justo cuarenta y siete años, y de inmediato hubo entre nosotros una conexión
espiritual que, en lo que a mí concierne, ni siquiera la separación física ha podido
romper. Gracias a ella, y con ella, conocí y disfruté de la música de Nana Mouskouri, la
misma música que ahora me hace sufrir, y que escucho mientras escribo estas líneas,
recordando nuestra estancia en Londres. Al parecer, en la escuela nos habían enseñado
los mismos poemas -o habíamos leído los mismos libros-, porque nunca pude
sorprenderla, ofreciéndole, como propios, unos versos escritos por Gustavo Adolfo
Bécquer, Rubén Darío, Gutierre de Cetina, Jorge Manrique, o Pablo Neruda, pensando
en mujeres como ella.
Compartíamos las mismas inquietudes sociales y políticas, coincidíamos en
nuestras ideas sobre la religión, nos gustaba disfrutar de las cosas sencillas y, a veces,
también de las más sofisticadas. Viajamos juntos por casi medio centenar de países,
teníamos amigos a ambos lados del océano, y disfrutábamos de nuestro hogar, en el que
fuimos acumulando recuerdos de distintos lugares. Coincidimos, más de una vez -en
algún restaurant, o en el lobby de un hotel-, con figuras famosas del cine, la literatura, y
la política. Vivimos aventuras y experiencias inolvidables, siempre enriquecedoras –
unas pocas, fantásticas, muchas divertidas, algunas curiosas, y otras decididamente
peligrosas- que, cada cierto tiempo, nos encantaba rememorar, en compañía de nuestros
queridos amigos, en la terraza o junto a la chimenea. Jugamos, cantamos, reímos,
discutimos y, a veces, también lloramos; pero fuimos inmensamente felices.
Quienes tuvieron la oportunidad de conocer a mi querida Lotti (como la
llamábamos en familia), saben de su inteligencia y su cultura. Pero lo que la distinguía
era su gracia y su encanto especial, que transmitía confianza, alegría, y bondad. Iba por
la vida discretamente, sin hacer alardes de ningún tipo; su tono de voz era siempre suave
y educado, y trataba a todos con respeto y consideración. En su trabajo, que la llevó a
ser la gerente de compras internacionales de una prestigiosa empresa venezolana, sus
proveedores sabían que era dura negociando, pero también conocían de su rectitud, y de
que era mujer de una sola palabra, que la respetaba incluso en las circunstancias más
adversas. Como ella solía decir, el valor de la palabra empeñada es más valioso que un
contrato escrito y debidamente firmado. Su estilo no era jugar con cartas marcadas, y
nunca recurría a la intriga, al fraude o al engaño; era transparente y cristalina, como el
agua que trae el manantial. Pero, cuando era necesario, también sabía mostrar su
valentía, su entereza, y su carácter. Por eso, sus compañeros de trabajo la querían, pero
también la respetaban.
Amante de la libertad y la justicia, siempre hacía sentir su solidaridad a aquellos
que eran víctimas de la exclusión social, que eran perseguidos por sus ideas políticas,
que eran oprimidos por las mayorías, o que eran víctimas de la discriminación y la
intolerancia. Creía que la sociedad estaba en deuda con las mujeres, al no tratarlas como
iguales y al no otorgarles el lugar que merecían, no por ser mujeres, sino por su talento
y sus capacidades. Reconocía las diversidades culturales y el derecho de cada pueblo a
preservar su propia cultura, pero no a expensas de sacrificar la libertad y la dignidad de
las personas. Respetaba los proyectos de vida de cada cual, y defendía su derecho a
hacerlos realidad. Aunque puede que no compartiera exactamente las ideas, las
preferencias sexuales, o el estilo de vida de un colectivo en particular, quienes formaban
parte de esos sectores siempre tenían en ella a una amiga, y a una aliada en defensa de
sus libertades.

Lotti tenía un corazón de niña y un alma de gigante. En nuestro viaje a la India,
le afligieron -hasta las lágrimas- las decenas de manos extendidas que surgían de pronto,
víctimas de la miseria, pidiendo una limosna en cada semáforo, y en cada recodo del
camino. Sentía como propio el sufrimiento de los demás. No podía ver películas de
violencia. En Buenos Aires, en la Escuela de Mecánica de la Armada, que había servido
de centro de torturas de la dictadura militar, no resistió el relato del guía que nos
describía las atrocidades que allí se cometieron, y tuvo que apartarse para contener su
rabia, y las náuseas que le provocaban tanta maldad.
En su afán por compartirlo todo, disfrutaba de mis éxitos académicos o
profesionales, y sufría con mis tropiezos. Pero siempre estaba allí, para acompañarme,
tanto en los momentos de alegría como en los de tristeza. Ella era la voz que me
alentaba a hacer lo que sabía, y la que siempre me acompañaba en mis aventuras
quijotescas. Le molestaba que ningún gobierno venezolano jamás me hubiera tenido en
cuenta para nada; y costaba explicarle que eso se logra haciendo política, que yo no
militaba en ningún partido, que no medraba en torno a los círculos del poder, que no
sabía abrirme paso con el codo, y que me sentía contento con ser, simplemente, alguien
cuya vida siempre había girado en torno a la universidad. Sin embargo, aunque yo me
sentía feliz sólo con tenerla a ella, Lotti hubiera querido colmarme de todo lo que -con
razón o sin ella- creía que me merecía.
Un querido amigo decía -y lo sigue diciendo, a todo el que lo quiera oír- que
Lotti era la autora de mis libros y de todo lo que yo publicaba en esta columna, porque
ella era la única que tenía talento en la familia. Y no deja de haber algo de verdad en esa
afirmación. Respecto de mis artículos en estas páginas, antes de enviarlos a la redacción
del periódico, cada uno de ellos pasaba por la revisión de Lotti, quien siempre me hacía
observaciones atinadas. A veces, ella me advertía que había un párrafo que no se
entendía, o que el texto era demasiado técnico, o que era demasiado condescendiente
con los que mandan, o me hacía notar que faltaba una conclusión más firme y
contundente. Otras veces, consciente de que vivíamos bajo un régimen liberticida, me
pedía que quitara tal o cual frase, porque era demasiado peligrosa para mi libertad o mi
seguridad. Pero su sensibilidad, su ingenio, y sus ideas, siempre estaban allí. Ahora,
tendré que arreglármelas solo, sin su inspiración, y sin su orientación repleta de sentido
común.
Desde su muy temprana infancia, llevó una vida de novela, aunque ésta haya
comenzado con un drama terrible. Siendo muy niña, la Guerra Civil española le arrebató
a su padre -el Capitán Virgilio Leret Ruiz-, quien fue fusilado por no haberse plegado a
los golpistas, y por haber sido leal a la Constitución que, como militar, él había jurado
defender. En esos mismos días, la separaron de su madre -la escritora Carlota O’Neill-,
a la que encarcelaron por haber escrito la primera crónica de la guerra civil española.
Esas experiencias marcaron profundamente su vida, la hicieron madurar
emocionalmente, y forjaron su personalidad, sus ideas y su carácter. Después vendría el
exilio en Venezuela, que fue su refugio, y que, en democracia, le dio alas para soñar.
Tuvo la fortuna de que se rescatara del olvido la memoria de su padre, inventor
de un motor a reacción que, por los avatares de la guerra, no se llegó a producir, pero
que fue contemporáneo con los motores a reacción del inglés Frank Whittle y del
alemán Hans von O’Hain. Actualmente, una maqueta del motor del ingeniero
aeronáutico y Capitán Leret se exhibe en el Museo del Aire de Madrid, como uno de los
precursores de la aviación moderna. Paralelamente, las obras de su madre, la escritora
Carlota O’Neill, perdieron el polvo de las bibliotecas, fueron reeditadas una y otra vez,
y dieron origen a varias tesis doctorales, particularmente en Estados Unidos, España, y
Francia. Todo esto fue un motivo de orgullo y alegría para Lotti. Ella siempre quiso
escribir un libro sobre sus padres, asunto en el que, lamentablemente, ninguno de sus
familiares mostró interés en ayudarla y en tomar el testigo. Si hoy se conoce algo sobre
la vida de sus padres, sobre su aporte a la historia reciente de España, a la lucha por la
libertad en la época del franquismo, a la aviación, y a la literatura, es gracias a Lotti y
un puñado de amigos.

Me queda, como herencia, un enorme vagón, atiborrado de hermosos recuerdos.
Tuve el privilegio, y la dicha, de recorrer junto a ella buena parte de nuestras vidas, de
haber disfrutado de su amor, y de haberla amado con pasión. Doy gracias a la vida por
todo eso; no podía haber aspirado a nada mejor. Después de casi medio siglo juntos, su
presencia, su voz, sus ojos, sus caricias, su sonrisa siempre franca y sincera, su dulzura,
su serenidad, y toda ella, Lotti era parte de mi piel. Ella era, para mí, tan necesaria como
el aire que respiro. Ella me decía que los dos éramos como un solo cuerpo y una misma
voluntad. En los últimos tres o cuatro años, cuando su salud comenzó a quebrantarse, le
gustaba cuando nos quedábamos solos, porque decía que no necesitaba nada más; eso,
que era para mí el mayor de los elogios, era también un sentimiento compartido, que
sólo pueden comprender los que han conocido el amor. Ahora, ya no podré sostener sus
manos ni besar sus labios; ya no podré escuchar sus “palabras mágicas”, que eran un
festín para mi alma. Echaré de menos todo eso. Sin haber aprendido a caminar solo por
la vida, con su partida, siento que he perdido la mitad de mí mismo. ¡La mitad más
amable, más noble y más sensible! ¡La mejor mitad!
¡Hasta siempre, mi querida princesa!

Giovanni Falcone & Paolo Borselino


Un año más, y ya son 11, toca recordarles. Cambiaron el concepto de lucha contra el Estado paralelo que es la mafia. Sus vidas fueron el ejemplo de que es posible aún, el concepto de servidor del Estado, estar a su servicio, y no servirse de él. Pero sobre todo, son el ejemplo de la dignidad que debe rodear a los integrantes del llamado Tercer Poder, la Justicia.

La actividad ilícita, el campo gris en el que se mueve la mafia, está indisolublemente ligada a la corrupción, el gran mal que asola y azota al ejercicio de lo Público. Las pequeñas corrupciones acaban en las grandes, y el político o el servidor público que queda tocado por una dádiva, una prebenda, luego ya queda atado para siempre, ya no es independiente, es influenciable.

El Poder Judicial debe separarse lo máximo posible del mundo político, porque una justicia pendiente y dependiente de la servidumbre política, ya no es una justicia útil a la ciudadanía ya no es útil a la causa que debe servir. Servirá a las causas menores, pero estará inhabilitada a la hora de enjuiciar las grandes causas. En España se roba al Estado, se desfalcan las arcas públicas, se produce un notorio incremento patrimonial en una parte significativa de los integrantes de la clase política, pero luego rara vez responden de esos actos.

Es una imagen devastadora que la corrupción llegue a la Jefatura del Estado, y también a presidentes Autonómicos, Ministros y Vicepresidentes de Gobierno, así como a partidos políticos. No hay nivel político, ya sea estatal, autonómico, municipal, que no haya quedado afectado por la corrupción. La justicia está politizada y la política judicializada. La separación de Poderes resulta difusa, en uno de los ámbitos más importantes para la restitución y salvaguarda de la actividad pública y la confianza en las Instituciones.

Los jueces/juezas y fiscales son los defensores del Estado, de la sociedad, el ejemplo del servicio público más visible, porque es la institución a la que representan y encarnan, es a la que recurren los ciudadanos/as para solicitar defensa y amparo, muchas veces de las actividades del Poder político. Por eso es tan necesario que sus integrantes sean ejemplos de independencia, de moralidad pública, y deben estar distanciados de la esfera política. Es posible y es un deber.

Desde el origen del Alminar en 2011, cada 23 de mayo no hemos faltado al recuerdo del Juez Falcone en el día de su asesinato en 1992, ni con el de su compañero y amigo Paolo Borselino. Este día nunca escribimos de otra cosa.

Nota:https://youtu.be/7AGVchFpG7k

Reconocimientos, homenajes, distinciones


¿Es Melilla una ciudad que como Saturno devora a sus hijos? ¿Por qué costó tanto reconocer a Fernando Arrabal, por qué cuesta tanto aceptar el mérito de Javier Imbroda?

Cualquier reconocimiento, cualquier homenaje, cualquier distinción, debe estar precedida de un sentimiento popular amplio. Hacerlo desde el clan, desde el grupo, desde un sesgo político determinado, araña la popularidad y oculta el mérito de la persona.

El prematuro fallecimiento de Javier Imbroda, hijo de Melilla, ha sacado a la luz, como un relámpago, todos los méritos deportivos del que fuera entrenador del Mayoral Maristas, Unicaja, Real Madrid, selección de Lituania, y la selección absoluta de España de baloncesto, en donde ya es un mito inmarcesible. Todo ese pasado espléndido ha reverdecido en los labios y memoria de decenas de personas que convivieron y compartieron con él innumerables momentos y vivencias. La verdad es que no ha faltado nadie en destacar sus muchas cualidades personales y como entrenador deportivo del máximo nivel.

Los que no le conocimos, podemos hacernos una idea de su dimensión humana, leyendo y cribando todos esos recuerdos de personas de indudable calidad, como Pau Gasol, Valdemaras Chomucius o Nacho Rodríguez, quien publica en el diario Sur, una sentida y muy reveladora carta de homenaje.

Mientras todo el mundo habla, el silencio en Melilla es espeso y cortante. Hay una carta de la periodista Tania Costa: «Melilla espera más», que expresa muy bien ese sentimiento contenido y expectante.

El Alminar de Melilla es un blog de la ciudad, un legado para el futuro, y no podíamos quedar atrapados en ese silencio frustrante. Esta ciudad necesita nombres para el futuro, necesita ejemplos, y en un mundo que se fija en los deportistas y en el deporte como modo de superación personal y colectiva, el de Javier Imbroda deportista, es uno de esos ejemplos necesarios. Hacemos solo alusión a su faceta deportiva, porque en ella hay méritos objetivos e incuestionables para todas y todos. La autoproclamada ciudad y capital del deporte, no puede permitirse dejar escapar esta segunda oportunidad, para reconciliarse con uno de sus hijos más emblemáticos en esta faceta. ¿Qué es ese más que merece y por el que se preguntaba Tania Costa?

Lo vamos a decir muy claramente. No hay mayor honor para un melillense, que su nombre quede unido a la Medalla de Oro de Melilla, y también a alguna de sus calles más principales. Ambas cosas merece, porque este nombre seguirá apareciendo en los buscadores del futuro, ligado a la historia del baloncesto. Los reconocimientos en Andalucía van a sucederse en cascada, pero hay acciones que deben ser recordadas aquí.

La jubilación del último romano


Jacinto Montes Barberena, profesor de latín

Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum
lingua Celtae, nostra Galli appellantur
.

Somos romanos, en nuestras supersticiones, en nuestro lenguaje, en el modo de ejercer el poder, en la corrupción inherente al sistema, en nuestras relaciones sociales, en las guerras fratricidas. Casi todos los alumnos del antiguo BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), excepto los de ciencias, tradujeron esas primeras líneas de La Guerra de las Galias, del divino Julio Cesar. ¿Cuántos presidentes de gobierno se han sentido tentados a escribir sus memorias en libros? Que conozcamos, todos.

Hay noticias que te pillan con el paso cambiado, como la de la próxima jubilación de Jacinto Montes, D.m., al final del presente curso. Es algo que no había pensado, pues a lo largo de todos estos años, siempre he contado con la tutela y consejo, con mayor o menor intensidad, del que es mi amigo, pero sobre todo, mi profesor de latín. Contar con su apoyo y valoraciones, es algo parecido como tener a mano a Séneca. Cualquier romano que participase en la Res publica, necesitaba siempre de un tutor, que indicaba sobre todo, el momento en que te pasabas de la raya (ahora se les denominan como Ceo, o spin doctor). Nada nuevo, como podemos comprobar.

¿Quiénes de los presentes en Melilla conoce todo el pasado político que nos ha traído a la situación actual? Uno de ellos es Jacinto Montes, el palentino de Fromista. Melilla, la ciudad en la que solo se vive con la mitad de lo que tiene cualquier otra ciudad española, tiene una gran desventaja, y es que casi toda su población mayor se jubila y se va. En cualquier otro lugar, el que concluye su vida laboral, regresa a su localidad natal para pasar la etapa de jubilación y aportar sus conocimientos a su ciudad de origen. En Melilla sucede lo contrario, entre otras cosas porque en esa etapa se necesitan servicios y atenciones que esta ciudad no puede ofrecer, Esta es la parte que ninguna administración cuida o planifica. Esto nos priva de tener un consejo de sabios, como en Atenas, o un senado, como en Roma, en definitiva de testigos del pasado.

De la Consejería de Cultura a La Resistance

Todos los males que nos asolan, tienen su origen en el «cesarismo» de la etapa de Ignacio Velázquez y su abrupto final. En 1999 el Partido Popular desapareció por sus propios demeritos y se abrió la etapa del «gobierno de las Taifas» que presidió Mustafa Aberchán, con el apoyo del «populismo gilista», que saltó de Marbella a nuestra costas. Las detenciones y dimisiones de consejeros, colocaron a Jacinto Montes en el puesto de Consejero de Cultura.

Sociedad gastronómica La Resistance

Sin embargo, hay un aspecto en la vida pública del profesor de latín y griego Jacinto Montes, que interesa resaltar, por ser el menos conocido. Es el de ser el creador de la sociedad o peña gastronómica La Resistance, junto a Alfredo Trevijano, Antonio Caparrós y Cosme Ibáñez, y las incorporaciones posteriores de Manuel Céspedes, José Luis López Belmonte, Diego Fernández, Ángel Castro y Sebastián Sánchez. Quien ha sido o representando algo en este ciudad, ha pasado por sus cenáculos. La única condición que debía cumplir un invitado, además de ser resistente a la comida abundante y al vino, era someterse al interrogatorio final, al tercer grado de los postres y las copas. Una de las invitadas a una de esas comidas fraterno-políticas fue Carlota Leret, en las fotos que recuperamos y compartimos. Fue en el año 2011, justo en el origen del Alminar de Melilla.

Decenas de veces hemos discutido sobre quién podría entrar en el perfil de César, quién en el Tiberio o en el de Nerón. En lo que sí había consenso, era en que ninguno de nuestros dirigentes podía comparar a Octavio Augusto. Ambición hay mucha, pero nadie comparable al divino Augusto. Candidatos incendiar la ciudad hay muchos.

Hacen muy mal los responsables de los dos principales partidos de la ciudad en no decidirse a pasar a la historia y permitir la renovación. El primero por seguir pensando si continúa, el segundo por incumplir su promesa de la retirada. Llevamos desde 1996 en esta polarización y guerra electoral fratricida. Con las elecciones adulteradas por el espectáculo vergonzoso del voto por correo.

Jacinto Montes lleva en esta ciudad desde 1984, vinculado sobre todo al Instituto Enrique Nieto, aunque yo lo conocí en el Leopoldo Queipo. No conocemos que decisión tomará tras jubilarse. En cualquier caso, en el blog tomamos nota de la advertencia de Don Quijote: «Vámonos yendo Sancho, que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño». Ya es otro tiempo y hay que ir dejando paso a otros.

Lorquianas en Melilla


Todos los veranos son de Lorca. Es algo que quedó pendiente al salir de Melilla. Sabemos nombres, pero no conocemos el lugar en donde se produjo, ni en donde está enterrado. Desde hace treinta años al recorrer el tramo de la carretera A-92, entre Granada y Almería, se siente el mismo estremecimiento al pasar por las inmediaciones de Alfacar y Viznar. Allí sigue su cuerpo mal enterrado, o quizá no. Francisco Umbral, en su obra Lorca, Poeta Maldito, aporta un dato que quizá sea relevante. Federico fue asesinado con su reloj de oro, que le fue robado, y un cinturón con hebilla, también de oro. No se si este dato está aportado intencionadamente, pienso que sí. Creo que entre el mundillo literario del franquismo existían ciertas claves conocidas solo por un reducido círculo de literatos. Luis Rosales, poeta, falangista, amigo de Federico, debía saber ciertas cosas, incluso la propia familia del poeta, siempre muy ambigua, o poco beligerante, en lo que respecta a la posibilidad de encontrar los restos del poeta español más universal. ¿Existe interés real en encontrar los restos de Federico?

May Melero, la luz de la Janda

Magníficamente presentada por la productora La Vidriera, y dentro del programa diseñado por la Consejería de Cultura que dirige Elena Fernández, May Melero, la actriz vejeriega brilló con una luz distinta, en el patio del Hospital del Rey, en el epicentro histórico de Melilla. Magníficamente acompañada por el guitarrista y músico granadino Antonio de La Pura y la actriz melillense Lola Padial, que como Penélope, tejía y destejía la maroma del nudo lorquiano, que quizá nunca logremos desatar.

Vejer de la Frontera, el río Barbate, y la llanura de La Janda componen un paraje único y cargado de significado. Hay algo en ella que hechiza, como el propio Lorca. «Todas las mujeres somos, en algún momento de nuestras vidas, alguna de las mujeres de Lorca», afirmaba May Melero. La compenetración de los tres artistas era máxima, y compusieron una interpretación en la que el tiempo pareció detenerse. Allí nos quedamos y vimos a doña Rosita la soltera, a Bernarda Alba, a Yerma, a Soledad Montoya, a Mariana Pineda.

El universo femenino de Lorca, tejido en unos pocos años, los que le dejaron, y representado y hecho luz en una noche inolvidable. Mujeres hechas a sí mismas.

Gloria, Elena y Las Furias


Las Erinias o airadas, eran las diosas griegas de la venganza, que pasaron al mundo romano como las Furias. En cualquier caso, todos, tanto hombres como mujeres, procuraban pronunciar sus nombres, para evitar que ellas cayeran sobre ti. Todas las Furias se han desatado en forma de vendaval sobre las diputadas melillenses, consejeras de Educación y Cultura, y en en caso de Gloria Rojas, Vicepresidenta 1ª del gobierno de Melilla. En El Alminar de Melilla no acertamos a dar con la causa de tanta crítica airada que recae sobre ellas. Aunque el nombre de Elena esté inseparablemente unido al de la Guerra de Troya, no es menos cierto que la atención y el rigor crítico que recae sobre la consejera Elena Fernández es implacable, haga lo que haga, o aunque deje de hacer. El más reciente caso es el de la instalación de Las luces Interculturales en la plaza de Menéndez Pelayo, en la que se ha criticado absolutamente todo.

El asunto está cobrando tales proporciones, que incluso se forman vendavales nunca vistos en actos que ellas organizan o en el que están presentes, caso del 17 de septiembre y su suspensión obligada, por un temporal que se concentró solamente en esos minutos críticos en el que se deciden las cosas. La propia instalación del Belén, de la discordia, también estuvo marcada por el temporal de poniente más feroz que se recuerda.

Es cierto que un gobierno, como colectivo, cuenta con suficientes medios de defensa (portavoces, jefes de prensa) pero paradójicamente, un representante del mismo, está a merced de las críticas más airadas, sin que pueda responder de modo personal a esos ataques. Parece que la estatua de Franco, instalada en 1979, es responsabilidad de ambas consejeras, y no de todo el Gobierno y de toda la Asamblea de Melilla. Lleva casi en el mismo lugar más de 40 años, pero no se soporta un solo día más su presencia. Resulta enigmática esta manera de medir el tiempo y el grado de la ofensa, según a quien corresponda el hecho o la responsabilidad; más grave siempre si se trata de una mujer

En este blog nunca se ha defendido a quienes cuentan con suficientes medios para hacerlo por sí solos o solas, salvo que concurran las causas de ataques injustificados o de manifiesta desproporción, como parece ser el caso presente. Tampoco es que necesiten la escasa ayuda que pueda proporcionar este blog, porque son mujeres empoderadas y muy competentes, cada una en su área de representación. Sin embargo, sí asombra todo lo que está sucediendo en torno a ellas, en el que no hay un solo día en el que no se pidan sus dimisiones.

Nuestra atención está fijada sobre ellas y sobre este gobierno, el único posible, porque el ruido de fondo es inmenso, tanto que incluso aunque tuviéramos proyectadas otras narraciones, las circunstancias nos exigen mirar en la misma dirección. Esperemos que ese portal de Belén, correctamente instalado, en un lugar muy visible y accesible, traiga la paz y la luz necesaria a los espíritus, para seguir afrontando estos tiempos, y los venideros, que serán igualmente duros.

La jubilación del Secretario


José Megías Aznar, deja la UNED tras 40 años

Pepe Megías, el camarlengo de la UNED en Melilla, deja su puesto de secretario tras 40 años de servicios prestados, primero como profesor tutor de Literatura en 1981, y como secretario desde 1983. Dicen que hay algunos cargos que forman carácter, pero en Melilla a veces sucede al revés, y el carácter de ciertas personas, confieren una singularidad al cargo desempeñado, que desaparece tras su marcha. Con Pepe Megías, granadino de Armilla y llegado a la ciudad en 1979, sucede algo parecido.

Hay secretarios que llegan a adquirir más importancia y conocimiento del público que los propios delegados, directores, o incluso alcaldes, entre otras cosas porque ellos permanecen y los rectores y titulares, no. En los últimos 40 años, cifra necesaria para dejar cierta improntas, solo existió un secretario en la Delegación del Gobierno (Francisco Avanzini) y muchos Delegados, algunos de los cuales ya están en el olvido. Algo parecido pasó en el Ayuntamiento con Alfredo Meca Pujazón y José Antonio Jiménez Villoslada. En este senda y camino de grandes secretarios, se encontrará hasta el día 31 de diciembre, José Megías Aznar. Ayer, día 2 de diciembre, abandonó su despacho en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, para disfrutar de su último periodo de vacaciones, antes de la jubilación.

Su primer trabajo en Melilla fue como profesor de las recién creadas Aulas de la Tercera Edad, en 1979, bajo la supervisión de José Manuel García Margallo, ex Ministro de UCD (Unión de Centro Democrático) y diputado por la ciudad en 1979. En 1980 ejerció unos meses como periodista en El Telegrama de Melilla, y también fue contratado como profesor en La Salle, por espacio de un curso académico. Esto último fue posible porque a su condición de licenciado en Filología Hispánica, suma también dos años de Teología en un centro de La Compañía de Jesús o «Jesuitas».

Algún día hablaremos de «las leyes de Melilla», y por eso mismo todos y todas sus conocidos le han preguntado los mismo: ¿Te quedas en Melilla? porque no es usual. Cada día, cada semana, cada mes, se deja de ver a alguien conocido en la ciudad, porque la han dejado atrás por jubilación o traslado. El apartado 5º de las leyes no escritas de los melillenses, estipula que: La persona que se jubila, no suele esperar a acabar el día para abandonar la ciudad. Pepe Megías no será de esos, porque su vida y hacienda están en esta ciudad, a la que ha dedicado más de media vida. Casi igual que a la UNED, fundada en 1975, en una de alas del edificio del Ayuntamiento.

En política su militancia de toda la vida ha sido el Partido Socialista, del que fue ideólogo y jefe de campaña hasta 1999, fecha en que Mustafa Aberchán lo llamara para hacerse cargo de la mega consejería de Economía y Hacienda, en la que que adquirió fama de implacable frente a las trapisondas. Su actividad actual es la de intentar «resucitar la conciencia y moral públicas» en un movimiento de opinión llamado Melilla Levántate, por los que sus integrantes son conocidos como «los lázaros».

Con la marcha de Pepe Megías y la ausencia de director, la UNED de Melilla está en Sede vacante. Sus muchos recursos y actividades, confieren a este centro el carácter de eje cultural de la ciudad. Todo lo que se abra a partir de ahora será nuevo.