Archivo de la categoría: Obituario

La última nota de Enrique Gozalbes


 

               Enrique Gozalbes Cravioto, era y es el único autor de un libro sobre historia antigua de Melilla, imprescindible para todo aquel que quiera adentrarse en el pasado histórico de la ciudad con rigor científico, y alejado de leyendas de difícil demostración. La ciudad antigua de Rusadir se publicó en 1991, bajo el patronazgo de la entonces Fundación Municipal Sociocultural y del también incipiente Servicio de Publicaciones de la ciudad.

                La destrucción, las guerras, la voladura de la colina de San Lorenzo, y la reutilización constante de materiales, arruinaron para siempre la posibilidad de averiguar cuál era el urbanismo de partida del primitivo asentamiento de Russadir. Lo mismo ocurrió en otras zonas y colinas de la ciudad. Todo el posible material arqueológico para su posible estudio fue arrasado sin contemplaciones, para el acelerado desarrollo del  neourbanismo melillense del siglo XX.

                 Quedaba algo, muy poco, en la zona de Sidi Guariach, en una breve incursión realizada en lo que denominamos como “La colina del silex” *. La exploración coincidió con la reedición de Los Apuntes de prehistoria Norte-Marroquí de Angelo Ghirelli, a cargo de Enrique Gozalbes, y bajo el patrocinio de la Consejería de Cultura y del Archivo General de Ceuta.

                  A cuenta de esta exploración, me puse en contacto con Enrique Gozalbes, y le hice llegar las fotografías  y comentarios. Con la humildad y sencillez de los sabios atendió y opinó sobre lo “explorado”, con atentas y académicas respuestas. El artículo sobre la colina del sílex fue publicado el penúltimo día de enero de 2018.  Pasados dos meses, el 9 de abril,  recibí un correo suyo en el que me comunicaba que había aspectos interesantes en aquel reportaje que quería comentarme. Tras las consiguientes respuestas, el pasado 19 de mayo recibí esta última comunicación suya:   Hola Enrique: muchas gracias por el interés. Pero es una contrariedad que en bastante tiempo no podré volver por Melilla. Cuando lo pueda hacer no dude que volveré a contactar con usted. Un cordial saludo, Enrique Gozalbes

            El pasado 13 de julio, el director del Archivo de Ceuta, JL Gómez Barceló, comunicaba a través de su página el prematuro fallecimiento del profesor Gozalbes Cravioto. Queda ya aquí, en El Alminar, su recuerdo y ese interés por algo que ya no podremos saber en la colina del sílex, pero que llamó su atención. Que descanse en paz

               Nota:https://elalminardemelilla.com/2018/01/30/la-colina-del-silex-en-melilla/

 

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Carlos Castañeda, cuestión de fe


 

                   Hoy, 7 de junio, nos ha dejado un hombre de fe, un cristiano viejo, un amigo del Alminar y uno de sus mas fervientes lectores. Todo en Carlos Castañeda era pasional, o le gustaba o lo aborrecía, o creía en algo con firmeza o no le prestaba atención. Fiel servidor y devoto de la Cofradía de La Virgen de La Victoria, patrona de Melilla, a la que veneraba por encima de cualquier otra, junto con la iglesia de La Purísima Concepción, de la que fue voluntario y altruista cicerone. Su segunda gran pasión era la que profesaba a la Soledad de Melilla la Vieja y al Cristo Nazareno.

                    ¿Qué es la fe, en qué consiste la creencia, qué hay en el Más allá?, son algunas de la preguntas sin respuesta que en algún momento compartió conmigo. Fue él quien me recomendó tratar siempre de usted a los sacerdotes, “porque ellos tienen su función y nosotros la nuestra”, me decía. Se puede tener confianza y amistad con ellos, pero sin interferir en la esfera de la Iglesia. Como humanos, cualquiera podemos necesitar consejo y orientación en cualquier momento, pero uno/a solo puede vivir su propia vida. Todos somos iglesia, pero en el Gólgota siempre se está solo.

             Cuentan de fray García de Loaysa, cardenal y arzobispo de Sevilla, que al ser nombrado Inquisidor general, recibió la felicitación de un intimo amigo, y al que respondió del siguiente modo: “Que sea enhoramala, porque me han dado oficio con que os queme”. Viene esto a cuento de las siempre difíciles relaciones con la Santa Madre Iglesia, que padeció en algún momento Carlos Castañeda, y de las que siempre me previno. Le hemos hecho caso en muchas cosas y también hemos buscado nuestro propio camino, siempre dentro de la senda de la humildad y alejados lo más posible de la vanidad y de la soberbia. Al Más allá nadie se lleva nada. Su ejemplo es el de un hermano franciscano, como siempre se sintió, aunque sin hábitos. En sus últimos años se recluyó en su propio mundo, y en su santuario privado dedicado a la Virgen de La Victoria.

                     Carlos Castañeda deja, ya como obra póstuma, una historia de la iglesia de La Purísima Concepción, crisol de la fe de Cristo, de sus imágenes y de sus devociones, y de la que afortunadamente tuvo el tiempo y las fuerzas necesarias para concluirla. Será su legado y su testimonio, que le hará permanecer en la tierra de Melilla, de la que nunca quiso separarse.

               Su testamento de fe es el pregón de 1997, el único reconocimiento que obtuvo dentro la Iglesia y de su mundo, y que me dedicó: “Te muestro mi corazón de católico convencido que vacié, junto a mis vivencias, en este pregón semanosantero. A Enrique, buceador indómito de variopintas historias, que pueden alcanzar desde lo sacro hasta el averno”.

               Carlos Castañeda se ha ido, pero dentro del seno de la Iglesia, en la que siempre creyó y a la que sirvió, pese a lo mucho que había visto. La semana pasada recibió los santos óleos y el último sacramento, de manos del Vicario Episcopal de Melilla.

 

El tiempo de Julio Bassets


 

               El tiempo de Julio Bassets en el socialismo melillense fue duro, los partidos no eran como ahora. En el PSOE melillense existían tendencias y líneas diferentes, tan opuestas, que a veces se manifestaban en la prensa. Entre 1980 y 1996 ocupó puestos de máxima responsabilidad dentro del partido. En octubre de 1982 se convirtió en el primer senador socialista desde la restauración de la democracia en España, de hecho es el único socialista que ha alcanzado esa representación junto con Miguel Ángel Roldán y Gonzalo Hernández. A partir de 1986 la derecha o el Partido Popular ha obtenido de modo ininterrumpido la representación parlamentaria en Melilla, excepto en 1993, año en el que el partido socialista obtuvo su último triunfo electoral.

            El diputado durante ese legislatura fue también Julio Bassets Rutllant, convirtiéndose en el único político que ganó las elecciones a la derecha en la ciudad. Su perfil institucional resulta manifiesto y pese a ello, no ha existido la más mínima nota de prensa por parte de los responsables de la Administración en Melilla, en la hora de su inesperado fallecimiento. En la legislatura de 1996 Julio Bassets fue el ponente del Estatuto de la Ciudad de Melilla por el partido socialista, junto con Mariano Rajoy, entonces ministro de Administraciones Públicas, por parte del Partido Popular. El hecho evidencia hasta que punto se han perdido las formas políticas en la ciudad.

                                 Historia de una década, 1986-1996

                 En 1986 culminó el proceso reivindicativo del colectivo rifeño melillense por el acceso a sus derechos civiles, no reconocidos hasta ese momento. La presión de la entonces Alianza Popular en contra del proceso fue tan fuerte, que llevó al partido socialista a hacer un viraje de  180º en su posición inicial, la de la defensa de la Ley de Extranjería. La derecha melillense siguió firme en su posición de rechazo a la equiparación de derechos, mientras que el partido socialista rectificó, lo que provocó su derrota electoral en 1986. Al frente del socialismo melillense se encontraba en aquel momento Julio Bassets, quien se vio sorprendido por unos acontecimientos que cambiaban de dirección muy rápidamente. Sin embargo, él nunca fue contrario a esa equiparación de derechos, según me manifestó en las muchas reuniones que tuvimos, pues yo en aquel momento estaba al frente de las Juventudes Socialistas de Melilla. Él en sus propias palabras, me dijo que solo defendía la política del partido. Cuando el cambio de postura se hizo necesario, el partido socialista viró y dio como resultado el proceso de nacionalizaciones.

           La discrepancia política y pública, que no personal,  que mantuvimos me costó la expulsión del partido en febrero de 1987, hace ahora 30 años. Resulta incomprensible, que “los malos” de aquella época convulsa sigan siendo los socialistas, mientras que la derecha ha reelaborado su historia y aparecen hoy como los sembradores de la multiculturalidad, cuando en realidad lo fueron, pero de la discordia. Julio Bassets y Manuel Céspedes cumplieron las directrices gubernamentales, de una situación incubada en el Régimen de Franco.

                                   Julio Bassets, una relación personal

        En 1998, ya alejado de la política de partido,  recibí una llamada de Julio Bassets, que preparaba su abandono de la primera línea política, y quería recuperar a todos aquellos que en un momento u otro habíamos estado afiliados. Me dijo: Soy Julio, ¿me conoces?. Pues claro, le respondí. Tras hablar un rato y romper el hielo de más de una década, le dije que no podía volver al partido, sin más detalles. No dándose por satisfecho, me preguntó el motivo, y le dije que por estar “expulsado”, a lo cual repreguntó diciendo que quién había hecho eso. En este momento, ya apurado, le tuve que contar que la ejecutiva que él presidía, había instruido el expediente que había puesto fin de modo definitivo a mi militancia. La estupefacción pasó de nuevo a su lado, y tras unos segundos de silencio me dijo: “Me lo creo porque tú me lo dices”.

          Desde ese momento Julio Bassets me dispensó una amistad sincera, y un trato afectuoso, mezcla de cariño y respeto. Me ayudó mucho en la elaboración de “La historia nunca contada del Alzamiento Militar en Melilla”, en la que publiqué la primera lista completa de ejecuciones en la ciudad. Siempre que me veía me comentaba cosas, o me llamaba para que el ayudase en sus intentos por conservar el “patrimonio histórico de la ciudad”. Fue un gran lector y colaborador del Alminar de Melilla.

            En 2011, Amín Azmani, al abandonar la secretaría general de juventudes, organizó un reconocimiento a todos aquellos que habíamos tenido en un momento u otro, alguna responsabilidad orgánica dentro del partido socialista. Allí,  de nuevo, Julio, en su faceta más entrañable y menos conocida, me volvió a preguntar por la cuestión de mi expulsión, pero esta vez fue más directo y personal. Quería saber si le había perdonado. Nuestra amistad y trato ya estaban recuperados de modo firme, así que le dije que por supuesto, y que para mí aquello no tenía ya importancia alguna, tras lo cual me dio un gran abrazo.

              Las últimas dos décadas de Julio Bassets ha sido la de un hombre feliz, muy satisfecho y orgulloso de su familia , de todo lo que había conseguido por sí mismo, un nieto de un concejal fusilado por los franquistas, Bienvenido Rutllant. En todo este tiempo no ha dejado de preocuparse por su ciudad (en la que ha fallecido de modo anticipado), y por los que consideraba o se consideraban sus amigos y también por su partido. Hay muy pocos campos culturales o sociales en los que no haya estado presente.          ¡Que descanse en paz, Julio, el farmacéutico socialista de la avenida de Castelar!

 

 

In memoriam: JLF de la Torre


                 Fue mi profesor de Literatura en el Instituto Leopoldo Queipo, recién llegado a Melilla en 1979. En aquel entonces ya me gustaba la lectura y la literatura, pero el nivel de exigencia de José Luis Fernández de la Torre era distinto, pues te obligaba a creer en la literatura del mismo modo que él. Creo que no abrió jamás el libro de texto, sino que dictaba sus apuntes desde algún lugar de su inmensa sabiduría. A lo largo de aquel año rellenamos cientos de hojas que equivalían a su propia teoría de la literatura. En los exámenes no podía faltar nada de lo que él consideraba importante, que era todo, pero no era cuestión de repetirlo como un papagayo, porque se daba cuenta. Afortunadamente, para poder copiar al ritmo en que las frases salían de su cabeza, contábamos con la inmensa ayuda de los cigarrillos Benson & Hedges que consumía. La apertura del paquete y el encendido del cigarrillo era el instante de descanso, pero tras la primera calada y la exhalación del humo, volvía de nuevo el torrente de frases e ideas con las que abría una puerta distinta al mundo de la literatura.

              En mi primer examen con él, quedó sorprendido por el enfoque que imprimí a mi redacción y recuerdo que además de felicitarme me dijo: “No le conozco, pero si sigue usted así, ya hablaremos”. Seguí así en su asignatura, hablamos mucho y nos hicimos amigos. Y esta era otra característica suya, jamás rebajaba el trato de usted a sus alumnos, siempre éramos el sr. Delgado o la señorita Villalón. Sin embargo, esa distancia protocolaria no ocultaba a una persona muy cordial, afable y llena de un finísimo sentido del humor. Le apasionaban los clásicos, pero no era un mitómano. Una y otra vez me animó a participar en los concursos literarios del centro. En una ocasión, en la que me dieron el primer premio de poesía, me dijo que “eran de los mejores poemas que había leído”, en otra, aunque alabó la técnica, me dijo que había sufrido un empacho de Garcilaso.

              Pasado los años de Instituto y siempre que nos encontrábamos en la calle, conversábamos sobre temas variados. Le gustaba conocer de primera mano mi particular visión del mundo. Cuando le nombraron como director provincial de Cultural, me dijo que siempre que tuviese ocasión y él tiempo, me pasase por su despacho en la calle Prim, la clásica sede de Cultura en Melilla. Así lo hice y compartimos muchos agradables momentos de charla desmitificadora sobre muy diversos asuntos. En mi caso nunca pude dejar de tratarle de usted, pese a que lo prolongado de la amistad podía aconsejarlo, y él, pese a la confianza me seguía llamando sr. Delgado.

               La ciudad de Melilla le acaba de dedicar una calle, y es conocido por su implicación como jurado en el premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, y por su extenso análisis de la obra poética de Miguel Fernández. Para el Alminar era un seguidor desde agosto de 2013. Una vez que se marchó de la ciudad, solo volví a verle en las ocasiones en las que venía para pronunciar alguna conferencia. Sin embargo, su labor menos reconocida es la de la salvación de la iglesia del Pueblo o de la Purísima Concepción, que en 1989 se derrumbaba de modo literal. Su acción más firme como director de Cultura, fue restaurar y evitar el derrumbe del templo patronal de la ciudad.

                 Su obra y producción intelectual es amplia y de gran nivel. Su principal pasión era la literatura y el Quijote, cuyo gusto por su insondable lectura dejó en mí para siempre, así como el espíritu del inmortal caballero cervantino.

 

 

Joaquín Rodriguez Puget


El general Puget y el IV Recinto de Melilla

            Joaquín Rodríguez Puget, general Jefe de la Comandancia de Obras de Melilla, falleció el 15 de noviembre en Sotogrande (Cádiz)  y además fue un amigo y seguidor del Alminar de Melilla. Todavía recuerdo mi sorpresa cuando compré su libro Melilla, Crónica de una fortificación, un riguroso ensayo histórico que pese al prólogo de Carlos Seco Serrano, fue completamente ninguneado en Melilla.

              Hasta aquel momento solo había tenido acceso a la “línea principal” de la historiografía de Melilla y sus fortificaciones. En su libro leí por primera vez las dos crónicas sobre la conquista de la ciudad, y también la identificación de la presencia del pasado árabe, oculto entre las piedras de Melilla la Vieja y sus sucesivas transformaciones. Su libro cambió para siempre mi modo de ver y entender el pasado de la ciudad y me llevó a descubrir todo lo que antes no había visto. Puede decirse que todos los artículos que he publicado sobre la historia de la ciudad y la búsqueda de una interpretación más ajustada a su pasado histórico real y no mítico, surgen de aquella lectura.

          Tanta fue mi sorpresa, e incluso conmoción, que publiqué un artículo sobre el general Rodríguez Puget en 2012. Él leyó aquel artículo desde Sevilla y quedó siempre agradecido por el hecho de que alguien se hubiese hecho eco de sus novedosas teorías e interpretaciones. Su hijo Quino recibió el encargo de localizarme, y transmitirme el agradecimiento de su padre, regalándome además un ejemplar de sus dos últimas publicaciones. Él ya estaba delicado de salud, probablemente aquella presentación de su obra en 2007,  fuera la última vez que pisó la ciudad. Sus detractores decían  siempre que era “muy imaginativo”, cuando yo intentaba comprender cómo nadie había concedido la menor importancia tanto a ese libro, como a su historia sobre el IV Recinto defensivo de la ciudad, la mejor publicada hasta la fecha.

         Imaginativo o no, fue postergado y mantenido en el purgatorio de los libros malditos. La obra fue editada por Carmelo Martínez y no mereció la consideración del Servicio de Publicaciones de Melilla. Imaginativo o no, creo que su visión se corresponde más con los hechos históricos que con muchas de las argumentaciones de “la línea principal” seguida hasta la fecha y nunca abandonada . Imaginativo o no, transformó mi modo de ver las cosas y arrojó luz sobre el pasado de la ciudad y me proporcionó una herramienta indispensable para sostener y formular muchas de mis teorías. Imaginativo o no, en El Alminar siempre le estaremos agradecidos.

 

 

Homenaje al ciclista Carlos Huelin García


         Los integrantes de los diferentes clubes ciclistas de la ciudad, compañeros de trabajo y amigos, convocaron en el día 11 de marzo una concentración y recorrido homenaje al ciclista Carlos Huelin García, fallecido el domingo 5 de marzo en un accidente de tráfico ¿Qué podemos hacer? se preguntaban los concentrados en su manifiesto, ante los más de 3000 melillenses asistentes. Lo principal es concienciarse en el cumplimiento de las normas de tráfico en cualquiera de las facetas que nos correspondan (peatón, conductor, ciclista). En algún momento del día o de la semana , cambiamos de situación con respecto a las vías urbanas, calzadas, calles y aceras, alternando la posición de peatón y la de conductor. No hay casi nadie en la ciudad que en algún momento no se haya visto involucrado en un accidente de tráfico, bien como conductor, peatón o ciclista.

       Hay sucesos, como éste, que conmocionan a una ciudad y de los que resulta muy difícil escribir, entre otras cosas porque son muchas las personas afectadas. El ciclista fallecido pertenecía a una familia muy arraigada en la ciudad, y estaba emparentado con otra de gran presencia y notoriedad; además tenía ya su propia familia. Era y es muy amplio el árbol de relaciones familiares, de amigos y también de relaciones sociales y laborales, que se han  visto afectados por el fatídico suceso.

         No es el momento de otro tipo de reflexiones que no sean las de compartir el dolor de la familia, ante una tragedia que ha afectado a casi toda la ciudad, y ofrecer el pésame a sus familiares.En su manifiesto de homenaje, los convocantes de la concentración se preguntaban si este suceso caería en el olvido. Desde el Alminar pensamos que no solo no caerá en el olvido, sino que marcará un antes y un después en la conciencia colectiva de la seguridad vial en nuestra ciudad, algo con lo que nos enfrentamos todos los días. ¡Qué descanse en paz Carlos Huelin García!

  

Adiós a Fernando Belmonte


       Regresar de Roma y sin solución de continuidad asistir al entierro de mi amigo Fernando Belmonte es algo que no esperé hacer jamás. La muerte sorprende como un ladrón en la noche. Hay algunas que causan impacto social y conmueven pese a que no se conozca a la persona, pero hay muertes, como la de Fernando, que tienen un alto impacto personal, además del social. Esto es lo que ha ocurrido en este caso.

         Escribir acerca de una de las personas con las que he compartido una de las más largas etapas de amistad de mi vida, es muy difícil, y también porque es imposible hablar de Fernando sin hacerlo de Irene, su esposa; porque en Melilla ellos eran conocidos como  “Fernando e Irene”, de hecho, los conocí juntos y constituían una de las parejas, que en la ciudad se denominan como históricas.

           Hace una semana, una persona que me llama mi amigo, pero que por edad y conocimientos debo considerarle maestro, me recordada una frase que escribí hace un año, en uno de los obituarios más leídos de la historia del Alminar de Melilla: Toda muerte es segura. Muchas muertes sorprenden, algunas hacen enmudecer. Hoy debo añadir que algunas te dejan helado, pero  obligan a escribir sobre  ellas. A alguien como Fernando Belmonte, no se le puede dejar marchar sin escribir acerca de él. Para Irene Flores ha muerto su esposo, para sus familiares el hermano, el tío o el primo, para los amigos un amigo, para la ciudad un testigo, quizá de los mayores, de todo lo que ha sucedido desde la fundación de La Democracia.

         Aquel obituario hizo  que Fernando me advirtiera de algunos errores, como el de no haberle señalado como el primer director de Televisión Melilla, INMUSA; de hecho puede considerársele el fundador de la Televisión melillense. Tenía la confianza para decirme cualquier cosa, después de tantos años de amistad.  La discrepancia, que aclaré en el propio Alminar,  la zanjó el propio Fernando con esta frase: “Una cosa me ha quedado claro, y es que si algún día me muero, quiero que mi obituario me lo hagas tú”. Dicho por una de las mejores plumas periodísticas que haya dado la ciudad, lo consideré como un elogio. Lo que no pensé nunca, es que solo un año después tuviese que hacerlo.

                        Así en la vida como en la muerte

                Fernando inició la lucha por la democracia desde La Dictadura de Franco, militando en el Partido de los Trabajadores de España (PTE), un partido marxísta-leninista, de línea maoísta, que editaba un boletín llamado La Unión del Pueblo. Su familia era de origen modesto, hijos y nietos de los vencidos en la Guerra Civil. Esa etapa no la conocí, pues mi primer encuentro con él fue en su atalaya del diario Sur, cuando tenía delegación en Melilla y era uno de sus redactores.

            No se puede reducir su actividad a la sola condición de periodista, aunque es la que le define y por la que se le identifica. En el diario Sur escribió probablemente sus mejores páginas como profesional de la prensa. Era un atentísimo observador de la realidad y no se le escapaba ningún detalle. Sabía condensar toda la información en el reducido espacio con el que contaban, solo dos páginas. No desperdiciaba palabras porque las conocía todas. Manejaba el lenguaje (a favor o en contra como le gustaba decir), como nadie ha vuelto a hacerlo. Su capacidad para la ironía era infinita, que era tan afilada, que podía atravesar cualquier pared o metal. En algunos aspectos, como estos mencionados, debo considerarle mi maestro en el oficio de la escritura.

              Destacar, brillar, sobresalir en una ciudad de bandos y de facciones como Melilla, es muy difícil, y a menudo  impiden hacer aquello que se desea, y para lo que tenía un “don natural”, como el de la escritura. Alguien como él, debería haber dejado una mayor obra escrita, que le hubiese inmortalizado en la forma en que sus cualidades merecían. Con la madurez, había alcanzado la estabilidad laboral y personal, y también la consolidación académica. Esto le hubiese permitido narrar aquello de lo que había sido testigo y parte, que es el proceso de La Transición en la ciudad, el establecimiento de La Democracia, y sobre todo, el acceso a la nacionalidad española del colectivo musulmán de Melilla. Si hubiese tenido el tiempo necesario para hacerlo, dadas sus condiciones, se hubiese convertido en el Tito Livio de la historia local. Es un dolor sordo el que no haya dejado una obra escrita a la altura de su talento. Todo esto es solo una mínima parte de lo que ha sido. Queda el Fernando cantante, el tenista (con su autodenominada muñeca de seda), el jugador de mus, el Fernando íntimo, el familiar.

            En cualquier caso, ya nada tiene remedio, pero al igual que el divino Augusto, al acercarse el momento de su muerte, solicitó el silencio de los presentes y preguntó: ¿He desempeñado bien mi papel en el teatro de la vida?, a lo que todos dijeron que sí. Complacido, el divino Ottaviano respondió: Plaudite me ergo (aplaudidme pues). 

         La respuesta la dejo ya a criterio de cada uno. A la hora en que fallecía, me encontraba frente a la representación del Juicio Final de Miguel Ángel, en la sublime e inexpresable Capilla Sixtina. Le dedico la fotografía, y por supuesto, el aplauso.