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De Valsaín a Las Ardenas


50º aniversario del rodaje de Patton en San Ildefonso 

 

   Valsaín es una población segoviana de 176 habitantes, perteneciente al término municipal del Real Sitio de San Ildefonso, también conocido popularmente como La Granja, localidad edificada por el monarca Felipe V, el animoso, el primer Borbón español que se asentara en el trono en 1700. Sin embargo, el asentamiento de poblaciones en el lugar puede ser mucho anterior, aunque no existen evidencias. De hecho, en el primer cuarto del siglo XVI, el monarca español Carlos V edificó allí un palacio de caza y descanso, junto a la famosa pradera de Valsaín y sus legendarios caballos.

        El Real Sitio de San Ildefonso es conocido por su Palacio Real (el Versailles español) y el de Caza, que se encuentra en la cercana localidad de Riofrío. Ambos fueron  utilizados para el rodaje de la película Patton en 1970, del que se cumplen ahora 50 años. Es un lapso de tiempo suficiente para que las cosas empiece a caer en el olvido, y para que ya no existan recuerdos claros.

     La población de Valsaín lleva dedicada a la cría de caballo y a la industria maderera desde hace más tiempo del que puede documentarse, en un paraje natural privilegiado, atravesado por el río Eresma. Segovia se convirtió en la frontera entre la España musulmana y cristiana entre los siglos X y XI, lugar obligado de paso de los ejércitos califales que subían a realizar sus “aceifas” anuales al norte peninsular, por encima de la línea del Tajo. Es seguro que nada de esto fue tenido en cuenta por los estadounidenses en 1970, cuando decidieron convertir todo el paraje de San Ildefonso en Las Ardenas, para la película sobre el legendario general Patton.

      Las Ardenas fue la última gran ofensiva de la Alemania hitleriana en 1944, en un desesperado intento de contener el implacable avance anglo-estadounidense sobre Alemania, tras el desembarco de Normandía. La película recibió 7 premios Oscar, de las 10 nominaciones para las que fue propuesta. Se escogió España para el rodaje, además de por las localizaciones, por la cantidad de material alemán que tenía el ejercito español en  aquel momento (1970). Valsaín y el entorno de Guadarrama difieren mucho de Las Ardenas, entre otras cosas por la ausencia de montañas en los Países Bajos, lugar en donde se produjo la decisiva batalla antes de la derrota alemana en el frente del Oeste. El otro lugar de rodaje fue Almería.

                                 Stalin en el palacio de Riofrío

         ¿Se imaginan un retrato de Stalin en el palacio de Riofrío, en plena dictadura franquista?. Los dos palacios reales de San Ildefonso fueron ampliamente utilizados para las escenas de las reuniones del Estado Mayor de las fuerzas de los EEUU , las del Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada o SHAEF, y para el decisivo encuentro con los mandos soviéticos de la Guerra. Este fue el motivo de que se instalara un retrato de Iosif Stalin en el interior del Palacio de Riofrío. La plaza mayor del municipio de San Ildefonso o la montaña de Peñalara, aparecen en la película de un modo inequívoco, así como también la pequeña localidad de Valsaín (Malmedy); y el interior del convento abandonado que fundara la célebre “monja de las llagas”, conocida como Sor Patrocinio.

         La película sobre el general Patton, muerto en Alemania en 1945, fue rodada en el 25 aniversario del final de la II Guerra Mundial, y es una de las más galardonadas de la historia del cine norteamericano.

   Nota: https://elalminardemelilla.com/2016/09/04/valsain-las-ruinas-del-esplendor/

El general Patton en Tabernas


          50 años del rodaje Patton entre Almería y Tabernas

Enrique Delgado                 

        El controvertido y desequilibrado general estadounidense George Patton, nunca estuvo en la localidad almeriense de Tabernas, ni tampoco en Real Sitio de San Ildefonso en Segovia, sin embargo, estas dos localidades españolas fueron los escenarios principales de la película Patton (1970), galardonada con 10 Oscars  de la Academia de Hollywood en 1971, el de mejor película, mejor dirección y mejor actor principal. La selección de escenarios incluyó también a Volubilis en Marruecos, Almería capital, el Palacio de Riofrío, y la vertiente segoviana de la sierra de Guadarrama, que se convirtió en Las Ardenas.

          Sin embargo lo que nos interesa no es nada de eso, sino la más que probable destrucción real de una de las torres de la antigua alcazaba musulmana de Tabernas, lugar en donde se firmó la capitulación de Almería en 1489 entre Fernando el Católico y Muhammad XII al Zagal, tío de Boabdil, último rey nazarí de Granada. La alcazaba fue destruida por los propios moriscos, en la denominada como Guerra de las Alpujarras, en el final de siglo XVI. Desde entonces presenta un aspecto ruinoso.

               La destrucción de una torre, para el rodaje de Patton (1970)

             La cuestión es si se autorizó la voladura de una de las torres, una puerta, o parte del lienzo de la muralla. Hemos visto casi fotograma a fotograma toda la película, realizada hace 50 años, y hemos identificado muchos lugares, pero prestando especial atención a las de la alcazaba de Tabernas. Se rodaron allí varias escenas de batallas, que en la película se identifican con Túnez y el África Corps de Rommel, y con la liberación de Sicilia. Resulta curioso ver la entrada de las tropas aliadas anglo-estadounidenses en Messina, y ver claramente la plaza de la catedral de Almería.

            ¿Se voló parte de la muralla de la alcazaba para rodar una escena bélica?. La respuesta es sí, pese a haber sido declarado bajo la protección del Patrimonio Histórico Español, por un decreto de 1949. Las autoridades franquistas no sentía ningún respeto real por el patrimonio histórico y cultural. Lo mismo les daba autorizar la voladura de una torre para una película como Patton, o robar dos figuras de la catedral de Santiago para regalárselas a la familia Franco. En el colmo del despropósito, la escena no debió resultar demasiado cinematográfica, porque apenas se identifica en la película. La puerta que hoy aparece reconstruida al completo, fue probablemente la que volaron en 1970.

                 La colina de la alcazaba, el propio castillo y Tabernas, constituyen un enclave mágico, cargado de historia y de belleza natural.

Nota:https://elalminardemelilla.com/2016/12/26/la-alcazaba-de-tabernas/. https://almeriapedia.wikanda.es/wiki/Castillo_de_Tabernas

Granada y san Juan de Dios


 


           Una ciudad tiene muchos nombres que la representa, en el caso de Granada son varios y todos poderosos, la mitad de ellos son mujeres: Maria Pineda, la reina Isabel I de Castilla, Federico García Lorca o san Juan de Dios, el enfermero bendito. Hay más, pero estos cuatro vuelan por encima de toda la ciudad, aunque solo Federico sea universal. Todas las ciudades tiene nombre que perviven con ella y a las que de algún modo también dieron forma.

                              El origen de los hospitales

           Existe un movimiento medievalista que pretende rescatar el esplendor de este periodo, que está ligado al de un tiempo oscuro, atrasado y brutal, aunque ni una u otra posición sean totalmente ciertas. Lo que si parece claro, al menos hasta el siglo IV, es la ausencia del concento de “sanidad pública” y de que no fue un tiempo bueno para vivir si eras pobre o siervo, o sea, el 90% de la población. Existían sanidades parciales, como la ligada al entorno militar, médicos que ejercían su labor en ámbitos muy restringidos, y también algún tipo de atención a enfermos o personas pobres, pero solo en determinadas circunstancias. Por lo general, no se curaban ni las enfermedades, ni se atendían a los enfermos.

           Con el desarrollo y aparición de las ciudades surgieron problemas de muy diversos tipos y también grandes desarrollos, entre los que seguían sin encontrarse el de la sanidad. Las grandes plagas medievales como “la peste negra”, se llevaban por delante a millones de personas, porque se desconocía todo acerca de la transmisión y su posible tratamiento. Si estabas enfermo, sencillamente te morías, sin auxilio alguno ni tampoco de cuidados paliativos. El único remedio posible era la invocación a algún santo, y de ahí la vinculación de nombres de santos y santas como protectores ante posibles enfermedades.

           Esta situación solo la remediaban hombres y mujeres con conocimientos botánicos, que aplicaban remedios a las dolencias más conocidas, pero rápidamente fueron acusados de brujas o brujos. Ellos fueron lo primeros sanitarios. El origen de algo parecido a la medicina y a los hospitales se vincula a los monasterios, y luego a los burgo o ciudades, aunque en realidad eran edificios en donde se acumulaban a los enfermos, con algún tipo de alimentación, hasta que morías o te recuperabas de modo natural. Las clases poderosas tenían médicos, pero había que costearlos.

                                                Joao Cidade o san Juan de Dios

              Joao Cidade Duarte es un nombre esplendoroso, nacido en la comarca portuguesa de Montemayor o Novo en 1495, de la que procedía otro gran nombre, el de Beatriz de Silva. El problema con las hagiografías o vidas de los santos, es que suelen enmarañar la vida de los biografiados. Debió ser un varón de notable tamaño e inteligencia, que le hizo destacar en los Tercios de Flandes, en donde se alistaría en 1521. Su participación como soldado a las órdenes del emperador Carlos V, le supuso una experiencia de la que sí surgió la actividad que acabaría abriéndole paso a la gloria inmortal y al santoral católico. La guerras con armas blancas ya eran de por sí crueles y espantosas, pero a las del Renacimiento se añadían las armas de fuego y la artillería. Estando ya en el siglo XVI no existía atención alguna para los heridos en los campos de batalla. Era la suerte la que decidía tu destino.

                   Regresado de la guerra, afectado probablemente por el “estrés post combate”, desconocido en aquella época, dio tumbos por toda la geografía peninsular, trabajando como pastor o como vendedor de libros y estampas. En uno de esos caminos, llegó a la ciudad de Ceuta, que también había albergado a la brillante Beatriz de Silva y Meneses, también santa.

                   Su llegada a Granada se produce en octubre de 1537, obteniendo sus primeros ingresos con la venta de leña y de limosnas. Fray Luciano del Pozo retrata así a la Granada de San Juan de Dios: “Después de la expulsión de los moros, esta ciudad, en otro tiempo tan rica, había caído en una extrema miseria”. Asentado en la ciudad, inició una serie de penitencias y mortificaciones públicas tan espectaculares, que pronto fue conocido, tenido por loco y encerrado en un manicomio. Regresado a las calles insiste en sus penitencia con tal vehemencia, que empieza a ser tenido en consideración. La única herramienta que puede vencer al más firme de los rechazos es la perseverancia, y esta le sobró a Juan de Dios. Su primer hospital consistirá en un inmueble alquilado al que dotará de 46 camas. Por esto se le conocerá como patrón de los enfermeros y de los hospitales públicos.

                En 1549 se incendió el Hospital Real de Granada, hecho en el que se distinguió por su ayuda, siendo de los primeros que entró en el edificio para socorrer a los enfermos allí asilados. Este otro hecho es el que le convertirá en el patrono de los Bomberos. Juan de Dios moriría apenas un año después, el 8 de marzo de 1550, hace hoy 470 años. La estela de su nombre, así como su espléndida basílica, se extiende por toda Granada.

Nota:http://www.aniorte-nic.net/archivos/trabaj_hosp_origenes.pdf

 

Haz clic para acceder a trabaj_hosp_origenes.pdf

 

 

Blanquerna


          Siempre es ocasión y tiempo de hablar de Constantinopla, aunque a los estambulíes no les guste ese nombre, entre otras cosas porque consideran que la antigua capital del Imperio Bizantino comprende solo una pequeña área de la actual Estambul, según cuenta el Nobel turco Orhan Pamuk.

                   Desde que Musta Kemal Ataürk, fundara el Estado Turco y acabara con el Imperio Otomano, Turquía se tomó muy en serio la laicidad del Estado y acabó con el culto en la basílica de Santa Sofía, convirtiéndola en museo. Las restauraciones y excavaciones prosiguen, y hoy por hoy, la capital cultural turca es uno de sus principales motores económicos. Los turistas y viajeros  acuden a Istanbul, atraídos por su esplendor y por el eco inextinguible de la antigua Constantinopla. No queda mucho de la capital bizantina, pero lo que queda es esplendoroso.

                    Los árabes nunca conocieron a los romanos, por tanto la palabra “rumíes” se refiere a los bizantinos o griegos y nunca a los occidentales. La hégira se inicia casi un siglo y medio después de la caída de Roma. Las influencias arquitectónicas bizantinas y orientales en las construcciones  musulmanas son notorias. La vistosa mezcla del color rojo y blanco en las dovelas de la mezquita de Córdoba tienen un origen, Constantinopla. Las todavía impresionantes murallas de Teodosio, todas las basílicas bizantinas (hoy mezquitas, y el palacio de Blanquerna, Tekfur en su nombre turco, están construidos con ladrillos y piedras rojas y blancas.

                      Melilla y el edificio que recuerda a Blanquerna

            Poco a poco van desapareciendo los edificios singulares de Melilla, cada día, casi sin darnos cuenta, en el encadenamiento de derribos que se suceden uno tras otros. Desaparecen adornos, rejas, forjados, pasamanos, escaleras y suelos hidráulicos. El catálogo de Edificios Protegidos de Melilla es en realidad una guía de derribos. Hay una persona que conviene recordar y que intentó luchar contra esa cadencia y fue Julio Bassets Rutllant (qepd.)

            Romanos, bizantinos, orientales y árabes fueron grandes maestros en la construcción con ladrillo. La presencia de este material sirve para identificar su procedencia, en construcciones de uso histórico continuado. La gran construcción de ladrillo rojo en España es el acueducto de Los Milagros en Mérida. En Melilla existe todavía un edificio que utiliza en su fachada el ladrillo y la piedra blanca, está situado en la calle del general Polavieja. Es una fachada muy bonita y equilibrada, a la vez que sencilla, y que evoca claramente al antiguo palacio bizantino. ¿Quién lo construyó, en qué año?. No lo sabemos, porque no solo se están perdiendo los edificios, sino también su memoria. Traemos aquí las fotografías, por si todo desaparece un   día.

           El Palacio de Blanquerna era la residencia de los emperadores bizantinos en la última etapa de la ciudad de Constantinopla. El único edificio sobreviviente recibe también el nombre de palacio de los Porfirogenetas. La República de Turquía realiza continuas excavaciones y restauraciones en toda el área que constituyó la antigua capital del Imperio Bizantino.  Melilla es una ciudad que buscaba tener un poco de todas, asemejarse un poco a todas.

Notas: Fotografías de Caner Cangül (https://www.canercangul.com/)

 

 

Torreones musulmanes hispanos


                           Entre Almería y Turégano

Enrique Delgado

         ¿Es Serafín Fanjul un arabista contra lo árabe?. Su libro “La quimera de al Ándalus”, escrito en Nijar en 2003, intenta romper la idealización del pasado musulmán hispano, del que tampoco suele tenerse una imagen clara. En cualquier caso es imposible resumir o sintetizar en una imagen única un periodo histórico de 781, ocho siglos. Su tesis principal, declarada en este libro, es negar que la invasión árabe de 711 modificara o dejara algún rastro identificable en el fenotipo hispano-romano, y sobre todo, que perviva herencia genética alguna.

         Para Fanjul, la entrada de los árabes en la legendaria fecha fue un una invasión en toda regla y un vuelco social y político de proporciones no conocidas has entonces. Esto es erróneo, pues fue mucho más cruenta la entrada de los romanos y el posterior proceso de romanización, que no solo duró 200 años, sino que además supuso el exterminio casi completo de grandes y diferenciados grupos étnicos ibéricos. La violencia de las legiones romanas sí es legendaria

           Los árabes, o los omeyas, con su ejército mayoritariamente bereber, se hicieron con la casi totalidad de la península en solo 3 años, y casi sin batallas que hayan dejado algún rastro histórico. Lo que sí es un mito o una quimera es Covadonga, en donde una escaramuza de exploración acabó convertida en batalla decisiva. Quien reivindique a Pelayo y la marca de La Reconquista hace sencillamente el ridículo. Las realidad es que los árabes nunca estuvieron interesados en el norte de España, ni en las tierras por encima de la línea del río Duero. Como ejemplo baste decir que la ciudad de León se mantuvo abandonada desde la caída de Roma en 476, hasta su ocupación incruenta en 856 por Ordoño I de Asturias. Los Reinos cristianos del Norte tardarían otro siglo en rebasar el Duero, y un siglo más en llegar hasta el Tajo en 1085.

      Si en el nombre de una potencia, el Califato de Bagdag, se ocupa una extensión de 600.000 kms² en solo 3 años y se asienta sin encontrar resistencia reseñable hasta casi 3 siglos después, en el final del siglo X, es que no ha existido oposición de ningún tipo. El Reino Visigodo estaba disuelto, carecía de ejército y estructura de Estado, y por eso nadie hizo frente a la invasión de 711. No existe la inversión social y política que Fanjul se esfuerza en poner de manifiesto.

                                   Torreones y murallas musulmanas hispanas

         Escrito todo lo anterior, hay que aclarar que en aquella época no existía el adjetivo islámico como definición política o religiosa. Tampoco había un término único que agrupara a la nueva población bereber y árabe asentada en Hispania. No se les conocía como musulmanes de modo conjunto. En la definición de los términos está empeñada desde hace años la profesora y arabista Luz Gómez García, porque todo debe significar lo mismo para todos, o no habrá manera de aclarar las cosas. Los “arabo-bereberes hispanos” nunca islamizaron ni lo pretendieron, los actuales sí.

          En cualquier caso, todo fue borrado tras la conquista final de 1492 y las “guerras moriscas” de 1500, 1567 y la definitiva expulsión de los moriscos españoles en 1609. No quedó nada de la lengua, cultura o religión de los hispanos de religión musulmana. Solo es posible buscar restos de torreones, de murallas, algún que otro alminar, como el de Bollullos de la Mitación, o alcazabas, como la de Trujillo y sus espléndidos aljibes, además de los monumentos más característicos y universalmente conocidos.

            Los libros de historia en Segovia, apenas dedican una decena de líneas a reflejar el periodo comprendido entre 712, fecha probable de la llegada de los árabes, y 1086, cuando la ciudad y provincia quedaron bajo el dominio cristiano. Por eso resultan sorprendentes los restos de la alcazaba califal de Turégano, no suficientemente reflejada y acreditada como tal.

            Los ejércitos andalusíes y califales tenías dos rutas principales de ascenso hacia el norte, según el historiador Fernando Aznar, una la de Mérida y la otra la de Toledo y Madrid. Al carecer de fuentes, debemos comparar estructuras. Las murallas de Turégano son califales. El tipo de construcción y la presencia del adarve (pasadizo interior) acreditan  su adscripción. Sin embargo, Turégano está muy cerca del Duero, la marca norte del territorio Andalusí, de ahí la importancia de esta alcazaba, su antigüedad y su gran perímetro.

 

 

El cabo de Trafalgar


             Trafalgar es el único nombre de un lugar geográfico español que los ingleses pronuncian con perfección. De hecho, la principal plaza de Londres se llama Trafalgar Square, con su inmenso obelisco, en cuya cima se yergue la estatua del almirante Horatio Nelson, vencedor y muerto a su vez, en la batalla que le inmortalizó.

                  La batalla del Cabo de Trafalgar reafirmó la supremacía inglesa en el mar para todo el siglo, y acabó con los planes de Napoleón para invadir Inglaterra. Todo esto sucedió un 21 de octubre de 1805. La flota hispano- francesa estaba compuesta por 33 barcos, bajo el mando del almirante Pierre Vileneuve, mientras que la inglesa, de 27 navíos estaban al mando de Horatio Nelson. Villeneuve, cumpliendo órdenes de Napoleón, buscaba el Mar Mediterráneo para emplazar la batalla, pero la flota de Nelson los alcanzó en Trafalgar, en el Océano Atlántico.

                  La victoria tiene muchos padrinos, y la derrota solo padrastros y este es uno de esos casos. La flota hispano-francesa adoptó una táctica anticuada y situó todos los barcos en línea hacia el norte, mientras que Nelson dividió a su flota en dos , y atacó a Villeneuve desde el Oeste y en ángulo recto, lo que provocó una maniobra desafortunada del francés, haciendo virar en redondo a sus barcos,  lo que resultó fatal para el resultado de la batalla. Literalmente, Nelson y el también almirante Cuthbert Collingwood, embistieron a la flota hispano-francesa, dividiéndola en dos. Fue una maniobra arriesgadísima, pues podían haber quedado atrapados en el centro de la flota “aliada”, pero resultó genial. Los barcos ingleses se movieron constantemente, envolviendo, atacando y desordenado los barcos de la línea hispano-francesa.

                Poco antes del mediodía, al inicio de la batalla, Nelson pronunció su inmortal orden: “England expects that every man will do his duty” (Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber). España perdió más que nadie en aquella desgraciada batalla, el Annual de los mares. En las derrotas solo queda el consuelo del recurso al heroísmo. La flota hispano-francesa pagó con 3200 vidas y 2000 heridos la derrota, mientras que los ingleses tuvieron 450 muertos y 1200 heridos. Eso sí, hicieron más de 7000 prisioneros y destruyeron 22 barcos, además de la gloria de la Victoria, nombre del barco que mandaba Nelson. Entre ellos se hundió el día 24 el Santísima Trinidad, el barco más grande construido hasta ese momento y que pertenecía a parte española de la flota.

               Lo absurdo de Trafalgar se demostraría apenas algunos años después, con la invasión napoleónica de  1808 y ya declarada la Guerra de la Independencia, en la que España necesitó  la ayuda de Inglaterra para la liberación del territorio peninsular. Es más en algunas batallas, los ejércitos inglés y español actuaron conjuntamente.

                 Para conocer lo acaecido en este batalla es inevitable el recurso a Benito Pérez Galdós, que inició con ella sus afamados Episodios Nacionales (Trafalgar). Existe otra novela de Arturo Pérez Reverte (Cabo de Trafalgar), que repite el esquema del clásico Galdós (ecuánime y reposado de principio a fin) pero que no aporta nada nuevo, salvo una narrativa más racial y patriotera. La primera seguirá siendo un clásico y la segunda desaparecerá de la memoria. Tres nombres de calle melillenses (Churruca, Gravina y Apodaca) mantienen el recuerdo de Trafalgar.

                                          El Cabo de Trafalgar

             Es uno de los más conocidos y renombrados cabos del sur español, situado al oeste de Gibraltar. El paraje es de una gran belleza y es un entorno natural protegido, del que destaca su gran tómbolo de arena. Está incluido desde 2001 en el catálogo de Monumentos Naturales de Andalucía.

 

 

Turégano califal


 

Enrique Delgado

                  Turégano  es una villa segoviana situada en el centro de la provincia, apenas a 50 kilómetros del río Duero, la gran frontera durante dos siglos entre musulmanes y cristianos. Su emplazamiento no pasó desapercibido ni a romanos, ni a los árabes musulmanes. La colina que alberga el castillo, uno de los más bellos de la provincia, domina todos los accesos a la villa desde los cuatro puntos cardinales, lo que convertía el enclave de Turégano en un lugar ideal para vigilar el norte, e impedir los avances hacia el sur.

              Sorprenden muchas cosas en esta pequeña localidad de casi un millar de habitantes, de imprescindible visita. La más, es que haya conservado el perímetro, tres torreones y parte de los lienzos de las potentes murallas califales, erigidas hace más de mil años, probablemente por el califa Alhaken II en 964, cuando reconquistó parte de la provincia de Segovia.

                      La línea del Duero fue un frente inestable del que no hay demasiados datos, salvo en sus principales poblaciones, lugares y batallas míticas. A lo largo del tiempo muchas zonas pasaban de unas manos a otras en una alternancia casi pactada. Ocupados musulmanes y cristianos en mantener los territorios, conquistar otros nuevos, o recuperar los terrenos perdidos, casi nadie se dedicó a ejercer la labor de cronista.

                      Así pues, lo que alberga Turégano casi en silencio, no es un castro árabe, sino los restos de una potente alcazaba califal, casi con toda probabilidad del siglo X. Estas tierras fueron objeto de disputa entre el mítico conde castellano Fernán González, y uno de los últimos califas de Al-Andalus. Es muy probable que el inmortal gran visir andalusí Muhammad ibn Abí Amir Al-Mansour, utilizara como base esta alcazaba en sus aceifas anuales hacia el norte cristiano, y que solo acabaron tras su muerte en Medinacelli en 1002.

                   La villa de Turégano entra definitivamente en la historia cristiana en el año 1123, cuando la Reina doña Urraca y su hijo Alfonso VII, otorgaron el señorío de la villa al obispo Pedro de Agén, cuando ya quedó asegurado casi todo el territorio comprendido entre los ríos Duero y Tajo, tras la conquista de Toledo en 1085. Fueron necesarios casi dos siglos para hacer retroceder la frontera  de un río al otro. ¿Qué pasó en todo ese tiempo intermedio?. Es difícil de saber por apenas quedó constancia documental o física de un pasado, que quedó sumergido en la noche de los siglos.

                   Es sorprendente la preservación de estos torreones, que conservan todavía el paso interior de ronda, con arco ojival, muy similares a los que pueden verse en uno de los torreones de las murallas califales de Ceuta. Algunos de los elementos apuntan a una posterior reutilización cristiana del enclave, hasta la definitiva construcción del castillo de Turégano, en su forma y presencia actual. Está claro que la reutilización, e incluso la incorporación de algunos muros a las definitivas construcciones cristianas, explican la presencia de estos muros y torres, más de 1000 años después de su construcción.

                                              Turégano, la villa cristiana

                     En la iglesia de Santiago, en el ábside, se conserva el más espléndido Pantocrátor realizado en piedra de todo el arte románico español. Victoriano Borreguero en el cronista de la villa de Turágano, uno de cuyos libros “Piedras con alma”, nos ha servido de guía para elaborar el presente artículo. Turégano tiene muchas cosas que ver, que descubrir y que contar, a través o desde sus piedras monumentales, que siempre hablan a quien quiera escucharlas.