Al Ándalus, de la Invasión a la Reconquista


Parte del mundo académico arabista, el histórico, el político, y el pueblo llano al que todo llega finalmente, andan envueltos en una extraña polémica sobre si existió invasión y conquista musulmana de la península Ibérica en 711 (que es un hecho), y si existió la «reconquista» como tal (que también lo es). El problema radica que es un periodo histórico larguísimo, ocho siglos, con diferentes etapas bien definidas, pero que originaron un mosaico de realidades diferentes. El otro problema es que los hechos son muy anteriores a los términos que hoy debatimos. Nadie llamaba en el siglo VIII musulmanes a los sarracenos, término que sí aparece en la Crónica Mozárabe (CM), escrita en 754, pero sí llama «invasión» a la invasión. La CM describe conquistas muy violentas de algunas ciudades, que sirvieron para atemorizar al resto de ciudades de «Spanie«, a la que denomina con este nombre en la Crónica, que resulta un escollo difícil de sortear para los «neoandalusíes» y sus pretensiones

Quienes se enfrentaron a la invasión o quienes la llevaron a cabo, quienes resistieron, no estaban preocupados por recordar las cosas para poder narrarlas posteriormente. No tenían distancia ni perspectiva sobre la nueva etapa que se iniciaba, y que ni siquiera sabían que lo era

De Covadonga al Emirato

En el primer medio siglo tras la invasión de 711, las tribus o distintos grupos de los nuevos pobladores se fueron asentando en diferentes localizaciones geográficas, bien con resistencia o sin ella. El Estado Andalusí lo organizará Abderramán I en 756 y le dará 3 siglos de existencia. De no haber surgido su figura, la evolución de la invasión hubiese resultado totalmente distinta. En un momento indeterminado de esos 40 años, se produce la escaramuza, batalla o confrontación de Covadonga, en pleno centro del territorio Asturleonés. El triunfo de los indígenas astures, ayudados por mozárabes huidos tras la derrota de Rodrigo en La Janda, será ensalzado por unos y minimizado por otros, pero resultará decisivo a la postre. Las crónicas árabes posteriores denigrarán el episodio, calificando a Pelayo y sus resistentes como «asnos salvajes«. La fuerza invasora derrotada debía ser solamente una tropa expedicionaria, pero esa agresividad descriptiva le da visos de verosimilitud histórica. En cualquier caso, no pueden trazarse líneas de continuidad histórica con nada. Emilio González Ferrín, en su Historia General de Al Ándalus arremete duramente contra la Crónica y contra Covadonga, que sí parece reflejar el hecho: «Atacando con su ejército los lugares imprescindibles, vuelve a su patria (Córdoba) por lugares inciertos, habiendo perdido muchos guerreros, teniendo que reconocer el poder de Dios a quienes habían pedido misericordia los pocos cristianos que habitaban las cumbres». Ningún invasor debe dejar una sola zona sin conquistar, o lo acabará pagando, aunque sea 8 siglos después.

Lo que sigue, y simplificando mucho, es un dominio total de lterritorio conquistado, de Norte a Sur y de Este a Oeste, salvo el Norte. Jalonado eso sí, por constantes revueltas y luchas internas. Las líneas del Duero y Ebro, o Marcas Altas, se mantendrán estables durante siglos. Quien fuese Pelayo murió sin saber que iniciaba nada, y en el siglo y medio posterior a su muerte, no existió nada comparable a una «reconquista». La crónica anónima titulada Ajbar Machmuà, siglo XI, recoge ya la derrota en Asturias y el nombre de Pelayo y la data en la mitad del siglo VIII (750). Por tanto, es a la vez un hecho histórico y un mito, pero que resultará trascendente. Sobre todo porque creará un espacio en donde refugiarse, de las cosas que estaban ocurriendo al sur de la marca Media, del Tajo.

En su libro Mozárabes en el Origen de los Reinos Cristianos, Francisco de Borja García Duarte, documentará la idea de la emigración del Sur al Norte, como origen y fundamento de los reinos cristianos, cuando las cosas empezaron ponerse duras. Sin embargo, seguimos hablando de siglos, con lo que nadie que habitase aquellos tiempos, podía tener perspectiva alguna sobre lo que estaba sucediendo.

El ya Califato de Córdoba, no tenía rival ni freno posible pese a los ajustes de territorio, en el inicio del tercer siglo de dominación musulmana, aunque el término no sea todavía correcto. El Estado califal estaba plenamente asentado, pero sufrirán su primera gran derrota en la batalla conocida como Simancas-Alhandega en 939, según relata Margarita Torres Sevilla en Las Batallas Legendarias (2003). La situación estaba tan consolidad en ambos lados del Duero, que las derrotas o victorias no mermarán la capacidad de respuesta, ni de la Califal, ni de los Reinos del norte. Sin embargo, la marea ya estaba cambiando de sentido. Faltaba todavía siglo y medio para que las huestes cristianas llegasen a la que se constituirá como la gran frontera, la de Toledo, en el río Tajo en 1085, en pleno derrumbe de Las Taifas.

El último que atravesó el río Tajo, el Duero, llegando hasta la misma catedral de Santiago será Al Mansour, el victorioso, natural de Torrox, en 997. Almanzor arrasó el norte cristiano desde Santiago hasta Manresa. Sus aceifas eran una pesadilla que nadie consiguió detener en esos 30 años, ni en los 300 anteriores. Tras su muerte en Medinaceli en 1002, la suerte del Califato estaba echada. Hasta Las Navas de Tolosa quedaban todavía dos siglos, con derrotas durísimas para los Reinos del Norte. La primera se produce en Zalaca o Sagrajas en 1086, en las inmediaciones de Badajoz, frente a los Almorávides. La segunda tendrá como emplazamiento Alarcos, en 1195, frente a los Almohades. La vida y el país entero se jugaban en cada una de esas batallas, en una sola jornada. La fortuna y las disensiones en el campo musulmán, hicieron que esos dos derrotas se quedaran en esas localiades, y no arrastrasen a la península entera, aunque los Almorávides sitiaron Toledo tras su victoria de 1086, sin lograr reconquistarla.

Será en ese lugar y en ese momento (Toledo), que ya nadie volverá a rebasar, en donde la «reconquista» tome cuerpo y sentido, aunque en los conceptos y parámetros del siglo XI. Es prácticamente la mitad del periodo de la «Hispania musulmana», fecha intermedia entre la conquista de 711 y el final en Granada en 1492. A Sánchez Albornoz hay que leerlo, porque su gran acierto es nombrar su historia como España Musulmana, porque todo lo que sucede en la península Ibérica es hispano. Lo que que se da aquí no es comparable a ningún otro lado, sobre todo cuando Abderramán III proclama el califato y lo cierra a cualquier influencia e intromisión exterior. Una vez que desaparezca ya no existirá más. Es una etapa única en la historia del mundo, que solo es y pertenece a Hispania.

Marca Alta y Taifas

La resistencia existió siempre y Córdoba se dió cuenta e intentó quebrantarla una vez tras otra, pero las fronteras o «marcas» resultaron muy sólidas. Simancas (939) resultó importante porque por primera vez en dos siglos los ejércitos califales parecieron vencibles. El Reino Astur-Leonés llegó a la Marca Alta (Duero) al final del siglo X y ya no retrocedería más, con las ocupaciones o conquistas de León, Zamora y Toro. Un siglo después, estarán ya en la Marca Media, río Tajo en 1086. La situación en los Reinos de Aragón y Navarra, era totalmente distinta. Conquistarán Huesca en 1096, pero no llegarán hasta el río Ebro en Zaragoza hasta 1118, que conquistarán en el mes de diciembre, según cuenta María Jesús Viguera en Aragón Musulmán. Alfonso I de Aragón conquistará Zaragoza, pero será duramente derrotado por los almorávides en 1134, que habían recuperado Fraga en 1124.

Las Taifas eran todavía Al Ándalus, como cuenta la historiadora Viguera Molins. Los almorávides liquidarán todo resto andalusí tras su entrada en Hispania en julio de 1086, conquistando todas las taifas, que se opondrán duramente a ellos. En 1146 llegaron los almohades, pero ni unos ni otros eran ya hispanos, y los andalusíes lo sentirán así. Hasta Las Navas de Tolosa quedará todavía casi un siglo, y hasta el final completo de la presencia islámica en España, otros dos siglos y medio. Los últimos andalusíes serán y fueron, los nazaríes del Reino de Granada.

Las nuevas propuestas

Ochocientos años resulta ser una etapa histórica inmensa, que está bien segmentada en sus distintas etapas, pero ¿Cómo se denomina al hecho de la recuperación constante del territorio peninsular, desde el siglo X, si no se quiere usar la palabra reconquista? ¿Cuándo surge por primera vez la palabra reconquista? Si se pretende el fin de unos términos, deben proponerse otros que abarquen igualmente, ese periodo tan extenso. Invadieron unos, varias veces, conquistaron, mantuvieron, perdieron territorio y también reconquistaron, aunque menos. Los otros, resistieron durante siglos, sin opción. Fueron ocupando y conquistando territorio, perdiendo también en ocasiones, con el mismo objetivo que los hispanomusulmanes del sur, la dominación total. Sin la ayuda extranjera, el Sur musulmán no se hubiese mantenido tanto tiempo. Fue más determinante que la ayuda franca en el Norte.

La otra gran paradoja es que una parte significativa de la población hispano-romana aceptó la conversión (muladíes) al islam (aunque no existiese el término) cuando se les ofreció esa alternativa a partir de 711, a la de la sumisión mediante tributo, que les convertía en ciudadanos sin derechos (mozárabes). Cuando cambiaron las tornas en los territotorios «reconquistados» a partir del siglo XI, casi nadie aceptará la conversión al cristianismo (mudéjares), y preferirán la expulsión antes que la conversión.  Los nararíes eran musulmanes hispanos, esa fue su gran tragedia.

Otra bibliografía propia: Pedro Martínez Montávez, Europa Islámica. Memorias del último Rey Zirí de Granada, traducción de Emilio García Gómez. Mª Jesús Viguera Molíns, Los Reinos de Taifas. Sebastián Gaspariño, Historia de Al Ándalus según las Crónicas Medievales. Serafín Fanjul, La quimera de Al-Andalus y Al-Andalus contra España. Susana Calvo Capilla, Las mezquitas de Al Ándalus. Rafael Sánchez Saus, Al Ándalus y la Cruz. Luz Gómez García, Diccionario de islam e islamismo. Claudio Sánchez Albornoz, La formación del Reino de Asturias.

Torreones musulmanes hispanos


                           Entre Almería y Turégano

Enrique Delgado

         ¿Es Serafín Fanjul un arabista contra lo árabe?. Su libro «La quimera de al Ándalus», escrito en Nijar en 2003, intenta romper la idealización del pasado musulmán hispano, del que tampoco suele tenerse una imagen clara. En cualquier caso es imposible resumir o sintetizar en una imagen única un periodo histórico de 781, ocho siglos. Su tesis principal, declarada en este libro, es negar que la invasión árabe de 711 modificara o dejara algún rastro identificable en el fenotipo hispano-romano, y sobre todo, que perviva herencia genética alguna.

         Para Fanjul, la entrada de los árabes en la legendaria fecha fue un una invasión en toda regla y un vuelco social y político de proporciones no conocidas has entonces. Esto es erróneo, pues fue mucho más cruenta la entrada de los romanos y el posterior proceso de romanización, que no solo duró 200 años, sino que además supuso el exterminio casi completo de grandes y diferenciados grupos étnicos ibéricos. La violencia de las legiones romanas sí es legendaria

           Los árabes, o los omeyas, con su ejército mayoritariamente bereber, se hicieron con la casi totalidad de la península en solo 3 años, y casi sin batallas que hayan dejado algún rastro histórico. Lo que sí es un mito o una quimera es Covadonga, en donde una escaramuza de exploración acabó convertida en batalla decisiva. Quien reivindique a Pelayo y la marca de La Reconquista hace sencillamente el ridículo. Las realidad es que los árabes nunca estuvieron interesados en el norte de España, ni en las tierras por encima de la línea del río Duero. Como ejemplo baste decir que la ciudad de León se mantuvo abandonada desde la caída de Roma en 476, hasta su ocupación incruenta en 856 por Ordoño I de Asturias. Los Reinos cristianos del Norte tardarían otro siglo en rebasar el Duero, y un siglo más en llegar hasta el Tajo en 1085.

      Si en el nombre de una potencia, el Califato de Bagdag, se ocupa una extensión de 600.000 kms² en solo 3 años y se asienta sin encontrar resistencia reseñable hasta casi 3 siglos después, en el final del siglo X, es que no ha existido oposición de ningún tipo. El Reino Visigodo estaba disuelto, carecía de ejército y estructura de Estado, y por eso nadie hizo frente a la invasión de 711. No existe la inversión social y política que Fanjul se esfuerza en poner de manifiesto.

                                   Torreones y murallas musulmanas hispanas

         Escrito todo lo anterior, hay que aclarar que en aquella época no existía el adjetivo islámico como definición política o religiosa. Tampoco había un término único que agrupara a la nueva población bereber y árabe asentada en Hispania. No se les conocía como musulmanes de modo conjunto. En la definición de los términos está empeñada desde hace años la profesora y arabista Luz Gómez García, porque todo debe significar lo mismo para todos, o no habrá manera de aclarar las cosas. Los «arabo-bereberes hispanos» nunca islamizaron ni lo pretendieron, los actuales sí.

          En cualquier caso, todo fue borrado tras la conquista final de 1492 y las «guerras moriscas» de 1500, 1567 y la definitiva expulsión de los moriscos españoles en 1609. No quedó nada de la lengua, cultura o religión de los hispanos de religión musulmana. Solo es posible buscar restos de torreones, de murallas, algún que otro alminar, como el de Bollullos de la Mitación, o alcazabas, como la de Trujillo y sus espléndidos aljibes, además de los monumentos más característicos y universalmente conocidos.

            Los libros de historia en Segovia, apenas dedican una decena de líneas a reflejar el periodo comprendido entre 712, fecha probable de la llegada de los árabes, y 1086, cuando la ciudad y provincia quedaron bajo el dominio cristiano. Por eso resultan sorprendentes los restos de la alcazaba califal de Turégano, no suficientemente reflejada y acreditada como tal.

            Los ejércitos andalusíes y califales tenías dos rutas principales de ascenso hacia el norte, según el historiador Fernando Aznar, una la de Mérida y la otra la de Toledo y Madrid. Al carecer de fuentes, debemos comparar estructuras. Las murallas de Turégano son califales. El tipo de construcción y la presencia del adarve (pasadizo interior) acreditan  su adscripción. Sin embargo, Turégano está muy cerca del Duero, la marca norte del territorio Andalusí, de ahí la importancia de esta alcazaba, su antigüedad y su gran perímetro.