La frontera de El Alminar


 

       Hay una fina línea que separa todo, en donde es casi imposible distinguir la luz del amanecer de la del ocaso. Hay un terreno amplio, es la tierra de nadie en la que el mal no reina, pero el bien apenas se vislumbra. Mantenerse en lucha en esa zona es muy difícil, porque todo es nuevo cada día, porque no hay doctrinas que te salven, porque son muy pocas las cosas que pueden orientarte. Ahí, sobre esa línea difusa y casi en permanente penumbra, se encuentra la luz de El Alminar, su llamada a la oración o a la reflexión.

        Apenas se siente una suave voz que te indica un camino o una respuesta, apenas un breve mensaje contenido en un párrafo de un libro. Todo es demasiado tenue, demasiado leve. Se puede perder el sentido de la orientación en cualquier momento, se puede encontrar una respuesta en apenas un instante de observación. Esa es la vida del que elige no ampararse en ningún dogma, porque no siempre hay respuestas para las preguntas, porque sólo son preguntas aquellas que tienen respuesta.

            Nunca estamos tan solos como creemos, nunca lo suficientemente acompañados. No siempre se ve la mano tendida, pero siempre se siente su presencia. No vamos a apagar la luz de El Alminar, aunque a veces la tiniebla azota muy duro. Se siente perfectamente la presencia de los servidores de lo oscuro, pero es nítido el calor y el aliento de quienes han decidido servir a la luz y ampararse en ella. No se debe esperar recompensa alguna, porque no siempre la hay. Somos lo que somos, pero alguien tiene que serlo.

Foto: Salida de el Sol sobre el Cerro de Camellos