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Los peones de Melilla la Vieja


Hacer guardia en la Ciudad Vieja es difícil, incluso para dos peones o soldados de a pie broncíneos, como los que guardan la entrada del túnel de santa Ana y la capilla de Santiago, en lo que fue el “non plus ultra” melillense hasta casi la mitad del siglo XVI. Una cruz grabada sobre la piedra indicaba claramente que a partir de ahí, solo la protección divina podía garantizar la salvaguarda de la vida. Volver a dormir entre los recovecos de la ciudad era algo en lo que ya intervenía el azar.

Fueron allí instalados en el año 2011, en el periodo duro de las mayorías omnímodas, por una cantidad de 114.000€, sin que quedase muy claro qué categoría militar tenían (peones, piqueros, alabarderos). Como no existía consenso entre los eruditos de la historia militar melillense, los calificamos como lanceros de Estopiñán. En aquellos años contábamos con el inestimable asesoramiento de Corona 71, que aunque ya no escribe, sabemos que sigue atento al blog y a sus andanzas.

Para los padecimientos que sufrieron los melillenses en la larguísima noche de los 400 años, los lanceros estaban demasiado gruesos y faltas de forma, cuando en Melilla lo normal era no comer y sufrir hambre y muchísimas penalidades. Tampoco podía tratarse de presos o de galeotes, porque entonces estarían en un estado más lamentable aún.

El caso es que pasada casi una década desde su instalación, se han incorporado al paisaje pétreo y les hemos cogido cierto afecto, quizá porque no han faltado un solo día a la guardia, aunque sí les acompañan los gatos. También sea porque su parecido con el singular Sancho Panza, les hace merecedores de una mayor atención.

Una ya tiene la lanza rota de tanto batirse con los fantasmas, que seguramente se habrán llevado un buen descosido en la sábana. A su compañero, que parece más aguerrido, se la han intentado arrancar también, pero solo han conseguido doblársela, lo que tiene mayor mérito. No solo ha mantenido la posición, sino también el arma, lo que no es fácil sin ayuda.

Nota: https://elalminardemelilla.com/2011/12/20/los-lanceros-de-estopinan/

Los lanceros de Estopiñán


                     Rey en Castilla y Alcalde en Melilla

    Melilla, la ciudad del paro (25%) y de la pobreza (30%), tiene dinero para gastarse 20 millones de las antiguas pesetas (114.000€), en dos lanceros, que más parecen procedentes  del “planeta de los simios” o una versión militarizada del Sancho Panza de la plaza de Menéndez Pelayo. Es incomprensible, inadmisible e injustificable, que además se califiquen estas esculturas como baratas. La justificación es insólita. Nadie está haciendo cosas así, o al menos, si se están haciendo, no de una forma tan descarada.

     Además de lo injustificado del gasto, está la insistencia en la versión falsa de la historia de Melilla. Se les llama defensores de la Melilla de Estopiñán, pero para defender algo, hay que conquistarlo primero y luego, claro está, mantenerlo a sangre y fuego, porque esa ha sido la historia de Melilla durante “la larga noche de los 400 años“.  Esta versión ni es la historia de  Melilla, ni tampoco su memoria, como máximo puede ser “el delirio de grandeza”. 

      Melilla, durante 400 años fue un presidio, un lugar de pesadilla, en donde cientos y cientos de presos y de desterrados españoles, perdieron la vida defendiendo sus murallas, o realizando las labores más miserables y arriesgadas. Era un  lugar tan infernal, que muchos presos preferían la incierta aventura de la fuga, con la clara posibilidad de la muerte o la de acabar convertidos en esclavos de los rifeños, antes que mantenerse en la ciudad como prisioneros. 

         En cuanto al resto de la guarnición y los hombres libres, la vida fue tan miserable y penosa, que en algún momento se conspiró para rendir la plaza al enemigo. Homenajear todo eso o idealizar aquel infierno es un despropósito histórico, pero en cualquier caso, eso ahora no importa, salvo dejarlo señalado.

      Lo que asombra en una ciudad, en un país,  en que  la pobreza y el paro campan a sus anchas, es que alguien califique ese gasto injustificado, en el peor momento de la crisis,  como barato. Parece que para algunos, 20 millones de pesetas, ya no es nada.

    Nota: Desde hoy ya no está Zapatero para achacarle todos los males.