En memoria de las víctimas de Adamuz


La inevitabilidad de la tragedia

  18 de enero de 2026, día de San Suceso, Adamuz (Córdoba). Un tren de alta velocidad circula en línea recta en dirección a Madrid. Algo no determinado lleva al maquinista a accionar el frenado de emergencia. Los tres vagones finales de una composición de ocho, del tren iryo, descarrilan e invaden la vía paralela. Podría ser también que se desestabilizaran antes los vagones, y que eso provocará el accionamiento del frenado.

Apenas dos kilómetros más arriba,  en dirección sur, un tren Alvia desciende hacia Huelva, en el mismo tramo recto de Adamuz. A 200 km/h de velocidad de los trenes, ese espacio se recorre en apenas 20 segundos. El tren que desciende impacta con los vagones desplazados y sale despedido de los raíles. 500 personas  comparten el suceso, están en el mismo lugar y a la misma hora.

  La fatalidad, el azar, lleva a que casi una de cada 10 personas pierda la vida. Esa es la tragedia. Poco más de media hora antes,  otro tren circuló en dirección a Madrid por ese mismo lugar y por esa misma vía. Quiere decir que las causas del accidente se armaron en apenas la media hora al paso del tren o de los trenes. Es la fatalidad del azar,  también conocida como teoría del demonio de Laplace, o del instante único, porque en este caso parece que se descarta el error humano como causa.

  Hace 13 años, en el día de Santiago del año 2013, la fatalidad alcanzó a un tren Alvia, en la línea de Alta Velocidad de Madrid-Santiago de Compostela, en la curva fatídica de Angrois Entonces, como hoy, evitamos cualquier ruido político, cualquier mezcla con argumento alguno, que no sea o fuera, la conmemoración y recuerdo de las víctimas. Era un Alminar todavía en rodaje, y no lo hicimos con la intensidad que ahora. Todo el esfuerzo debe dedicarse a las víctimas, tanto a las mortales, como a aquellas que han resultado heridas, o a los que han perdido a un familiar con el que viajaban, al que esperaban en las estaciones de destino, o al que acaban de despedir. Aparte de esclarecer la verdad, es necesario reconfortar a todos los heridos y familiares, y despedir dignamente a los que ha perdido la vida.

«Todo lo que ocurre está determinado por una sucesión de causas, porque según el demonio de Laplace, todo lo que ocurre está determinado por una sucesión de causas y efectos»1. Y a veces no habrá culpables. Lo que siempre hay o habrá, son víctimas, que merecen, ante todo, la atención y el recuerdo. El ruido está distorsionando todo en España, desde hace demasiado tiempo. La recta de Adamuz y la curva de Angrois, ya están igualadas.

Nota: (1) La conciencia contada por un sapiens a un neandertal. Millás y Arsuaga

 

La llegada de la catástrofe


La catástrofe, aunque no guste el término, se acercó hasta nosotros casi sin que nos diéramos cuenta. Parecía un problema lejano, del oriente asiático, origen de casi todas las epidemias anteriores. En febrero de 2020, China blindó la ciudad de Wuhan, el epicentro de la pandemia, pero el virus ya había escapado de allí y se diseminaba por el planeta de modo silencioso. Esto es lo único que explica la desigual incidencia entre China (100.000 casos y 4800 fallecidos) y el resto del mundo. Los países de Europa Oriental y Oriente Medio también tienen una incidencia muy baja. La pandemia se proyecto sobre el llamado mundo Occidental, como la piedra de una catapulta. La primera de esas piedras arrasó Italia, España y Francia, que se han mantenido desde el inicio en el grupo de los 10 países más afectados.

En la Edad Media, a la peste se la veía avanzar. Su ritmo era de 3 km diarios, pero también se producían saltos geográficos debido al desplazamiento de los barcos, bien por vías marítimas o fluviales. Llegaba primero la noticia de que una ciudad había recibido su mortal visita, luego otra, y otra más, pero a pesar de las distancias y la lentitud, nadie escapó de su abrazo. Entre 1346 y 1353 sucumbió Europa entera.

Pese a la distancia de 7 siglos entre ambas pandemias mundiales, aunque una solo afectó al mundo entonces conocido (América no estaba descubierta) las similitudes son grandes, porque la propagación es la misma, solo cambia la velocidad. Lo errores frente a su inicio son también similares a los de época medieval. El primero y fundamental es pensar que la distancia protege, cuando en realidad solo retrasa. Sin embargo, en un mundo tan comunicado, todo resulta inmediato, como en realidad fue.

Melilla en febrero de 2020

El azar dejó a nuestra ciudad fuera del primer zarpazo del virus. Cuando se cerraron las compuertas, la pandemia apenas había asomado su oscura faz, tanto a este lado como al otro de la frontera. El 24 de febrero las carrozas del Carnaval recorrieron las calles de la ciudad con total libertad y júbilo. El trasiego fronterizo continuaba en todo su apogeo. Hoy, contempladas estas imágenes, producen escalofríos. De haber estado el virus presente, esas concentraciones hubiesen resultado bombas biológicas, pero el destino estaba todavía de nuestro lado. En el artículo habitual sobre el desfile carnavalesco, descartamos esta fotografía, la del diablo y las viudas. La negra sombra ya acechaba.

Los Testigos de Jehová hacían su habitual proselitismo y sus advertencias continuas sobre el fin de los tiempos. Los humos de las laderas del Gurugú seguían ascendiendo a la atmósfera, asemejando fumarolas. El poeta Miguel Fernández y el heroico teniente legionario Francisco Jesús Aguilar, seguían recordándonos las diferentes formas de inmortalidad en la memoria común. Todo parecía en calma pero ya había inquietud.

Las dos primeras semanas de marzo ya fueron distintas. La inminencia de la catástrofe ya flotaba en el ambiente, aunque se desconocía su magnitud y duración. Se celebró la conmemoración del Cristo de Medinaceli pero ya con medidas de protección social, el Día de la Enfermería, y el de la Mujer. Pero ya nada podía evitarse. El reloj de la pandemia ya iba en contra y los dados del azar, también.

Estamos a un año del inicio de la pàndemia, la cifra de fallecidos alcanza los 2.362.735 en el mundo, 64.217 en España, 61 en Melilla.