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Adiós a Fernando Belmonte


       Regresar de Roma y sin solución de continuidad asistir al entierro de mi amigo Fernando Belmonte es algo que no esperé hacer jamás. La muerte sorprende como un ladrón en la noche. Hay algunas que causan impacto social y conmueven pese a que no se conozca a la persona, pero hay muertes, como la de Fernando, que tienen un alto impacto personal, además del social. Esto es lo que ha ocurrido en este caso.

         Escribir acerca de una de las personas con las que he compartido una de las más largas etapas de amistad de mi vida, es muy difícil, y también porque es imposible hablar de Fernando sin hacerlo de Irene, su esposa; porque en Melilla ellos eran conocidos como  “Fernando e Irene”, de hecho, los conocí juntos y constituían una de las parejas, que en la ciudad se denominan como históricas.

           Hace una semana, una persona que me llama mi amigo, pero que por edad y conocimientos debo considerarle maestro, me recordada una frase que escribí hace un año, en uno de los obituarios más leídos de la historia del Alminar de Melilla: Toda muerte es segura. Muchas muertes sorprenden, algunas hacen enmudecer. Hoy debo añadir que algunas te dejan helado, pero  obligan a escribir sobre  ellas. A alguien como Fernando Belmonte, no se le puede dejar marchar sin escribir acerca de él. Para Irene Flores ha muerto su esposo, para sus familiares el hermano, el tío o el primo, para los amigos un amigo, para la ciudad un testigo, quizá de los mayores, de todo lo que ha sucedido desde la fundación de La Democracia.

         Aquel obituario hizo  que Fernando me advirtiera de algunos errores, como el de no haberle señalado como el primer director de Televisión Melilla, INMUSA; de hecho puede considerársele el fundador de la Televisión melillense. Tenía la confianza para decirme cualquier cosa, después de tantos años de amistad.  La discrepancia, que aclaré en el propio Alminar,  la zanjó el propio Fernando con esta frase: “Una cosa me ha quedado claro, y es que si algún día me muero, quiero que mi obituario me lo hagas tú”. Dicho por una de las mejores plumas periodísticas que haya dado la ciudad, lo consideré como un elogio. Lo que no pensé nunca, es que solo un año después tuviese que hacerlo.

                        Así en la vida como en la muerte

                Fernando inició la lucha por la democracia desde La Dictadura de Franco, militando en el Partido de los Trabajadores de España (PTE), un partido marxísta-leninista, de línea maoísta, que editaba un boletín llamado La Unión del Pueblo. Su familia era de origen modesto, hijos y nietos de los vencidos en la Guerra Civil. Esa etapa no la conocí, pues mi primer encuentro con él fue en su atalaya del diario Sur, cuando tenía delegación en Melilla y era uno de sus redactores.

            No se puede reducir su actividad a la sola condición de periodista, aunque es la que le define y por la que se le identifica. En el diario Sur escribió probablemente sus mejores páginas como profesional de la prensa. Era un atentísimo observador de la realidad y no se le escapaba ningún detalle. Sabía condensar toda la información en el reducido espacio con el que contaban, solo dos páginas. No desperdiciaba palabras porque las conocía todas. Manejaba el lenguaje (a favor o en contra como le gustaba decir), como nadie ha vuelto a hacerlo. Su capacidad para la ironía era infinita, que era tan afilada, que podía atravesar cualquier pared o metal. En algunos aspectos, como estos mencionados, debo considerarle mi maestro en el oficio de la escritura.

              Destacar, brillar, sobresalir en una ciudad de bandos y de facciones como Melilla, es muy difícil, y a menudo  impiden hacer aquello que se desea, y para lo que tenía un “don natural”, como el de la escritura. Alguien como él, debería haber dejado una mayor obra escrita, que le hubiese inmortalizado en la forma en que sus cualidades merecían. Con la madurez, había alcanzado la estabilidad laboral y personal, y también la consolidación académica. Esto le hubiese permitido narrar aquello de lo que había sido testigo y parte, que es el proceso de La Transición en la ciudad, el establecimiento de La Democracia, y sobre todo, el acceso a la nacionalidad española del colectivo musulmán de Melilla. Si hubiese tenido el tiempo necesario para hacerlo, dadas sus condiciones, se hubiese convertido en el Tito Livio de la historia local. Es un dolor sordo el que no haya dejado una obra escrita a la altura de su talento. Todo esto es solo una mínima parte de lo que ha sido. Queda el Fernando cantante, el tenista (con su autodenominada muñeca de seda), el jugador de mus, el Fernando íntimo, el familiar.

            En cualquier caso, ya nada tiene remedio, pero al igual que el divino Augusto, al acercarse el momento de su muerte, solicitó el silencio de los presentes y preguntó: ¿He desempeñado bien mi papel en el teatro de la vida?, a lo que todos dijeron que sí. Complacido, el divino Ottaviano respondió: Plaudite me ergo (aplaudidme pues). 

         La respuesta la dejo ya a criterio de cada uno. A la hora en que fallecía, me encontraba frente a la representación del Juicio Final de Miguel Ángel, en la sublime e inexpresable Capilla Sixtina. Le dedico la fotografía, y por supuesto, el aplauso.