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Iglesia de San Agustín del Real


Campaña para captar fondos para arreglar la cubierta

Con las catequesis, las comuniones y los bautizos las iglesias se llenan, incluso en la misa del Domingo. El problema está en el día a día y en el mantenimiento. Siempre hay gastos y no siempre suelen estar abiertas. La iglesia de San Agustín fue una de las más ricas de Melilla, tanto en exornos como en propiedades, pues los fieles del barrio del Real donaban incluso inmuebles a la Iglesia. La gran reforma, que amplió los locales sociales colindantes, e incluso la renovación de la cubierta del edificio (antiguo almacén de intendencia), se llevó a cabo en el final de la década de 1980. Hubo reformas necesarias y otras discutibles, como la instalación y mantenimiento del costoso órgano, hoy ya apenas utilizado. El mantenimiento y conservación del órgano tiene que ser llevado a cabo por expertos. Era la iglesia de Melilla que tenía más imágenes y altares y un día desapareció casi todo.
Se creó una comunidad, dirigida por el Padre Hurtado, que dio buscó una nueva forma de entender, tanto la iglesia como la vida en comunidad de creyentes, y los que no comulgaban con “esa vereda o senda”, se apartaron o fueron apartados de la vida parroquial.
Hace dos años, el Episcopado de Málaga intentó reconducir la vida eclesial y nombró a un sacerdote diocesano para dirigir la parroquia, acabando así con 70 años de dirección de los padres paúles. La comunidad cristiana preexistente, parece no haber sintonizado con la dirección de la parroquia y ha abandonado la misma, distribuyéndose por otras parroquias de la ciudad. Es una situación extraña.
El caso es que los años de suntuosas reformas pasaron a la historia y el edificio empieza a notar síntomas de agotamiento. Hay cosas que tienen que ser reparadas con urgencia, como las tejas de la cubierta, cuyas filtraciones provocan goteras y humedades. El párroco ha lanzado una campaña de captación de fondos para diversos arreglos y reparaciones, abriendo la propia cuenta parroquial (2103/2031/96/0010108401), para las donaciones, bajo el lema: Colabora con tu Parroquia.
En los pasados días 27 y 28 se conmemoraron las festividades de San Agustín y de su madre Santa Mónica, hechos que pasaron prácticamente desapercibidos para la feligresía del barrio. Hoy ya casi nadie hace caso de los santos, y eso que San Agustín, tuvo una vida prodigiosa, y merecedora de ser leída, sobre todo, sus “Confesiones”, el libro que más le gustaba a Wittgenstein.

San Agustín, la vida prodigiosa de un santo

Agustín nació en Tagaste, lo que hoy sería Túnez, en el año 354 de Nuestra Era. Durante un largo tiempo se dedicó a una vida licenciosa, narrada por él mismo en “Las Confesiones”. Dedicado a la lujuria, al robo, a los amores deshonestos, o como él mismo decía: “Al gusto por hacer el mal”. Durante años visitó todos los lupanares de la costa africana, o las ciudades más famosas por tener los más atractivos de todos ellos: “me revolcaba en su cieno, como si se tratara de un ungüento oloroso”. Aborrecía las Sagradas Escrituras por aburridas y se convirtió en seguidor de una herejía, la maníquea.

San Agustín muestra claramente dos cosas, una es la perniciosa influencia que ciertas cosas, aparentemente buenas y bellas, pueden tener sobre los blandos espíritus de los adolescentes. La otra es la gran importancia que tienen “las compañías” sobre los jóvenes. Esta última es la gran preocupación de cualquier madre o padre. Agustín tuvo una madre, Mónica (que acabaría siendo santa), que anduvo detrás de él, no dejándole solo en sus fechorías e intentando mitigarlas en todo lo posible. Al final consiguió detener la loca carrera de su hijo; aunque tuvieron que pasar más de diez años para ello. Agustín vio una luz durante una predicación de San Ambrosio.

Desde ese momento, se convirtió en un exégeta de las Sagradas Escrituras y en firme azote de toda herejía, especialmente duro fue con la que había sido su secta nodriza, la de los maníqueos. A partir de ese momento y además de explicar claramente cuales son los caminos que conducen al “pecado”, ideó La Ciudad de Dios, un lugar imposible y a salvo de todo mal. Actualmente, proliferan en todas las religiones, grupos que intentan preservar a los suyos de todo mal, o de todo contacto con el supuesto “pecado”, construyendo oníricas ciudades de Dios, en las que si hay algo ausente no es el pecado, y sí la presencia de Dios, en cualquiera de sus múltiples interpretaciones. Al final, el diablo, como el humo, entra por cualquier rendija.

Si San Agustín enseñó algo, y enseñó muchas cosas, fue que tanto el bien , como el mal, deben ser descubiertos por uno mismo. De lo que hay que dotar a las almas de las personas, es de instrumentos para discernir ambos caminos, incluso que después de haber caído en el malo, uno sepa darse cuenta y rectificar su rumbo. Hay cosas, no muchas, que pueden y deben evitarse.
Nota: https://elalminardemelilla.com/2011/10/24/cambio-de-rumbo-en-la-iglesia-de-san-agustin/

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