Francisco Pizarro y la Leyenda Negra


La Leyenda Negra es un conjunto de relatos sobre hechos sucedidos en la conquista del continente americano, «el continente indígena», pero que afecta a todo el Imperio Español. La leyenda negra sería una suma de hechos luctuosos, inherentes a cualquier dominio o imperio terrestre que haya existido a lo largo de la historia, pero que son pasados por la lupa en el caso de España. La conquista y el dominio español en Italia y en los Países Bajos, tienen su propia leyenda negra. así como la propia Inquisición, que sería determinante en la expulsión de los judíos hispanos en 1492. No es posible negar hechos históricos, pero sí enfocarlos en su propia dimensión histórica, pero sin justificarlos en modo alguno. Pese a todo, se abre un abanico de paradojas, según la ideología desde la que se pretenda analizar o simplemente echar un vistazo a etapas históricas conocidas por todos, pero sin demasiada profundidad. Solo México está exigiendo a España una declaración de perdón por la conquista del Imperio Azteca a partir de 1519, por parte de Hernán Cortés. Aquí ya tenemos la opinión dividida entre los que opinan que debe hacerse (la petición de perdón) y los que no. El hecho innegable es que la población indígena del continente americano se diezmó, entre las enfermedades introducidas por las europeos y las propias acciones de guerra y conquista.

No hay objeción alguna para afirmar que: La conquista de los norteamericanos proto-estadounidenses en la parte norte del continente americano, e incluso la de los canadienses, fue igualmente depredadora del territorio y de sus riquezas, y tuvo las mismas consecuencias para la población indígena, que la conquista española en la parte centro y sur. Sin embargo leyenda negras es la española, porque tiene una trayectoria histórica determinada, y también ideológica, que se inicia en los tiempos de Felipe II, y su ministro o valido, Antonio Pérez, y que se ha mantenido vigente hasta ahora. ¿Se debe pedir perdón? Se debe conocer todo y conocerse bien. Pedir perdón cuando ya no es útil para nadie, no tiene sentido alguno. Existen muchos acontecimientos del siglo pasado que sí lo precisarían, como el colonialismo en África.  La Inquisición,  que también se llevó a América, juntos con los Pecados capitales, inherente a toda conquista.

Escribimos para que nos lean. Leemos para conocer y aprender. Hablamos para compartir conocimientos. Pero de un tiempo acá casi nadie acepta opiniones adversas, ni nada que cuestione, aunque sea mínimamente, su modo de ver las cosas. La transmisión es solo unidireccional, desde el emisor al mundo y sin réplica. El auge de las redes sociales y de las plataformas de comunicación, acentúan esta confrontación de versiones sesgadas. Sin embargo hay un elemento común, y es la ausencia de la visión indígena en en la visión de los hechos. Aun hoy desconocemos la lista de pueblos y civilizaciones que conformaban el doble continente, sus historias y sus nombres reales.

Pekka Hämäläinen compone una visión extraordinaria de la conquista del norte de América por parte de los proto estadounidenses y de los franceses más la norte todavía, en Continente Indígena, la implacable lucha por Norteamérica, publicada por Desperta Ferro. En ese norte, los españoles no llegaron nunca, y las naciones indígenas mantuvieron el control continental, hasta casi finales del siglo XIX. La nación Lakota, con los aliados Cheyenes y los Arapahoes, derrotaron en dos ocasiones a los Estados Unidos, la última vez en Little Big Horn en 1876, siendo los únicos que han derrotados a los EEUU en batalla. Lo sucedido en el norte continental americano, y en el sur continental hispano y portugués, es totalmente distinto. No son procesos iguales, aunque en ambos hubo guerra, conquista, expolio y muerte, además de lo que conocemos como «civilización». Un proceso similar al que conocemos como romanización. Si en algo se distinguían los romanos era por no presentar cartas de «buena vecindad». Al menor indicio de resistencia, arrasaban con las poblaciones autóctonas, algo que experimentaron bien en la Galia y en Iberia.

En la parte hispana del continente se conoce y sabe bien lo que hicieron los españoles, lo bueno y lo malo, pero no es algo que se tenga presente a la hora de gestionar los países, ni en la política cotidiana. En la República de México sí, porque México fue especial, como el Perú. Por tanto, conociendo todos en mayor o menor medida lo que ocurrió, no debe causar escándalo ni desasosiego, el que Claudia Sheinbaum, presidenta de México, pida alguna tipo de reconocimiento por los males causados, aunque sea cinco siglos atrás. Quien pide un reconocimiento, una petición de perdón, o cualquier otro gesto, es porque en el fondo «te quiere y tiene en su estima«. México acogió sin reparos a todos los exiliados republicanos españoles en 1939, y esto es algo que debe también reconocerse.

No pasa nada por revisar la historia,  no hacer revisionismo, y contar las cosas tal y como fueron,  para todas las partes en litigio.  Tampoco se puede renegar los personajes y calificarlo de modo como nunca fueron.  Alguien sin entendederas colocaba la etiqueta de «fascista» a Hernán Cortés. 

   El mayor crimen contra la humanidad fue el tráfico de esclavos con el continente africano, y nadie se ha planteado pedir perdón por ello. Son páginas infames de la historia humana, que todavía no se han revisado de modo satisfactorio. En el siglo precedente existen hechos que merecería revisiones,como el colonialismo europeo en África o Asia, y que fueron determinantes para la configuración histórica actual. Todo debe conocerse bien sin recurrir a la apología o la reputación total. No hay un solo hecho o acontecimiento humano, que no tengo una lectura diferente. La historia no es solo como nos la cuentan.

Torreones musulmanes hispanos


                           Entre Almería y Turégano

Enrique Delgado

         ¿Es Serafín Fanjul un arabista contra lo árabe?. Su libro «La quimera de al Ándalus», escrito en Nijar en 2003, intenta romper la idealización del pasado musulmán hispano, del que tampoco suele tenerse una imagen clara. En cualquier caso es imposible resumir o sintetizar en una imagen única un periodo histórico de 781, ocho siglos. Su tesis principal, declarada en este libro, es negar que la invasión árabe de 711 modificara o dejara algún rastro identificable en el fenotipo hispano-romano, y sobre todo, que perviva herencia genética alguna.

         Para Fanjul, la entrada de los árabes en la legendaria fecha fue un una invasión en toda regla y un vuelco social y político de proporciones no conocidas has entonces. Esto es erróneo, pues fue mucho más cruenta la entrada de los romanos y el posterior proceso de romanización, que no solo duró 200 años, sino que además supuso el exterminio casi completo de grandes y diferenciados grupos étnicos ibéricos. La violencia de las legiones romanas sí es legendaria

           Los árabes, o los omeyas, con su ejército mayoritariamente bereber, se hicieron con la casi totalidad de la península en solo 3 años, y casi sin batallas que hayan dejado algún rastro histórico. Lo que sí es un mito o una quimera es Covadonga, en donde una escaramuza de exploración acabó convertida en batalla decisiva. Quien reivindique a Pelayo y la marca de La Reconquista hace sencillamente el ridículo. Las realidad es que los árabes nunca estuvieron interesados en el norte de España, ni en las tierras por encima de la línea del río Duero. Como ejemplo baste decir que la ciudad de León se mantuvo abandonada desde la caída de Roma en 476, hasta su ocupación incruenta en 856 por Ordoño I de Asturias. Los Reinos cristianos del Norte tardarían otro siglo en rebasar el Duero, y un siglo más en llegar hasta el Tajo en 1085.

      Si en el nombre de una potencia, el Califato de Bagdag, se ocupa una extensión de 600.000 kms² en solo 3 años y se asienta sin encontrar resistencia reseñable hasta casi 3 siglos después, en el final del siglo X, es que no ha existido oposición de ningún tipo. El Reino Visigodo estaba disuelto, carecía de ejército y estructura de Estado, y por eso nadie hizo frente a la invasión de 711. No existe la inversión social y política que Fanjul se esfuerza en poner de manifiesto.

                                   Torreones y murallas musulmanas hispanas

         Escrito todo lo anterior, hay que aclarar que en aquella época no existía el adjetivo islámico como definición política o religiosa. Tampoco había un término único que agrupara a la nueva población bereber y árabe asentada en Hispania. No se les conocía como musulmanes de modo conjunto. En la definición de los términos está empeñada desde hace años la profesora y arabista Luz Gómez García, porque todo debe significar lo mismo para todos, o no habrá manera de aclarar las cosas. Los «arabo-bereberes hispanos» nunca islamizaron ni lo pretendieron, los actuales sí.

          En cualquier caso, todo fue borrado tras la conquista final de 1492 y las «guerras moriscas» de 1500, 1567 y la definitiva expulsión de los moriscos españoles en 1609. No quedó nada de la lengua, cultura o religión de los hispanos de religión musulmana. Solo es posible buscar restos de torreones, de murallas, algún que otro alminar, como el de Bollullos de la Mitación, o alcazabas, como la de Trujillo y sus espléndidos aljibes, además de los monumentos más característicos y universalmente conocidos.

            Los libros de historia en Segovia, apenas dedican una decena de líneas a reflejar el periodo comprendido entre 712, fecha probable de la llegada de los árabes, y 1086, cuando la ciudad y provincia quedaron bajo el dominio cristiano. Por eso resultan sorprendentes los restos de la alcazaba califal de Turégano, no suficientemente reflejada y acreditada como tal.

            Los ejércitos andalusíes y califales tenías dos rutas principales de ascenso hacia el norte, según el historiador Fernando Aznar, una la de Mérida y la otra la de Toledo y Madrid. Al carecer de fuentes, debemos comparar estructuras. Las murallas de Turégano son califales. El tipo de construcción y la presencia del adarve (pasadizo interior) acreditan  su adscripción. Sin embargo, Turégano está muy cerca del Duero, la marca norte del territorio Andalusí, de ahí la importancia de esta alcazaba, su antigüedad y su gran perímetro.

 

 

La historia sobre Trujillo


 

           Las piedras hablan, e imponen su carácter. En Trujillo la historia pesa; está en la paredes, en los sillares, en las columnas. En el antiguo convento de las Descalzas Reales de San Antonio, estuvo hasta el monarca Felipe II, según cuenta el Cronista Oficial José A. Ramos. La Desamortización acabó con su pasado esplendor. Hoy es un hotel de la cadena Izan. Cualquier visitante que llegue hasta esta ciudad se alojará en antiguos palacios, conventos o monasterios. En su antiguo claustro ya no pasean monjas ni se escuchan oraciones, y las antiguas celdas son hoy habitaciones de huéspedes. Lo mismo ocurre con el resto de Trujillo, cuna de conquistadores, como Francisco Pizarro, Lorenzo de Orellana y Diego García de Paredes, el Sansón extremeño, como dice una placa grabada en la Plaza Mayor. La reconversión histórica ha dejado a Trujillo como un lugar de sosiego y descanso. Aquí reposa la historia y pasadas guerras, como la que enfrentó a Isabel de Castilla con Juana la Beltraneja.

           Sin embargo, sobre la ciudad sobresale su imponente alcazaba musulmana, de aspecto formidable. Es muy similar a las otras existentes todavía en la península, como las de Málaga, Almería, Tabernas, Badajoz o Baños de la Encina, con sus características torres cuadradas, su ladrillo rojo, sus aljibes.

           Edificada sobre un cerro, no sólo domina la ciudad, sino también todo la meseta que la circunda. Su posición de vigilancia era crucial. Pese a todo, no pudo resistir el embate y conquista del rey Fernando III en 1232, sólo 4 años antes que Córdoba y 16 años anterior a la de Sevilla, de la que se cumplirán 770 años el próximo mes de noviembre.

       Hay algo que une este lugar con Melilla. Aquí la patrona también es la Virgen de la Victoria, cuya ermita está situada sobre la entrada principal de la Alcazaba.