Lo que el lenguaje esconde y muestra


                                        La crisis del Partido Popular

           Hoy hay que ser obligatoriamente críptico y debemos mostrar sin decir. Todo el mundo ve, escucha, oye y también espera. Quienes nos gobiernan están atrapados en la zanja que media entre lo que dicen y lo que luego hacen, entre lo que exigen a los demás, y lo que luego no hacen consigo mismos, ni con sus hijos, ni con sus familiares. Han impuesto sacrificios a todos, pero ellos no han renunciado a ningún privilegio.

         Decía Wiitgenstein que:  «la verdad o falsedad de una proposición, de una afirmación, consiste en el acuerdo de su sentido con la realidad».  El contenido de lo que afirman, parece no corresponderse con la realidad de lo que vemos.

              Hay un libro de un filólogo judío, Victor Kemplerer, que analizó minuciosamente el lenguaje del Tercer Reich, y los sutiles cambios que fueron introduciendo para enmascarar la realidad, porque el lenguaje es también «un arma», incluso más potente que muchas. Estamos inmersos en eso, en el intento de encubrir todo con le lenguaje, de enmascarar la realidad, por eso hay que intentar buscar, no en lo que dicen, si no en el cómo.

                      Hay una frase de Talleyrand, muy citada, que dice que: «El lenguaje sirve para ocultar los pensamientos del diplomático», del político. Kemplerer lo refuta diciendo que es precisamente lo contrario: «El lenguaje saca a la luz aquello que se quiere ocultar de una forma deliberada, ante otros o ante sí mismo., y aquello que lleva dentro inconscientemente. Las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje». Y todo esto sirve para muchos.

El regreso a Melilla


         «La solución del enigma de la vida en el espacio y el tiempo, reside fuera del espacio y del tiempo». Ludwig Wittgenstein     

          El regreso siempre es difícil, porque nunca se vuelve a la situación previa. Todo viaje, todo acontecimiento marca un cambio en cada vida, incluso en nuestra forma de ver las cosas. Estamos sujetos a  cualquier   modificación que se produzca en nuestro entorno . Hay cosas aparentemente pequeñas que pueden perturbarnos más, que sucesos de mayor calado.

          Debajo de este amanecer en el avión que hacía el recorrido Madrid-Melilla, hay un país hundido en la depresión económica y anímica. Se percibe muy claramente en cada calle o en cada rincón que se recorre. Melilla está aparentemente al margen de todo esto, pero es solo una sensación aparente, un espejismo que puede difuminarse en cualquier momento. El frío, en la Meseta, siempre es un indicio de la próxima llegada de «los lobos», cuando al no encontrar comida en las montañas por las bajas temperaturas, iniciaban la bajada al terreno más cálido y llano. Y este año, en febrero ha hecho mucho frío. Dice un refrán que al tiempo no se lo comen los lobos y al final, aunque tarde, el invierno ha llegado y extendido su frío manto. Otra cosa que se percibía claramente desde las alturas, en el viaje de ida, son los signos de la sequía. En los grandes ríos españoles ya han dado la alarma por el bajo caudal y las heladas de invierno, un mes que debería ser lluvioso, va a agravar la situación de la próxima cosecha.

         Me parece adecuada la parábola del «tiempo de los lobos», pero no referida a una situación política determinada o a un momento político concreto. Me refiero al lobo del capitalismo voraz e insaciable que está ya desmochando y podando (febrero es tiempo de poda),  los logros de «la clase trabajadora», conquistados a lo largo de la historia, desde los tiempos de Espartaco, hasta los de Carlos Marx, y desde él en adelante.

             Ya hay un gran lobo capitalista, el magnate mundial del juego, dando vueltas por España, para intentar implantar una zona similar a Las Vegas, pero en nuestro país. De aceptar sus draconianas propuestas, sería como  segregar una zona completa de España y entragarla directamente, con cesión de soberanía, a la voracidad del capitalismo implacable. Si esto es un indicio de lo que nos espera, la situación empieza a vislumbrase como alarmante.