Una historia bizantina


El cuento del gallo y del asno

          El Imperio Romano de Occidente cayó en 476, y la gran expansión árabe no llegó al Norte de África hasta el año 648, casi dos siglos después. Entre invasiones y desembarcos de los vándalos, los bizantinos y su imperio, apenas ejercieron su influencia en la zona a lo largo de dos siglos escasos. Sin embargo dejaron en la zona muchas leyendas (la del conde Don Julian) y un vocablo griego, parakaló (Παρακαλώ), que significa tanto “por favor”, como “de nada”, y que en el norte de Marruecos significa “gracias” y se pronuncia como barakalofi. Es la explicación más lógica a la presencia de este vocablo en el idioma del Rif, el tamazigh.

         Hay otro término conocido como aromi o arrumi, y que se cree que designa a los españoles, equiparándolos a los romanos. Pero esto no es correcto. El vocablo procede de los árabes, que jamás estuvieron en contacto con los romanos, pues su parte del imperio se hundió en el siglo V. Los árabes solo conocieron a los griegos, esto es, a los bizantinos, y es a ellos a los que llamaban así: rum o rumi, que eran los que profesaban la fe de Cristo.  Al llegar a la península, las crónicas árabes designaban como rumis, a los integrantes de las fuerzas que se les opusieron, pero es una palabra surgida de su contacto con los griegos o bizantinos.

               Al llegar las cruzadas a Jerusalén, en el siglo X, los árabes no llamaron a éstos rumis, que para ellos eran los griegos, sino que los conocieron como los “frany”, los francos, y esto ya sí englobaría a todos los occidentales en general.  Los “frany” ofrecieron una imagen salvaje en Palestina, con sus caballeros cruzados. Al defender a Cristo con la espada, siempre desde el punto de vista árabe, corrompieron para siempre sus enseñanzas. Pese a todo, las cruzadas no fueron pensadas solo para combatir a los árabes, sino también a los propios cristianos. Hubo una cruzada contra las herejías cristianas de Europa y otra contra los cristianos de Constantinopla.

                       Genios y demonios en el mundo rifeño

        El norte de África es un territorio de mezclas, de historias, de leyendas y de gentes. Hay creencias y leyendas comunes. Una de ellas hace referencia a los genios, ángeles y demonios y a su manera de detectarlos. Son los seres invisibles o puramente espirituales. El profeta de los musulmanes, Mahoma, explicó en sus hadizes o dichos, algunos puntos oscuros de la revelación coránica, y también opinó de temas mundanos. Según el hadiz de Bujari y Muslim afirmó: Cuando escuchéis el canto de un gallo pedid a Al´lah sus bondades, porque el gallo ha visto un ángel, y cuando oigáis el rebuzno de un asno, buscad refugio en Al-lah, porque ha visto a un shaitán.

            En algunas casas de Melilla, todavía se pueden ver y escuchar el canto de los gallos. Hace no muchos años, podía oír un gallo desde mi casa todas las mañanas. También es verdad que los asnos rebuznan sin venir a cuento y provocan a veces más de un sobresalto. Si a nuestro paso escuchamos el canto de un gallo, o un rebuzno, podemos saber qué tipo de espíritu nos acompaña. En mis visitas al barrio hebreo de la semana pasada siempre cantó el gallo, y el asno permaneció en silencio.

           También, mi amigo Wally, el librero, me regaló una novela “El ángel sombrío” de Mika Waltari, sobre la caída de Constantinopla en 1453, y por fin he podido unir todas estas historias que debía contar. Nombres ya perdidos en la historia, como el del Megadux Lukkas Notaras, o el del último emperador de Bizancio, Constantino Paleólogo,  vuelven a aparecer ante nosotros.

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2 Respuestas a “Una historia bizantina

  1. Hay que ver, la cantidad de cosas que cuentas entremezcladas dentro de una historia!
    Ahora entiendo por qué siempre me ha gustado tanto oír el canto del gallo. Se aprende mucho leyendo El Alminar, las entradas relacionadas con la de cada día; aún ya leídas, siempre encuentras algo interesante En ellas que pasó desapercibido en su día, como cuando relees un libro.

  2. Muchas gracias, Isa. No abandones nunca El Alminar.

Lo que se ha podado retoña; lo ahuyentado vuelve, lo extinguido se enciende; lo adormecido despierta otra vez. Poco es , pues, podar una sola vez; es necesario podar muchas veces, continuamente, si es posible.

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