


Excommunicationem latae sententiae
Hace no mucho, la excomunión suponía la muerte civil, y en otras ocasiones también la física, tras ser sometido «a la relajación por el brazo secular», lo que comúnmente es conocido como la hoguera. Las clarisas han incurrido en un delito contra la unidad de la iglesia, y han promovido rebelión contra el ordinario (obispo) y contra el Papa Francisco I, al que han calificado de hereje, las más común de las descalificaciones contra el papado de Begoglio. Sin embargo, es casi normativamente imposible que un Papa pueda ser hereje, del mismo modo que un juez no puede firmar una sentencia ilegal. Se puede errar siendo Papa, y prevaricar siendo juez, pero la herejía y la ilegalidad son categorías imposibles en estas dos autoridades.
Las clarisas herejes están perseverando en su error, y con manifiesta contumacia y escándalo público. Sin embargo, para ser cismático hay que triunfar como Lutero, en caso contrario se acaba en la categoría de rebelde, como el diablo, o en vulgar herejía. No habiendo hecho apostasía de la fe, ni promoviendo una nueva iglesia, quedan solo en rebelión sin fin aparente, salvo la del 10º mandamiento; la de codiciar bienes ajenos, los de la Iglesia, de los que solo disponen en usufructo.
Al calificar al Papa como hereje, negando su autoridad, así como la del Ordinario, han incurrido automáticamente en herejía, lo que además de la excomunión, le supondrá la pérdida del estado clerical, con la obligada salida del convento que ya no les pertenece. En el pasado, obispos, cardenales y clérigos disponían de bienes propios y ajenos, con gran conmoción social, por lo que todo se fue regulando con el Código de Derecho Canónico, que es la constitución y legislación de la Iglesia. Incluso podrían recibir varias penas de excomunión, que ellas califican como caricaturas. No les parecerá lo mismo cuando estén frente a las llamas del infierno, o sentadas extra muros de la Iglesia, a la que pertenecían hasta hace poco.
En todo este viaje relámpago, lo que ha quedado claro, es la manifiesta inconsistencia de las clarisas, arrimadas a unos personajes estrambóticos, de la autoproclamada como Pía Unión de San Pablo Apostol, esta sí caricatura de la muy solvente Fraternidad de San Pío X, del arzobispo francés Marcele lefebvre, que sí se enfrentó al Papa y al Vaticano, pero con una sólida doctrina y acción, que obligó a la propia Santa Seda a dar marcha atrás en su decreto de excomunión sobre el arzobispo Lefebvre. Sería el propio Benedicto XVI, quien pusiese fin al cisma francés, reconociendo y autorizando la fraternidad lefebvrista.
Ansiosos de cismas y rebeliones en el seno de la Iglesia, muchos ojos y oídos se volvieron hacia las clarisas de Belorado (Burgos), atisbando una oportunidad de discordia, que a la luz de los focos mediáticos, se ha disuelto como el vampiro frente al clarear del día. Aquí hay poca gloria, y mucha zozobra, sin justificar a una Iglesia que no suele prestar demasiada atención a las monjas y mujeres en estado clerical; a las que considera como de segunda categoría, pero que le resuelven una parte fundamental de lo que suele denominarse como «obra social de la iglesia».
Es una Iglesia con bienes extraordinarios, pero muy manirrota, asolada por escándalos financieros, como la quiebra técnica de la Diócesis de Almería y otros de mayor y mundial calado. No sabemos si la Iglesia paga sueldos y cotizaciones sociales a sus trabajadoras religiosas, que también lo son. La raíz de la desafección puede tener más de una causa.
Desafiar a la Iglesia no es tarea fácil, vencerla está al alcance de muy pocos. Estremece la lista de herejías y cismas a los que ha apisonado la Iglesia. Aquí hemos mencionado a dos vencedores, Lutero y Lefebvre. Fuera de sus muros hay frío y viento, igual que le ocurre a los que no militan en los partidos políticos dominantes. Nada les espera fuera y serán expulsadas del covento. Las cuentas canceladas y la propiedad de los inmuebles inmovilizada. Serán vencidas por el hambre y la sed. Su último comunicado es caótico, parece redactado por cualquier demonio, el mismo Asmodeo. El diablo se adentró en el convento por las redes, en donde miradas curiosas e inocentes quedaron deslumbrados por el aparente brillo de fuera.
«El covento es para la que lo trabaja«, es una expresión correcta, pero la propiedad intelectual es de Marx y no de San Mateo. Pero recuerden siempre: Y no nos dejes caer en la tentación ( et ne nos inducas in tentationem).
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