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Podemos: en la iglesia de Pablo


               Siempre será necesario escoger: Trotsky o Stalin, Errejón o Iglesias, Pedro o Pablo. Muchos consideran a Pablo como el fundador de la iglesia de la que Pedro fue su primera piedra. Hoy se admite que la evolución de la Revolución rusa hubiese sido muy distinta con León Trotsky que con Iosif Stalin, pero nadie duda de que la Rusia soviética no hubiese resistido el embate de la Alemania nazi, si el dictador georgiano no hubiese estado al frente del Kremlin en 1941. Para hacer frente a una amenaza como la que supuso Adolf Hitler, solo podía existir en el otro lado un oponente con la inquebrantable voluntad de Stalin y su aparente inhumanidad, pese a que las “salvajes purgas” de 1938 estuvieron a punto de descomponer la revolución, el ejército y todo el Estado soviético. Las dualidades nunca han resultado desde los tiempos de Caín y Abel. Todas estas comparaciones bíblicas eran muy del gusto del León de Octubre, el camarada Trotsky. No dejó de hacerlas en su biografía de Stalin, obra que le costó la vida.

         Vivimos tiempos de grandes amenazas, el liberalismo capitalista amenaza con llevárselo todo por delante. En cada país del llamado mundo Occidental, el de las democracias, las opciones para hacer frente a las políticas de derechas son casa vez más escasas, entre otras cosas porque las políticas económicas y sociales no se dictan desde los gobiernos, sino desde entidades a las que no se pueden votar, como el Fondo Monetario Internacional, o su sucursal del Banco Central Europeo. Votar a alternativas como Syriza en Grecia, solo suponen escapar temporalmente del abrazo de hierro. El enfrentamiento ideológico entre Stalin y Trotsky, previo al personal, fue sobre el modo de salvar la revolución: ¿socialismo en un solo país, o en varios?. El capitalismo feroz y despiadado solo tardó 75 años en volcar la alternativa económica, política y social que supuso el triunfo de los revolucionarios y las clases proletarias en 1917.

                             Las opciones de la izquierda en España

               El movimiento político conocido como Podemos, el partido de la gente, surge en España en las Elecciones Europeas de mayo de 2014, procedente de un espacio político televisivo. Este y no otro es su origen. Es la primera vez que la opción política surge antes que el propio partido. Todos sus problemas actuales tienen su raíz en este insólito nacimiento. Recibió militantes en aluvión, procedentes de ideologías y orígenes sociales muy distintos. No siempre quienes se han hecho con el control de los círculos en localidades, provincias y autonomías, han sido los más capaces o los más sólidos en términos ideológicos. Esto ocasiona todavía importantes fracturas y faltas de sintonía entre la periferia y el centro. Ni siquiera la ideología está definida y mucho menos consolidada. El control ejercido por los discípulos de Pablo Iglesias sobre el partido se parecen más a los usos estalinistas, que a los principios democráticos y revolucionarios ideados por Trotsky, ya desaparecido y encarnado en la persona de Juan Carlos Monedero. Parece que, con la luz y la perspectiva, para sobrevivir como partido, no hay otro camino posible que la concepción personalista de Stalin, y su gran creación, el culto a la personalidad, que ya empieza a aparecer en el Podemos de Iglesias.

                  Se sigue diciendo de modo erróneo que estamos ante un proyecto, y no en una lucha de personas, pero eso es creer que el electorado, el militante, no tiene la madurez suficiente para distinguir una cosa de otra. El votante español, el elector, el militante, no solo busca un proyecto, sino también la persona que considera capaz de llevarlo a cabo. El elector no suele votar a un incapaz, por mucho que el proyecto sea atractivo y bueno. Siempre habrá gente que vote cualquier cosa, pero entender esto supone la diferencia entre ser segundo o tercero, y ganar las elecciones. La izquierda no está dividida, es diversa. No es lo mismo votar a un leninista que a un maoísta o a un trotskista. No es lo mismo ni lo será nunca.

                                La pérdida de la inocencia política

                  Los únicos que entendieron que era imposible participar en política sin perder la inocencia fueron los anarquistas, por eso se convirtieron en la “ideología suicida”. El problema es que quisieron obligar a las demás alternativas de la izquierda, a que les acompañaran en su visión suicida de la política.

                     La entrada del movimiento político de Podemos en política, ha hecho que ya empiece a percibírseles en algunos aspectos como a un partido más. Afortunadamente todavía no lo son. Siguen siendo el partido de la gente, pero la dificultad se concentra ahora en consolidar lo conseguido, como en la Rusia soviética de 1924 tras la muerte de Lenin, y en que no les alcancen los errores de la vieja política y de los viejos partidos. Esto es lo que llevó al electorado a alejarse de la política y de los partidos tradicionales.

                   No parece que se esté recorriendo el camino hacia la dirección colegiada, como en la Yugoslavia de Josif Broz Tito, y su movimiento de los países no alineados. El camino de implantación de Podemos y sus círculos, se asemeja más a “los comités populares de base”, reflejados en el Libro Verde de Muammar el Gaddafi, y su Alyamahiría Libia; más que a cualquier otra cosa. El libro Verde hechizó a todos los dirigentes occidentales, y a gran parte de la izquierda europea. Luego todo se convirtió en un caricatura.

                Iñigo Errejón es un dirigente creativo, muy audaz, con gran capacidad para interpretar la realidad y en constante evolución. La opción estratégica impuesta en los dos últimos procesos electorales por el camarada secretario general, era destruir al segundo (Psoe), olvidando que adelantar al segundo solo significa quedar el segundo y que el primero tome más distancia. El movimiento político de Podemos se nutre de electorado propio, el procedente de Izquierda Unida, y del procedente del partido socialista, y al que ya le resultaba imposible seguir votándoles, ni siquiera con la receta del Aitá Arzallus: “con la nariz tapada”.

                   La alternativa es clara, seguir siendo segundos o terceros, o ir claramente a por el primer puesto, para lo que es imprescindible la acumulación de fuerzas de izquierdas. Sin los socialistas, eso se torna un camino casi imposible.

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