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Atrapados en las redes


 

                                           La tecnología que nos gobierna

                 En la serie televisiva de Cañas y Barro, de Vicente Blasco Ibáñez, un agricultor de la albufera valenciana malgastaba su vida y su salud desecando a capazos una laguna que le habían vendido como terreno cultivable. Luchar o pretender ir en contra de la redes sociales es un esfuerzo perfectamente inútil que no vamos a emprender en modo alguno. No es este el objeto de nuestra reflexión. Hay que conocer todo y utilizarlo de la manera más conveniente, intentando evitar que altere nuestras vidas, porque se trata de modos de comunicación que alteran nuestros hábitos cotidianos. Empleamos una determinada cantidad de tiempo gestionando todo lo relacionado con las redes sociales y los mensajes que nos llegan. Aunque sean mínimas, todos/as debemos hacer algunas concesiones.

              Cuando decimos que cada vez tenemos menos tiempo para las cosas, se debe, entre otras, a todo el tiempo que empleamos en descargar y almacenar fotografías, leer mensajes, ordenar archivos, reponer la carga de las baterías, y en atender la información que nos llega a través de ellas. Es lógico, son redes de comunicación y al otro lado hay personas, nuestros conocidos y familiares. Algún beneficio en nuestro favor deben tener. No se trata de convertirse en un huraño ni en un eremita. Nada de lo que escribamos o podamos decir tendrá efecto alguno sobre el devenir del mundo. Si se escucha una sirena o se ve una columna de humo, se quiere saber qué pasa al instante y en apenas un minuto, ya habrá colgadas en las redes decenas de fotografías del supuesto suceso y de sus posibles explicaciones.

               Las baterías de móviles y dispositivos electrónicos tiene una autonomía limitada. En viajes largos, sobre todo en tren, hay que gestionar adecuadamente la carga, si no se quiere estar en apagón total en la última hora de trayecto. Siempre se puede realizar una carga furtiva en el lavabo del tren o tirado en la estación, si se encuentra un enchufe libre. La ansiedad y sensación de desamparo de que genera el quedarse sin batería o sin cobertura, aunque sea por un breve tiempo, resulta injustificable si se piensa que seguimos dentro de una ciudad y sus múltiples recursos. Ocurre que ya no hay nada gratis, y si se quiere recurrir a una cabina se necesitan monedas, y tampoco recordamos la mayor parte de los móviles que almacenamos en la agenda.

                                                La nueva ferralla tecnológica

                    En un hogar normal, de cuatro personas, en donde tenga a su disposición dos teléfonos móviles, un cámara de vídeo , una o dos televisiones (salón y dormitorio), una cámara fotográfica, un reproductor dvd, y una o dos consolas de juegos para los niños/as, necesitan al menos un cajón, para almacenar todos los cables, cargadores y ferralla diversa relacionada con todos esos aparatos. Nos dicen que la comunicación es inalámbrica, que todo navega por el aire y se almacena en la nube, pero nadie advierte del soporte terrestre de todo eso. El o la cabeza de familia encargado de mantener todo eso operativo, debe tener controlado en todo momento la posición de cables, cargadores y mandos, o perderá el juicio entrando de una habitación en otra buscando un elemento indispensable perdido. Nunca mejor dicho, todo depende de un hilo, o de un cable, el del router anclado a la roseta de la pared de la que dependen todas las comunicaciones de la casa. Cualquier fallo en este sistema, una caída de red, provoca reclamaciones sin fin hacia la persona encargada de mantener todo en orden. Si el fallo o la pixelación de la imagen se produce durante la emisión de una serie o programa de máxima audiencia, el lío está servido. Una caída de red provoca una crisis y nos hace sentir incomunicados, cuando en realidad no es así. Nos han creado esas necesidades.

                 Así pues, la más potente red de comunicaciones jamás conocida, depende, finalmente de una cable y de la electricidad. Es un gigante, pero con los pies de barro, o de cobre, si se quiere ser más exacto. Toda la gestión y almacenamiento de ese caudal de comunicación está controlado a su vez por un puñado de servidores. Todo es fácil de controlar. La desaparición del secreto de las comunicaciones se han volatilizado delante de nuestros ojos, y con nuestra colaboración y consentimiento. No controlamos nada y nos controlan todo.

              Las cokies informan detalladamente de qué cosas nos interesan o visitamos, de nuestros hábitos y horas de conexión y de nuestros tendencias. La posición Gps de los móviles y de las fotografías realizadas nos indican qué lugares son más visitados y de las calles más transitadas, en donde luego se instalarán las tiendas y restaurantes de moda.

                              Las redes que carga el diablo

                El nombre está muy bien puesto, pues se trata de redes de arrastre, como las de los barcos, que atrapan tanto a peces grandes como a chicos. No solo los pertenecientes al pueblo llano estamos inmersos en ella, cada uno/a con un grado distinto de implicación, sino también los políticos e incluso jefes de Estado. Ya no falta ni el Papa en ellas. Decía Juan Luis Arsuaga, que nuestra capacidad de establecer relaciones se sitúa entre 100 y 150 personas. Más allá de esa cifra no hay posibilidad de gestionarlas. Por tanto el tener varios cientos, mil, decenas de miles, e incluso centenares de miles de contactos o agregados, no resulta ni útil ni posible.

               Si le diablo existe o existiese, la inspiración de las redes sociales se le debe atribuir sin duda alguna. Somos nosotros mismos, nuestros familiares cercanos y conocidos, los que llenamos el capazo de la pesca. La inmensidad de los blogs red también están dentro de esa red de arrastre, Dan la oportunidad de expresarse al margen de los medios de incomunicación de masas, pero también se cobran su precio temporal.

                  Son muchos los que dicen que el diablo no existe, incluso la propia Iglesia niega su existencia y la del infierno, pese que constituye una piedra fundamental de la predicación evangélica. Si no existe el diablo ni quien  intente hacernos descabalgar de nuestros proyectos y propósitos, con sus constantes acechanzas, tampoco existe Dios, ni santos que nos ayuden.  Entonces estaríamos solos, frente a la red de redes.