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El tiempo de Julio Bassets


 

               El tiempo de Julio Bassets en el socialismo melillense fue duro, los partidos no eran como ahora. En el PSOE melillense existían tendencias y líneas diferentes, tan opuestas, que a veces se manifestaban en la prensa. Entre 1980 y 1996 ocupó puestos de máxima responsabilidad dentro del partido. En octubre de 1982 se convirtió en el primer senador socialista desde la restauración de la democracia en España, de hecho es el único socialista que ha alcanzado esa representación junto con Miguel Ángel Roldán y Gonzalo Hernández. A partir de 1986 la derecha o el Partido Popular ha obtenido de modo ininterrumpido la representación parlamentaria en Melilla, excepto en 1993, año en el que el partido socialista obtuvo su último triunfo electoral.

            El diputado durante ese legislatura fue también Julio Bassets Rutllant, convirtiéndose en el único político que ganó las elecciones a la derecha en la ciudad. Su perfil institucional resulta manifiesto y pese a ello, no ha existido la más mínima nota de prensa por parte de los responsables de la Administración en Melilla, en la hora de su inesperado fallecimiento. En la legislatura de 1996 Julio Bassets fue el ponente del Estatuto de la Ciudad de Melilla por el partido socialista, junto con Mariano Rajoy, entonces ministro de Administraciones Públicas, por parte del Partido Popular. El hecho evidencia hasta que punto se han perdido las formas políticas en la ciudad.

                                 Historia de una década, 1986-1996

                 En 1986 culminó el proceso reivindicativo del colectivo rifeño melillense por el acceso a sus derechos civiles, no reconocidos hasta ese momento. La presión de la entonces Alianza Popular en contra del proceso fue tan fuerte, que llevó al partido socialista a hacer un viraje de  180º en su posición inicial, la de la defensa de la Ley de Extranjería. La derecha melillense siguió firme en su posición de rechazo a la equiparación de derechos, mientras que el partido socialista rectificó, lo que provocó su derrota electoral en 1986. Al frente del socialismo melillense se encontraba en aquel momento Julio Bassets, quien se vio sorprendido por unos acontecimientos que cambiaban de dirección muy rápidamente. Sin embargo, él nunca fue contrario a esa equiparación de derechos, según me manifestó en las muchas reuniones que tuvimos, pues yo en aquel momento estaba al frente de las Juventudes Socialistas de Melilla. Él en sus propias palabras, me dijo que solo defendía la política del partido. Cuando el cambio de postura se hizo necesario, el partido socialista viró y dio como resultado el proceso de nacionalizaciones.

           La discrepancia política y pública, que no personal,  que mantuvimos me costó la expulsión del partido en febrero de 1987, hace ahora 30 años. Resulta incomprensible, que “los malos” de aquella época convulsa sigan siendo los socialistas, mientras que la derecha ha reelaborado su historia y aparecen hoy como los sembradores de la multiculturalidad, cuando en realidad lo fueron, pero de la discordia. Julio Bassets y Manuel Céspedes cumplieron las directrices gubernamentales, de una situación incubada en el Régimen de Franco.

                                   Julio Bassets, una relación personal

        En 1998, ya alejado de la política de partido,  recibí una llamada de Julio Bassets, que preparaba su abandono de la primera línea política, y quería recuperar a todos aquellos que en un momento u otro habíamos estado afiliados. Me dijo: Soy Julio, ¿me conoces?. Pues claro, le respondí. Tras hablar un rato y romper el hielo de más de una década, le dije que no podía volver al partido, sin más detalles. No dándose por satisfecho, me preguntó el motivo, y le dije que por estar “expulsado”, a lo cual repreguntó diciendo que quién había hecho eso. En este momento, ya apurado, le tuve que contar que la ejecutiva que él presidía, había instruido el expediente que había puesto fin de modo definitivo a mi militancia. La estupefacción pasó de nuevo a su lado, y tras unos segundos de silencio me dijo: “Me lo creo porque tú me lo dices”.

          Desde ese momento Julio Bassets me dispensó una amistad sincera, y un trato afectuoso, mezcla de cariño y respeto. Me ayudó mucho en la elaboración de “La historia nunca contada del Alzamiento Militar en Melilla”, en la que publiqué la primera lista completa de ejecuciones en la ciudad. Siempre que me veía me comentaba cosas, o me llamaba para que el ayudase en sus intentos por conservar el “patrimonio histórico de la ciudad”. Fue un gran lector y colaborador del Alminar de Melilla.

            En 2011, Amín Azmani, al abandonar la secretaría general de juventudes, organizó un reconocimiento a todos aquellos que habíamos tenido en un momento u otro, alguna responsabilidad orgánica dentro del partido socialista. Allí,  de nuevo, Julio, en su faceta más entrañable y menos conocida, me volvió a preguntar por la cuestión de mi expulsión, pero esta vez fue más directo y personal. Quería saber si le había perdonado. Nuestra amistad y trato ya estaban recuperados de modo firme, así que le dije que por supuesto, y que para mí aquello no tenía ya importancia alguna, tras lo cual me dio un gran abrazo.

              Las últimas dos décadas de Julio Bassets ha sido la de un hombre feliz, muy satisfecho y orgulloso de su familia , de todo lo que había conseguido por sí mismo, un nieto de un concejal fusilado por los franquistas, Bienvenido Rutllant. En todo este tiempo no ha dejado de preocuparse por su ciudad (en la que ha fallecido de modo anticipado), y por los que consideraba o se consideraban sus amigos y también por su partido. Hay muy pocos campos culturales o sociales en los que no haya estado presente.          ¡Que descanse en paz, Julio, el farmacéutico socialista de la avenida de Castelar!

 

 

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La redada de cada día


          Con mucho cansancio, un amigo e integrante de las Fuerzas de Orden Público, nos comentaba la redada diaria que deben realizar buscando menores e incluso adultos, en los lugares más inverosímiles de furgonetas, camiones y casi todo tipo de vehículos. Ese es un trabajo constante en el que los candidatos a polizones corren peligros muy serios, como el de morir asfixiados en las hormigoneras y camiones de cementos, o en los engranajes de los ejes de los camiones, o aplastados en los contenedores de papel usado que parten hacia la península. Con una habilidad propia de artistas, ahuecan uno de los fardos de papel , dejando una falsa tapa de cartón y se meten dentro.

       Es una rutina en la que descubren a la práctica totalidad de los que intentan abandonar la ciudad, a la que se podría comparar con el juego del gato y del ratón, si no corriese riesgo todo el mundo, tanto los polizones, como los propios integrantes de las fuerzas del orden. Es un estrés continuado que socava la estabilidad emocional de los que deben enfrentarse a esto a diario.

         No suelo haber resistencia, ni malos modos, es más, suelen saludar a los agentes y despedirse con un “hasta mañana”. El trabajo de unos es intentar escapar de la ciudad y el de otros impedirlo. Así un día tras otro, como una de las penas del infierno, que claramente está aquí, en la tierra, frente a nosotros. Cuando alguno muere, o resulta herido, tampoco los agentes escapan a los percances, los titulares informativos procedentes de Melilla atraviesan el mundo entero, y la imagen de la ciudad se aproxima más a los pasados tiempos del presidio.

       Estamos rodeados de vallas, de concertinas, tanto para entrar como para salir. Esta situación ya la previó hace mucho tiempo el delegado del gobierno Manuel Céspedes Céspedes, 1986-1996: “Melilla es una ciudad en la que se entra, pero no se sale” (Melilla is a city in which one enters, but does not leave). Se refería obviamente a la inmigración irregular, ya que fue él el primero que tuvo que aplicar el protocolo de Schenguen. La inmortal frase resume mejor que ninguna otra la actual tesitura. A diferencia de otros cargo públicos afectados por el síndrome de Alvarez Claro (marcharse de la ciudad el mismo día de cesar en el cargo), Manuel Céspedes sigue residiendo en su ciudad natal.

¿Quién nombra a los nombramientos?


 

              Decía Ludwig Wittgenstein que: “No todo puede ser expresado mediante proposiciones, esto es, con el lenguaje, sino que algunas cosas solo puede ser mostradas”, y para ello no hay mejor manera que con la parábola, que además de un recurso linguistico, es una también una expresión matemática.

          Oficialmente el que nombra a los cargos que representan a la Administración del Estado en Melilla, es el Delegado del Gobierno, que es el que tiene la capacidad potestativa y esto es un hecho. No podemos juzgar a las personas, porque no conocemos sus motivaciones y casi tampoco podemos juzgar sus actos, porque no conocemos la intención con que fueron o son realizados.

      Solo podemos ver y mostrarnos sorprendidos, o incluso algunos totalmente de acuerdo con aquello que se nos manifiesta. Quizá se puede intuir cierta lucha soterrada que no se manifiesta a la vista. No es explicable que a casi tres semanas desde el cambio representativo en la Delegación, no está completo todo el organigrama , tanto de la propia Delegación, como de sus entidades periféricas. Aunque al final tampoco este hecho tendrá excesiva importancia, puesto que Manuel Céspedes Céspedes, tardó tres meses en ser relevado de su cargo,  en el año 1996. Tambíen hay que acordarse de cuando se iba a nombrar a Manuel Céspedes como Delegado en 2004 y le birlaron la cartera, o el nombramiento en el último momento, y se nombró a Fernández Chacón.

       Los mecanismos y las estructuras  de poder son muy complicados e intrincados, sobre todo cuando se está copando absolutamente todo el poder. Falta gente para tanto cargo y además, cada nombramiento repercute tanto en el partido al que se pertenece, como en la propia composición de La Ciudad Autónoma. Un nuevo cargo, crea un hueco que deber ser rellenado, o no. Yo solo veo una oportunidad perdida, en no aprovechar este momento, para adelgazar la magnitud del Gobierno autonómico.

     Como decía hace unos días y decían los romanos: “Nada nuevo bajo el Sol”.