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Una patera en Trafalgar


La ruta de Tanger al Cabo de Trafalgar no es una de las más fáciles y cortas, ya que esta muy abierta al océano Atlántico, mucho más allá de las columnas de Hércules y en el límite de la zona en la que los más experimentados navegantes de la antigüedad, los fenicios, ya no solían rebasar. En los mapas anteriores a Cristóbal Colón, el gran descubridor de América y el más atrevido de los navegantes, se escribía la leyenda “Hic sunt dragones” o lo que es lo mismo, encontrarás dragones. Cristóbal Colón prefirió obviar el “non plus ultra” y cambiar para siempre la historia del mundo y de España, a partir de 1492, arriesgándose a una aventura nunca antes intentada.

En estas mismas aguas, el almirante y científico español Cosme Damián Churruca y Elorza, encontró la muerte el 21 de octubre de 1805 a bordo del San Juan Nepomuceno, en la célebre batalla de Trafalgar, frente a la también poderosa escuadra, pero más ágil, del almirante Horacio Nelson, que también encontró aquí la muerte, pero al que esperaba también la gloria inmortal. Es triste que apenas 5 años después de la batalla, los ingleses fueran nuestros aliados en la Guerra de la Independicia, en contra de los que eran nuestros aliados en Trafalgar, los franceses. Casi cinco mil vidas se fueron al fondo del mar en esa batalla, y en esas mismas aguas.

Pero la vida continúa su ritmo, sin reparar demasiado en efemérides históricas. En el primer año de la pandemia, las pestes suelen durar dos, la mar-océana ha dado una oportunidad a la navegación clandestina, la de las pateras. Mientras las líneas comerciales tienen suspendida su actividad entre los puertos españoles y marroquíes, el tráfico de embarcaciones de embarcaciones de inmigración ilegal no. En ese mundo solo una mar en relativa calma es la que marca la pauta del viaje. El Atlántico es calma cobra una dimensión espectacular. Resulta inabarcable.

El cabo de Trafalgar


             Trafalgar es el único nombre de un lugar geográfico español que los ingleses pronuncian con perfección. De hecho, la principal plaza de Londres se llama Trafalgar Square, con su inmenso obelisco, en cuya cima se yergue la estatua del almirante Horatio Nelson, vencedor y muerto a su vez, en la batalla que le inmortalizó.

                  La batalla del Cabo de Trafalgar reafirmó la supremacía inglesa en el mar para todo el siglo, y acabó con los planes de Napoleón para invadir Inglaterra. Todo esto sucedió un 21 de octubre de 1805. La flota hispano- francesa estaba compuesta por 33 barcos, bajo el mando del almirante Pierre Vileneuve, mientras que la inglesa, de 27 navíos estaban al mando de Horatio Nelson. Villeneuve, cumpliendo órdenes de Napoleón, buscaba el Mar Mediterráneo para emplazar la batalla, pero la flota de Nelson los alcanzó en Trafalgar, en el Océano Atlántico.

                  La victoria tiene muchos padrinos, y la derrota solo padrastros y este es uno de esos casos. La flota hispano-francesa adoptó una táctica anticuada y situó todos los barcos en línea hacia el norte, mientras que Nelson dividió a su flota en dos , y atacó a Villeneuve desde el Oeste y en ángulo recto, lo que provocó una maniobra desafortunada del francés, haciendo virar en redondo a sus barcos,  lo que resultó fatal para el resultado de la batalla. Literalmente, Nelson y el también almirante Cuthbert Collingwood, embistieron a la flota hispano-francesa, dividiéndola en dos. Fue una maniobra arriesgadísima, pues podían haber quedado atrapados en el centro de la flota “aliada”, pero resultó genial. Los barcos ingleses se movieron constantemente, envolviendo, atacando y desordenado los barcos de la línea hispano-francesa.

                Poco antes del mediodía, al inicio de la batalla, Nelson pronunció su inmortal orden: “England expects that every man will do his duty” (Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber). España perdió más que nadie en aquella desgraciada batalla, el Annual de los mares. En las derrotas solo queda el consuelo del recurso al heroísmo. La flota hispano-francesa pagó con 3200 vidas y 2000 heridos la derrota, mientras que los ingleses tuvieron 450 muertos y 1200 heridos. Eso sí, hicieron más de 7000 prisioneros y destruyeron 22 barcos, además de la gloria de la Victoria, nombre del barco que mandaba Nelson. Entre ellos se hundió el día 24 el Santísima Trinidad, el barco más grande construido hasta ese momento y que pertenecía a parte española de la flota.

               Lo absurdo de Trafalgar se demostraría apenas algunos años después, con la invasión napoleónica de  1808 y ya declarada la Guerra de la Independencia, en la que España necesitó  la ayuda de Inglaterra para la liberación del territorio peninsular. Es más en algunas batallas, los ejércitos inglés y español actuaron conjuntamente.

                 Para conocer lo acaecido en este batalla es inevitable el recurso a Benito Pérez Galdós, que inició con ella sus afamados Episodios Nacionales (Trafalgar). Existe otra novela de Arturo Pérez Reverte (Cabo de Trafalgar), que repite el esquema del clásico Galdós (ecuánime y reposado de principio a fin) pero que no aporta nada nuevo, salvo una narrativa más racial y patriotera. La primera seguirá siendo un clásico y la segunda desaparecerá de la memoria. Tres nombres de calle melillenses (Churruca, Gravina y Apodaca) mantienen el recuerdo de Trafalgar.

                                          El Cabo de Trafalgar

             Es uno de los más conocidos y renombrados cabos del sur español, situado al oeste de Gibraltar. El paraje es de una gran belleza y es un entorno natural protegido, del que destaca su gran tómbolo de arena. Está incluido desde 2001 en el catálogo de Monumentos Naturales de Andalucía.