Archivo diario: 30 abril, 2018

Cuando Melilla fue Mesopotamia


                “Abril que termina lloviendo, a mayo llama riendo”. Los refranes y dichos populares de los agricultores hacen constantes referencias a las lluvias de este mes, y tambien a cambiante climatología.  Toda la lluvia de este mes es buena, y sobre todo, si continúan  en mayo, para que junio y el verano no sean demasiado secos, porque el tiempo del calor es largo, y luego se echan de menos las tardes frescas, que no frías de abril.

              “El abril de las aguas mil, si no al principio, al fín” y esto es lo que ha ocurrido en este final de mes en Melilla, en el que hemos vuelto a ver los cauces del río de Oro y sus afluentes,  los arroyos de Mezquita y Farhana llenos de agua. ¿Cómo fue la comarca de Melilla en el pasado remoto, cuáles eran sus nombres?. No lo podemos saber porque no hay registros, y los castellanos cuando llegaron a la región renombraron todo lo que encontraron. Los geógrafos que visitaron la ciudad como El Brekri, no aportaron nombres para la historia.

             Mesopotamia significa “entre ríos” y esa definición sería la más adecuada para describir el territorio melillense como enclave neolítico africano o mauritano. Una serie de colinas ya muy rebajadas o casi desaparecidas, y una cuenca fluvial de arroyos y torrentes con el río de Oro como cauce principal.

             La comarca de Melilla está formada por diversos accidentes geográficos, entre los que destacan sus cerros (Camellos, Cabrerizas, Horcas, Sidi Ouarich), la meseta de Beni Chicar, de la que Rostrogordo es la parte melillense y grandes barrancos de roca caliza, incapaces de retener el agua por sí mismos, situados la mayor parte de ellos  en la margen izquierda del río (Nano, Hidúm, Cabrerizas, Horcas y Carmen). Los habitantes neolíticos tendrían que situarse en las zonas altas de los cerros, junto a embalses naturales, en donde el suelo compuesto de arcillas y limos impermeabilizase el terreno y formase pequeñas balsas de agua.

              Todos esos depósitos conformaban un terreno muy fértil y de arenas rojas, distinguibles en las obras actuales del barrio del Real, a ambos lados del cauce antiguo del Mezquita, con cabecera y desembocadura propias. El arroyo que procede de Farhana, es el principal afluente del río de Oro en su margen derecha.

                 Los más de 70 litros por m² caídos durante los días 25 y 26 de abril han vuelto a hacer circular el agua por los secos y sucios cauces de la comarca de Melilla.

 

 

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Edificios fantasmas


         La cochambre es noticia en Melilla porque edificios en zonas muy transitadas, se perpetúan en estado de ruina durante años sin que la consejería competente actúe o realice acción alguna, hasta que una denuncia ciudadana la pone de relieve o la muestra.

           Cuando caiga este edificio entre las calles Álvaro de Bazán y general Polavieja, liberará un solar de gran valor crematística. La demolición y la construcción son dos actividades que corren parejas en la ciudad, y que no han decaído en ningún momento durante la crisis.

            En el momento en el que la piqueta, o las palas excavadoras derriben esta cochambre, desaparecerán dos lugares, con dos tipos de recuerdos distintos. El restaurante Fornos deja tras de sí muchas centenas de buenos recuerdos durante sus años de actividad. El otro es justo lo contrario, uno de los pubs y puteríos más infames de la historia de la ciudad, y al que preferimos no nombrar.

              Durante el tiempo en el que han permanecido cerrados, menor en el casado del restaurante de comida asturiana, han sido objeto del vandalismo y de la residencia ilegal, por parte de los merodeadores melillenses, las gentes que viven en la calle. En el caso del pub, resulta tanto más sorprendente que la antigua barra del puterío, permanezca en el mismo estado en el que se sirvieron allí copas, con las botellas vacías y los vasos sin limpiar.

            Todavía y hasta que sean demolidos, les quedan unas semanas hábiles para los residentes fantasmas, eso si deciden correr el riesgo de caminar entre las ruinas y escombros. La imagen es absolutamente fantasmal, y eso que no se ha hecho más allá del quicio de la puerta, no sea que algún cliente deambule por el interior, en busca de una última consumición, o incluso de pagarla.

           Durante los debates parlamentarios de 1921, a cuenta del Desastre de Annual, el parlamentario socialista Indalecio Prieto hacía alusión a los dos elementos que habían socavado la moral y la integridad de las tropas, en  lo que él llamaba “el vicio de Melilla”. Uno era la prostitución, que parece no haberse ido, y el otro es el juego, que ahora parece regresar, de la mano de los Presupuestos Generales del Estado.