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Edificios fantasmas


         La cochambre es noticia en Melilla porque edificios en zonas muy transitadas, se perpetúan en estado de ruina durante años sin que la consejería competente actúe o realice acción alguna, hasta que una denuncia ciudadana la pone de relieve o la muestra.

           Cuando caiga este edificio entre las calles Álvaro de Bazán y general Polavieja, liberará un solar de gran valor crematística. La demolición y la construcción son dos actividades que corren parejas en la ciudad, y que no han decaído en ningún momento durante la crisis.

            En el momento en el que la piqueta, o las palas excavadoras derriben esta cochambre, desaparecerán dos lugares, con dos tipos de recuerdos distintos. El restaurante Fornos deja tras de sí muchas centenas de buenos recuerdos durante sus años de actividad. El otro es justo lo contrario, uno de los pubs y puteríos más infames de la historia de la ciudad, y al que preferimos no nombrar.

              Durante el tiempo en el que han permanecido cerrados, menor en el casado del restaurante de comida asturiana, han sido objeto del vandalismo y de la residencia ilegal, por parte de los merodeadores melillenses, las gentes que viven en la calle. En el caso del pub, resulta tanto más sorprendente que la antigua barra del puterío, permanezca en el mismo estado en el que se sirvieron allí copas, con las botellas vacías y los vasos sin limpiar.

            Todavía y hasta que sean demolidos, les quedan unas semanas hábiles para los residentes fantasmas, eso si deciden correr el riesgo de caminar entre las ruinas y escombros. La imagen es absolutamente fantasmal, y eso que no se ha hecho más allá del quicio de la puerta, no sea que algún cliente deambule por el interior, en busca de una última consumición, o incluso de pagarla.

           Durante los debates parlamentarios de 1921, a cuenta del Desastre de Annual, el parlamentario socialista Indalecio Prieto hacía alusión a los dos elementos que habían socavado la moral y la integridad de las tropas, en  lo que él llamaba “el vicio de Melilla”. Uno era la prostitución, que parece no haberse ido, y el otro es el juego, que ahora parece regresar, de la mano de los Presupuestos Generales del Estado.