José Manuel Cabo, la personalidad total


Es difícil encontrar en una ciudad a alguien que haya abarcado tanto, y que haya estado presente y dejado huella en casi todos los ámbitos de la sociedad. Quien no pertenezca a su entorno familiar, lo ha conocido como amigo, como alumno, como conferenciante, como científico, como compañero de trabajo, como profesor, como catedrático, como activista ecologista, social, político y cultural.

Aunque se dice coloquialmente que nadie es insustituible, lo que es cierto en parte, es también un hecho que hay «personas irremplazables» para una sociedad, y José Manuel Cabo Hernández, era una de ellas. Todos/as podemos ser sustituidos, aunque no en lo personal, en algún momento dado, pero los lugares vacíos que deja José Cabo, son tan numerosos, que difícilmente serán reemplazados. Su repentina desaparición, tras regresar de un viaje ese mismo día, y asistir a una conferencia de la que era impulsor, sobre clima y migraciones, ha conmocionado a Melilla. Todo ha sido demasiado abrupto e inevitablemente definitivo.

Tras jubilarse como doctor y profesor de la Universidad de Granada en Melilla, se encontraba en una etapa óptima en lo personal, y de gran actividad pública. Difícilmente se puede encontrar a alguien que se considerase enemigo, rival o adversario suyo. José Cabo era una persona que solo hacía amigos/as, y que actuaba con una limpieza absoluta. No hay nadie que pueda testimoniar una sola falta, por leve que sea, y esto dice mucho de la personalidad que hoy ha desaparecido. Era la personalidad total, expansiva y continuamente creativa.

El grupo ecologista Guelaya, del que era presidente, la ya extinta asociación cultural Ateneo, COCISSFRA (Colectivo Ciudadano para la Supresión de Símbolos Franquistas), el grupo local SEO Birdlife, el Movimiento en Defensa del Arbolado en Melilla o la formación política Podemos, le recuerdan bien como fundador, o como integrante de las mismas. No existía un solo segmento de la actividad en defensa de la naturaleza, de los derechos y defensa de los inmigrantes, y de la lucha y concienciación contra el cambio climático, en el que no estuviese presente. Su ausencia se hará muy notoria por muchas cosas, y por tantas causas

José Manuel Cabo era un melillense comprometido con su ciudad, a la que nunca pensó abandonar, tras el fin de su actividad laboral. Tras sus viajes académicos o de ocio, en los que siempre encontraba una motivación científica, regresaba puntualmente a su ciudad natal y vital. Esto es algo que cada vez se echa cada vez más en falta, la vinculación afectiva y efectiva con la ciudad. El concepto de Melilla no solo como tierra de paso, sino como misión y dedicación. La ciudad que tanto aporta a muchas personas, merece recibir una dedicación equivalente. La dedicación de José Cabo con su ciudad era completa, tanta que por una de esas cabriolas del destino, su regreso a Melilla coincide con el de su fallecimiento.

Permanecerá aquí con nosotros, y en todos y cada uno de los espacios en los que se proyectaba. Su trabajo científico queda ya ahí como legado, aunque hubiese precisado de 20 años más. Sin embargo, el azar o el destino le han sido esquivos. En nuestros muchos debates sobre la influencia del destino en los aconteceres humanos, de los misterios, y la posible interpretación de los signos en los acontecimientos que nos rodean, él siempre respondía de modo invariable: «Mi trabajo consiste en negar todo eso». Pese a todo, este inesperado final precisa de una explicación, que encontraremos o no.

De momento, ya tenemos un nombre más para el nuevo callejero melillense, para el nuevo pabellón deportivo de la Universidad, si es que la ciudad nos sigue importando del mismo modo en que le importaba a José Cabo. ¡Que descanse en paz por siempre!