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Constantinopla, 29 de mayo


        En la tarde del martes 29 de mayo de 1453, el sultán Mehmet II, escoltado por los Jenízaros, atravesó la derruidas murallas de Constantinopla por el valle del Lycos en dirección a la gran catedral de Santa Sofia, la obra más hermosa que jamás se haya construido para dar culto a Dios. Las órdenes eran claras, no se podían tocar ni Santa Sofía ni la iglesia de los Santos Apóstoles. La conquista otomana fue mucho más respetuosa con la ciudad que lo que había sido el salvaje asalto a la misma por parte de los integrantes de la peste de la Cuarta Cruzada de 1204, llevada a cabo en nombre del Papa romano Inocencio III. Los griegos no perdonaron nunca el saqueo y la profanación de Santa Sofía por parte de los cruzados latinos.

         Mehmet II oró en ella en la tarde noche del 29, cuando ya había sido transformada en mezquita. Las crónicas cuentan que lloró al ver el estado en que había quedado la capital bizantina.

         Los bizantinos iniciaron las peticiones de ayuda al Occidente europeo en 1451, tras conocerse la noticia de la subida al trono de Mehmet, el hijo de Murad. Sin embargo, los recelos pesaban en ambas partes. Roma siempre sintió envidia del prestigio de Constantinopla, con la que rivalizaba. Las desavenencias eran históricas, políticas y religiosas. Por su parte, los bizantinos recelaban de la ayuda latina, pues el recuerdo del asalto de 1204 seguía vivo.

         Constantino XI Paleólogo, último emperador de Constantinopla estaba dispuesto a tragarse todo el orgullo de siglos, con tal de salvar a su ciudad. Sin embargo, la oposición de los nobles bizantinos encabezados por el Megadux Lukas Notaras, que no estaban dispuestos a abdicar de  la tradición histórica y someterse al Papado, acuñaron un  lema que pasó a la historia: “Antes el turbante turco, que la mitra Papal”. Pese a todo, se celebró una misa de unificación y Constantino aceptó la primacía romana, lo que provocó la desafección del clero ortodoxo, encabezado por Jorge Scholarios (quien luego se convertiría en el primer Patriarca bajo dominio turco, con el nombre de Guennadio) y de parte de los nobles. Según ellos, el sometimiento al Papado sería solo una humillación sin beneficio alguno. Sin embargo, perder la ciudad era mucho peor, como pensaba el emperador.

         El sitio de Constantinopla se inició el 2 de abril, cuando las primeras tropas turcas se dejaron ver por los bizantinos y fueron tomando posiciones a ambos lados del mar de Mármara. El Sultán Mehmet solo temía la ayuda occidental, pero ya habían calculado que esta, de producirse, se decidiría muy tarde. sus previsiones fueron correctas, pues el Papa ordenó el auxilio de la ciudad el 6 de junio, cuanto ya llevaba 8 días en poder de los otomanos. Las naves venecianas de auxilio conocieron la noticia el día 9 en Creta, cuando se encontraron con los últimos barcos que habían abandonado la ciudad. Un monje cretense anotó en su diario: No hubo ni habrá jamás, un suceso más terrible*, y tenía razón. La noticia llegó a Venecia el 28 de junio, a Bolonia y al cardenal Besarión el 4 de julio, y finalmente al Papa el día 8. El abatimiento fue absoluto.

                                    El misterio de la puerta de Kylokerkos

           Los soldados griegos, los genoveses, los venecianos e incluso los catalanes eran unos 5000, frente a los 50.000 del ejército del Sultán. Pese a la diferencia, incluida la muy superior artillería otomana, puede decirse que los defensores de la ciudad habían ganado la batalla táctica. La triple muralla de Constantinopla tenía unas puertas que comunicaban los distintos perímetros. En las primeras luces del día 29 sucedieron dos hechos trágicos, el primero fue la herida mortal de Giovannni Gustianiani, el heroico genovés que tenía a su cargo la defensa de las murallas terrestres de las ciudad, lo que provocó el pánico entre sus tropas.

              El segundo hecho sería el más grave, y es que alguien (la sombra de la traición) dejó abierta la puerta interior de Kylokerkos, por la que entraron los Jenízaros, subiendo hasta la torre de Blanquernas. Los defensores de la ciudad, al ver los estandartes otomanos sobre las murallas dieron la ciudad por perdida y el pánico se extendió a lo largo de toda la muralla. Las tropas del Sultán entraban ya en la ciudad a través de las brechas abiertas. Al ver la situación, Constantino XI se despojó de sus insignias imperiales y junto a Francisco de Toledo y Juan Dálmata, se arrojó contra un grupo de atacantes turcos, desapareciendo para siempre. Dicen que su cadáver fue reconocido por los calcetines, bordados con el águila imperial de Constantinopla.

           Nadie pudo reponerse nunca de esta pérdida, porque en Constantinopla se perdió todo, desde las obras de arte religioso más importantes de toda la cristiandad, como el icono de la Hodigitria, pintado por el evangelista Lucas; hasta los edificios más espectaculares erigidos hasta entonces. Las iglesias se salvaron en su mayor parte, bien para ser transformadas en mezquitas, o para proseguir su culto cristiano ortodoxo. Mehmet II era un hombre religioso, y otorgó la protección de sus tropas a los templos bizantinos.

           Los acuerdos para respetar los lugares de culto de la Iglesia cristiana ortodoxa se mantienen hasta hoy en día, en el que Bartolomé I sigue ejerciendo el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla desde la actual Estambul. Tres iglesias siguen activas en Estambul: Santa María de los Mongoles, San Demetrio Kavanou y San Jorge de los Cipreses.

Fuente: *La caída de Constantinopla, Steve Runciman.  Fotografías: Caner Cangül y del autor.

 

 

 

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