Podemos frente al sermón de la montaña


El sermón de la montaña cambió el mundo conocido, siempre hay un antes y un después en algo. Tanto que desde entonces esta frase postergó al paso del Rubicón, para evidenciar que se está ante un aocntecimiento trascendente.

       Podemos se ha dirigido a los pobres, a los que sufren a los sometidos, a los que tienen hambre, a los que tienen sed de Justicia, a los que trabajan para ayudar a los demás, a los que están parados, a los que son perseguidos, a los limpios de corrupción, a los desclasados, a los desheredados; y no les ha prometido el Paraiso, ni heredar la Tierra, sino algo mas simple: recuperar la Democracia para la ciudadanía.

        Habrá un antes y un después de este mitín del 20 de marzo en el Velódromo de Dos Hermanas (Sevilla), porque por primera vez Podemos se ha dirigido a la gente de este país, para ofrecerle gorbernar por y para ella. Devolver la soberanía popular a sus legítimos dueños o poseedores, los ciduadanos. La Democracia ha sido desvirtuada y vacia de contendido tras tres décadas de bipartidismo.

        Iñigo Errejón hizo un discurso profundo y de gran calado, de esos que molestan al bipartidismo desde el principio hasta el final, en un equilibrado tono de principio a fín. nunca se deja nada en el tintero. Nunca se altera no deja nada en manos del azar. Teresa Rodriguez fue emotiva, inmensa, cercana, vibrante,  pegada al terreno y a los problemas de la gente. Es el modelo de la gente corriente, de la gente sencilla que se ha acercado a la política, a la gestión de la cosa pública, como última opción ante el desastre organizado por “los profesionales de la politica”.  De Pablo Iglesias poco más se puede decir. Estuvo como en sus mejores días, igualmente cercano y sensible a la ciudadanía, manteniendo  ese discurso que ha sacado a la gente del adormecimiento en el que se encontraba, bajo el sometimiento de los dos grandes partidos.

     Es la hora de la gente corriente, de la gente común, la que estaba en sus casas viendo todo de modo impasible, perpleja ante la magnitud del desastre, de la corrupción y de la desvergüenza de la clase política. Esa es la gente, la ciudadania a la que Podemos ha sacado a la calle, a la que ha convocado y que ya no va  a volver a su casa con las manos vacías. Si quiere hacerle un favor a este País, y al futuro de sus hijos/as, el próximo domingo, y en cada ocasión a la que sea convocado/a: Vote a Podemos.

    Nota: Melilla estuvo representada por las hermanas Milagros y Libertad Escalona. Todo un símbolo esos dos nombres.

Pasos de cebras en Melilla


                        Hemos escrito bien lo de cebras (el equino africano), y no cebra, como el equivalente del paso de peatones. Los pasos para peatones en Melilla son auténticas trampas en donde torcerse el pie, o toparse de bruces contra el asfalto. Los continuos remiendos del pavimento, en obras encadenadas y sin coordinación, hacen que casi cualquier zona de la ciudad presente un estado nada acorde con el presupuesto de la ciudad. No se ve algo parecido en ninguna ciudad de España.  No es admisible este estado de cosas en una ciudad, este nivel de deterioro, de destrozo y de falta de mantenimiento. Se gastan cantidades ingentes de dinero en asfaltar una vez tras de otras, en hormigonar el pavimento, para luego volver a abrirlo todo. En teoría existe una viceconsejería de obras y remiendos, encargada de evitar estos deterioros, o de advertirlos una vez que se producen. Cualquier cosa antes de ofrecer este lamentable estado durante meses, o de que tengan que se los ciudadanos los encargados de denunciarlo y sacarlo a la luz pública. Toda la ciudad está así, esto son pequeñas muestras. Una selección.

Fractura por los cuatro costados


         Melilla es una ciudad que nada en la abundancia presupuestaria, pero  también es una de las que acumula más deuda per cápita de todas las capitales del país. Melilla es una ciudad que gasta mucho dinero en proyectos suntuarios, pero que también gasta mal. Las obras no se terminan con la calidad suficiente y obliga a continuas reparaciones. Esta parte de la ampliación del Parque Forestal, uno de los gastos más grandes de la última década, y también de los más atomizados, es la más reciente y también la que más desperfectos ha sufrido, en los escasos dos años que lleva abierto al público. El alcorque de esta palmera, al estar elevado sobre el suelo, está fracturado por los cuatro costados. Las raíces son imparables, nada las detiene. No solo está fracturado el macetero gigante que contiene la palmera, sino también el suelo. Los bancos adosados al macetero también se están abriendo, por los cuatro costados.

Represión de periodistas en Melilla


La absolución de Jesús Blasco de Avellaneda

          Jesús Blasco de Avellaneda en un periodista freelance, como muchos otros. En Melilla impera la ley mordaza y el sometimiento de la prensa. No hay manera de escribir sobre aquello que no esté en “la orden del día”, o en donde publicarlo. La Constitución Española prohibe  la censura, pero nada dice de “la autocensura”, aquello que todos/as saben que no se debe escribir. La crisis de la valla fronteriza cogió al partido gobernante con el paso cambiado. Las fotografías de los saltos masivos a la valla dinamitaban la imagen de la ciudad, y ponían en evidencia la política del Gobierno de España.  Las denuncias sobre la violación de Derechos Humanos que representa el entramado fronterizo recorrían el mundo, desde la ONU hasta el Parlamento Europeo. Amnistía Internacional y Human Rights Watch cuestionaban duramente la política española de fronteras.

                               Ocultar la noticia y denunciar al mensajero

           España es una Democracia y se pueden hacer fotos en cualquier parte. En ninguna parte del perímetro fronterizo se explicita que no se puedan hacer fotografías, la única salvedad es aquella que afecta a la propia imagen de las personas. Jesús Blasco de Avellaneda estaba aquel día de julio de 2013, en la zona perimetral trabajando en un plan de empleo, cuando sobrevino un salto masivo a la valla. Si hizo o no fotografías es algo que no compromete la defensa de Estado, ni supone violación alguna de la ley. Pero esto ya da igual en Melilla.

              Jesús Blasco fue detenido, intimidado, y le fueron requisadas las tarjetas de fotografías, en las que no había fotografías de los saltos de inmigrantes. Fue denunciado por la Delegación del Gobierno y acusado de presuntos delitos contra la seguridad en las fronteras y de favorecer la inmigración ilegal. Según la tesis de la denuncia el realizar reportajes sobre la valla de Melilla se estaba favoreciendo un efecto llamada. Uno de los periodistas que iba con él es invidente. Los agentes se refería a ellos como: “el ciego y el gordo”.

              Ha pasado un año y medio y Jesús Blasco ha sido absuelto de todos los posibles delitos o infracciones de las que se le acusó, pero es una año y medio de deambular por los juzgados, de tensión, de preparar medios de defensa, y de desembolsar dinero. Gracias a las reformas del anterior Ministro de Justicia Ruíz Gallardón, la Justicia no ha sido gratuita en los últimos tres años. Jesús Blasco ha sido absuelto, pero el mensaje también se ha entendido.

                     En este año y medio no ha recibido apoyo por parte de la Asociación de la Prensa de Melilla, pese a que tiene suscrito un convenio con el Colegio de Abogados de la ciudad. Ha estado apoyado únicamente por otras asociaciones, como Pro Derechos Humanos y sindicales, como Sate-Stes.

            Nota:http://periodismohumano.com/sociedad/comunicacion/el-corresponsal-de-periodismo-humano-en-melilla-detenido-incomunicado-y-denunciado.html

El fusilamiento del comandante Leret


Carlota Leret en el osario militar

        Testimonios del asesinato del Comandante Virgilio Leret Ruiz, Jefe de las Fuerzas Aéreas de la Zona Oriental de Marruecos al amanecer del día 18 de julio de 1936

Testimonio que en su oportunidad, el soldado Eduardo Sánchez Lázaro, soldado activo en la Base de Hidros del Atalayón, dio a su esposa Angelina Gatell sobre el asesinato de Virgilio Leret Ruiz. 

       Conocí al que años después sería mi marido en 1947, en casa de unos amigos que se convirtieron muy pronto en las personas, ajenas a mi familia, más importantes de mi vida. Nuestra amistad se fue estrechando y sólo acabó con su muerte. Y ni aun así, porque están siempre presentes en mí. Él, hombre cultísimo, había sido capitán del ejército republicano y, terminada la guerra, pasó algunos años en campos de concentración o de castigo. Ella, María de Gracia Ifach –seudónimo que utilizaba como escritora-, fue una de las primeras biógrafas de Miguel Hernández, al que había conocido durante la guerra en Valencia, en el círculo internacional de Intelectuales Antifascistas. A aquella casa, junto a escritores consagrados, acudíamos los jóvenes que aspirábamos a serlo. Fui acogida en ella y querida entrañablemente por sus dueños. Les debo mucho. Orientaron mis lecturas. Pusieron a mi alcance bienes que mis padres, modestos obreros maltratados por la vida y por sus tendencias izquierdistas –mi padre fue un sindicalista duramente represaliado- nunca hubieran podido darme.

Entre otras personas conocí en aquella casa a varios jóvenes melillenses que viajaban  con frecuencia a Valencia. Dos de ellos, el poeta Miguel Fernández y el director teatral y de T.V. Juan Guerrero Zamora, fallecidos ambos, figuran hoy entre los hijos ilustres de Melilla. Publicaban una revista de poesía y en ella aparecieron mis primeros versos, no sé si por merecimiento o por el interés que por mí sentía su director, poeta que andando el tiempo, ya en Madrid, también alcanzaría merecida consideración. Con él llegó un día a la casa de nuestros amigos el que andando el tiempo sería mi marido. Eran muy amigos. Ambos pertenecían al grupo intelectual melillense. Conocí a Eduardo vestido con el uniforme de aviación. Era sargento, a punto de ser ascendido a brigada. Por aquellos días acababa de pedir su traslado a Valencia por razones que más tarde conocí. Su uniforme despertó en mí un rechazo que no traté de ocultar en ningún momento. Pasó mucho tiempo antes de que supiera, por boca de nuestro anfitrión, Francisco Ribes, que Eduardo  estaba viviendo una época terrible: la tuberculosis que por aquellos días hacía estragos, se había llevado a dos de sus hermanas, otra estaba muriendo en un sanatorio de Melilla, su mujer, -se había casado en Madrid al terminar la guerra-, estaba ingresada en Valladolid en una clínica del Aire, sin esperanzas de curación y su hijo, de apenas dos años, acababa de morir en Valencia adonde él había pedido ser trasladado para que un hermano suyo que vivía allí, se hiciera cargo del pequeño.  Me impresionó, naturalmente, como todos aquellos dramas de la posguerra de difícil olvido. Nos veíamos alguna vez, en las reuniones que nuestros amigos organizaban y donde tuve la suerte de conocer a muchas personas importantes. Entre ellas, a alguien del que tal vez oíste hablar en Caracas, pues allí se refugió y allí murió años más tarde. Era un poeta muy amigo y querido por nosotros: Pascual Plà y Beltrán.

Con el tiempo, se produjo un acercamiento amistoso entre Eduardo  y yo. A los dos nos gustaba mucho el teatro –de hecho yo trabajaba en una compañía semi-profesional-, y, a instancias de nuestros amigos creamos un grupo de cámara que tuvo cierto prestigio y que, unido al Premio Valencia de Poesía que me fue concedido en 1954 hizo que mi nombre no fuera desconocido en Valencia.

Y fue precisamente en 1954 cuando Eduardo y yo nos casamos. Su esposa había fallecido unos años antes. Cuando me propuso matrimonio yo puse una condición: que dejara el ejército. Nunca me casaría con un suboficial del ejército franquista. Aceptó, no sólo porque yo así lo quise, sino también porque él nunca se sintió cómodo, pero las circunstancias familiares que te he referido lo obligaron.  Su falta de recursos económicos sólo era comparable con la mía.

El dinero obtenido con mi premio nos permitió un modesto viaje de bodas. A Melilla. Allí estaban los padres de él, viviendo de un modestísimo bar en un lugar llamado El Mantelete, en el puerto, a los pies  de Melilla la Vieja, al lado de la Ensenada de los Piratas. También tenía allí un hermano, y la única hermana que se había salvado de la tuberculosis, casada  con un oficial de aviación.

Allí, en Melilla, Eduardo me habló del capitán Leret. Comprendí inmediatamente  la impresión que su asesinato le había causado. Y supe que no lo había olvidado ni lo iba a olvidar. Se reencontró con algunos antiguos compañeros y el recuerdo de tu padre estuvo presente muchas veces en nuestras conversaciones. Me di cuenta del recuerdo que había dejado en Melilla. Del afecto y admiración que sentían por él –las personas que yo trataba, claro-, y la indignación que suscitaba aún su asesinato. Yo le pedí ir a la Base de Hidros, que por entonces había sufrido ya muchas modificaciones, pero que, aun así, quería conocer. Se negó rotundamente, pese a que estuvimos  varias veces en Nador donde tenía una prima. Me dijo que nunca más pisaría aquel lugar.

En nuestros largos paseos por Melilla, Eduardo me habló muchas veces de lo ocurrido en aquellos días de julio de 1936. Él estaba de permiso en casa de sus padres cuando recibió la orden de presentarse inmediatamente en la Base. Delante mismo del bar de sus padres estaba la comisaría de policía y creo que fue a través de su teléfono que se pusieron en contacto con él desde la Base. Pero él había salido con sus amigos y volvió a casa muy tarde. Sólo entonces supo que le ordenaban volver y muy vagamente la policía le habló de un asalto a la Base. Las noticias eran muy confusas y nadie sabía nada concreto. Tampoco había medios de transporte, debido a la hora. Sin saber qué hacer, se puso en camino hacia Nador, andando. No sé, no recuerdo, cómo llegó hasta allí y, desde allí, creo que con una bicicleta que le prestaron sus familiares, fue hacia la Base. Empezó a ver cadáveres por la carretera, gente que parecía huir, camiones. Estaba aterrado. No sé a qué hora llegó a su destino, a media mañana, creo. El espectáculo era sobrecogedor. No sabía qué había ocurrido en realidad ni quienes habían provocado aquel desastre, ni cómo se había resuelto el problema. Todo era un caos. Al llegar entró en uno de los hangares medio derruido. Allí, caído en un rincón, encontró a un amigo suyo completamente derrumbado, sin fuerzas para levantarse. Era un chico tan joven como él, 20 años. Eduardo le preguntó si estaba herido. El chico negó mientras balbuceaba: “Hemos fusilado al capitán Leret” –le dijo. No lo tengo muy claro, han pasado muchos años y he olvidado cosas, pero creo que el pobre muchacho había sido obligado a formar parte del pelotón de fusilamiento. Le dijo que se habían llevado su cadáver en un camión.

Es todo lo que sé. Lo oí repetir docenas de veces durante años. Puedo haber olvidado algunos detalles, pero lo que sé muy cierto –siempre por medio de mi marido-, es que era la mañana del 18 de julio, sábado, y que el asesinato se había producido al clarear el día. No sabía –o quizá lo olvidé si alguien me lo dijo, que fue a la muerte semidesnudo y con un brazo roto. Lo leí, sí, en el libro de tu madre y me hizo pensar en las muchas veces que yo soñaba con mi hijo durante los 44 días que no supe de él. Afortunadamente, los sueños que yo tenía no se cumplieron, fueron sólo producto de mi desesperación. Por desgracia, en el caso de tu madre fueron una premonición.

El resto de las cosas ocurridas en la Base las conoces mejor que yo. El desconcierto, el horror, el miedo.

El muchacho aquel y mi marido se juramentaron para huir a la zona republicana. No fue posible. Melilla era como una cárcel. Además, aquel pobre chico murió pronto, no sé cómo. Después, Eduardo fue trasladado a Salamanca. Lo único que le hizo más llevadera su situación, dramática y contradictoria, es que nunca entró en combate. Pasó la guerra en oficinas, en armamento.

Como ya te he contado, siempre recordó con cariño y dolor al capitán Leret. Habló de él a sus hijos muchas veces.  En nuestras frecuentes conversaciones evocadoras de toda aquella tragedia, obsesivamente rememorada, afloraba su nombre, como el de tantos que siempre tuvimos presentes, como el de mi hermano, del que ya te he hablado, como el de un tío mío, muerto en 1941 víctima indirecta del franquismo, como el de todos los que perdimos, entre ellos, mis amados poetas Federico, Miguel Hernández, con cuya familia estuve muy vinculada, y tantos, tantos…

Por cierto, en los documentos que me envías aparece un nombre que me ha sobresaltado, el de Lorenzo Asensio Martínez, asesinado también en la Base, poco después que tu padre. Verás: En 1959 mi marido, mi madre –mi padre había muerto ya- , mi hijo, que tenía entonces cuatro años, y yo nos trasladamos a Madrid. Nuestra vida en Valencia iba siendo cada vez más difícil. Pese a mis premios, a mi preparación, a mi buen nombre, me negaron todos los trabajos que podía desempeñar. Estaba considerada “conflictiva”. Sólo una vez. el periódico Las Provincias, me encargó una serie de reportajes sobre Melilla –otra vez Melilla-. Lo hice poniendo en ella todo mi empeño: 20 reportajes hablando de costumbres, mercados, paisajes, o sea que sin mencionar nada que impidiera su publicación. Empezaron a salir a diario. Sé que gustaban, pero, al quinto, me llamaron al despacho del director: Lo sentían mucho, pero…

No sabíamos cómo subsistir. Mis queridos amigos Ribes –con problemas similares a pesar de pertenecer a una importante familia valenciana, incluso con título nobiliario- se encontraban en la misma situación y se vinieron a Madrid, contratado él por una editorial  creo que latinoamericana. Todos nuestros amigos de Madrid nos llamaban, entre ellos nuestro querido  Buero Vallejo. Nos vinimos. Mi marido obtuvo un modesto empleo en la misma editorial que nuestro amigo. Yo conseguí una prueba en un estudio de doblaje de películas. Me contrataron. Poco a poco, empezamos a ver una luz entre tantas sombras. Publiqué libros, artículos, guiones en T.V, hice innumerables traducciones. Adquirí un pequeño, modestísimo nombre, como modesta fue siempre y sigue siendo mi vida. Pero, nada que ver con el pasado.

Eduardo, no sé si casualmente o por indicación de algún amigo, se reencontró con un antiguo compañero de la Base. Melillense como él. Había abandonado también el ejército y tenía una tienda de fotografía y material fotográfico muy cerca del café Gijón. Iba a nacer mi tercer hijo y ese amigo se empeñó en apadrinarlo. Fue en 1965. Yo me opuse. Aquella persona no me gustaba. Era frívolo, sin preocupaciones. No hablaba de la situación que vivíamos, no daba opiniones. Sí recordaba a tu padre con respeto pero, en mi opinión, con una cierta distancia.  Lo mismo que al referirse a todo lo que habíamos vivido, que seguíamos viviendo. Y, ante mis frecuentes y vehementes comentarios,  callaba, sólo sonreía. Le dije a mi marido: “Juan es franquista o poco menos”. “No –me contestó Eduardo-, eso no, pero las cosas le han ido bien y eso hace que algunas personas cambien- y añadió como aportando un argumento absolutamente irrebatible-: Un hermano suyo murió también en el Atalayón-“. El que fue padrino de mi hijo se llamaba Juan Asensio Martínez. Entre los nombres de los fusilados en julio de 1936 hay, según me dices, un Lorenzo Asensio Martínez. ¿Sería su hermano?

En cuanto a su pensamiento político, si es que lo tenía, si no franquista, por lo menos  era tolerante con el franquismo.  No me equivoqué.

Me he extendido demasiado. Discúlpame. Quizá te he contado cosas que no te interesen ni añadan nada a lo que esperas que te diga. Sólo te servirán para tener una idea de mi charlatanería. Estoy escribiendo una especie de memorias y eso hace que las palabras se me enreden como las cerezas. He visto tantas cosas ya…  No sé si te dije que, a hombros de mi padre, vi en las Ramblas Barcelona,  la proclamación de la República. Todo un privilegio del que pocos ya  pueden presumir.

   En cuanto a las anécdotas que me piden, ahí van las que recuerdo:

El capitán Leret nunca tuteaba a los soldados. Los trataba con un respeto poco usual en el ejército.

Gracias a él, la mesas del comedor de los soldados, estaban cubiertas con manteles. No sé si serían de tela o de hule, pero su aspecto era curioso,  ocultaba la madera tosca de que estaban hechas y les daba una cierta calidez. También disponían de servilletas, cosa insólita  en el ejército.

Una vez, un muchacho protestó por la comida. El cabo que ese día estaba encargado de servir y hacer guardar el orden en la mesa, lo mandó callar, sin duda más por miedo que para quitarle la razón. Acudió, creo,  un sargento con ínfulas de jefe, bien dispuesto para el grito y posiblemente para algo más. El chico que protestaba no se arredró. Hasta la mesa de oficiales –no sé si separada sólo o situada en otro comedor contiguo- llegó la trifulca. El capitán Leret llamó al sargento y le preguntó qué pasaba. Al saber la causa de la protesta, el capitán quiso probar la comida del soldado. “Es la misma que come usted, mi capitán” –arguyó el sargento-. “No importa, quiero probar la de su plato. Tráigamelo”. Algo cortado, el sargento llamó al chico y le ordenó que trajera su plato. En efecto, la comida, aparentemente era la misma, pero, al probarla, el capitán ordenó retirar inmediatamente todos los plato servidos a la tropa y mandó servir patatas fritas y huevos. La comida podía tener los mismos ingredientes pero no hay duda de que el sabor debía ser muy otro.

Otro día, unos chicos recién llegados a la Base cometieron alguna falta y fueron castigados –era domingo- a no ir a la ciudad y a quedarse a barrer los hangares. Resignados, emprendieron la tarea. De pronto, apareció en la puerta alguien a quien creyeron un soldado más. Vestía un mono blanco, quizá como el de ellos, no sé. Uno de los chicos tiró la escoba diciendo: “Pues yo, si este no barre, tampoco pienso hacerlo”. El recién llegado, sin abrir la boca, cogió una escoba y empezó a barrer. Estaban en plena faena cuando apareció un sargento, un cabo o un veterano no sé. Se llevó las manos a la cabeza. “Pero…¿qué hace, mi capitán?” Sólo entonces los castigados supieron el rango del espontáneo barrendero: era el capitán Leret.

Otra vez pasó algo parecido. Iban varios camiones en fila, no sé adónde ni por qué. El terrero era abrupto, había llovido y el camión que iba delante se atascó. Se pararon todos los camiones y los hombres bajaron. Hubo un momento de desconcierto al no poder poner en marcha al camión causante del problema. “¿Qué hacemos?” –preguntó uno de los soldados. “Esto” contestó el capitán Leret empujando con el hombro la parte trasera del camión. Inmediatamente los demás siguieron el ejemplo y entre todos salieron del apuro. El capitán, en ningún momento abandonó su puesto detrás del camión.

     Es cuanto sé. Lo que mi marido contaba, más o menos con estas mismas palabras. Tal vez olvido algo. No sé. Han pasado casi sesenta años desde que se lo oí contar. Y tal vez olvido cosas, pero lo que te cuento es exacto. Lo oí docenas de veces. Yo no sé los demás, amiga, pero Eduardo llevó siempre a tu padre en su recuerdo y, estoy segura, en su corazón.

    PD: Resulta difícil poner una post data a un texto así, proporcionado por Carlota Leret.  Carlota ha removido cielo y tierra y no ha conseguido un solo papel sobre el juicio y causa seguida contra su padre. De la inexistencia podemos deducir dos cosas, una que fue ejecutado sin juicio, y segundo que la verdad sigue siendo ocultada. Virgilio Leret fue el primer defensor de La República, el primero que hizo frente a los sublevados. Fue asesinado en la mañana del día 18, y nadie quiso con posterioridad, rehacer por escrito, la farsa de un juicio que nunca llegó a celebrarse.

El viaje a la memoria de Betty Bergés


                           Betty Berges y Marie Noëlle firman y participan en El Alminar como “las francesas”. Viven en Lyon, designada como la capital de “La Resistencia” de Francia contra la invasión nazi. Las dos han venido a Melilla, la ciudad de la resistencia franquista, para recorrer los lugares en los que pasó sus últimos meses de vida el sargento legionario José María Fernández Cloux (Juan Antonio Bergés del Palacio), fusilado en el Campo de Tiro de Rostrogordo el 5 de marzo de 1938. Han hecho coincidir su viaje con esa fecha, aunque Betty ya estuvo en nuestra ciudad en 1991, acompañando a su madre: María de Los Ángeles Bergés Ronda, que curiosamente, falleció el mismo día que su padre, un 5 de marzo, pero del año 1999.

                         Llegaron a Melilla, la ciudad de la desmemoria, y recorrieron diversos lugares, acompañadas por personas muy buenas, como ellas mismas dicen, y que las llevaron hasta el antiguo campo de concentración de Zeluán y a Taouima, en donde se encontraba el acuartelamiento del Tercio en el momento del Alzamiento del 18 de julio, en 1936.

                         Han visitado el siniestro Fuerte de Rostrogordo, lugar en el que pasaban los represaliados del franquismo sus últimas horas de vida, en espera de ser conducidos al cercano espaldón del campo de tiro, lugar en el que se ejecutaba a los presos condenados a muerte. Incomprensiblemente para ellas, Betty y Marie, en ninguno de los lugares que han visitado existe placa alguna que recuerde la memoria de los represaliados, hombres y mujeres, que defendieron la legítima legalidad de la II República. Ni siquiera en las fosas comunes, en las que se sabe que están enterrada las victimas del franquismo, existen modo alguno de recordarlo. Ellas pusieron un pequeño texto escrito, sobre la fosa común de las víctimas civiles.

                     La desmemoria de las víctimas de la represión franquista en Melilla es completamente intencionada, y cuenta con cómplices y colaboradores. De un lado están y estamos los hijos y nietos de los vencidos, de los olvidados, del otro están los hijos y nietos de los vencedores, los enterradores de la memoria.

                Cuando empecé a escribir sobre la represión franquista en Melilla, nunca imaginé una resistencia tan feroz a reconocer la memoria de los vencidos, de los republicanos, y han pasado ya 15 años desde aquel inicio. En principio pensé que era solo desidia, desinterés. Hoy ya sé que es intencionado ese ejercicio de olvido. También sé que supone un total y consciente acuerdo con el franquismo. Ya no concedo el beneficio de la duda. Toda esta beligerancia contra personas que intentan rescatar la digna memoria de sus familiares represaliados, contra mujeres como Betty Bergés o Carlota Leret, solo puede hacerse desde la connivencia intelectual con el pasado franquista.

Desaparición de aparcamientos en las calles


Aparcamientos en calle Pavía

          El General Pavía entró a caballo en el Congreso de Los Diputados en 1874 y acabó con la I República Española. El soldadito de Pavía era una “tapa” clásica en los bares de Melilla hace algunos años. La batalla de pavía se produjo un 24 de febrero de 1525, entre españoles y franceses, sonriendo la victoria a las tropas de Rey español Carlos I. La calle Pavía es una de las varias que conmemoran batallas en el melillense Barrio de La Victoria.

              Hasta hace unos días  se podía aparcar en ambos lados de la misma, pero la llegada de los señaladores, ha eliminado una de las líneas de aparcamiento de la calle, como ya sucediera en la cuesta de Los Estudiantes. Los aparcamientos urbanos desaparecen, sin que medie la menor explicación, ni comunicación a los vecinos. Hasta ese momento, los vehículos aparcaban en ambos lados y no había la menor dificultad para circular por la calle.

                  De la noche a la mañana todo ha cambiado. Se ha ensanchado la línea de aparcamientos del lado derecho y se han instalado las señales de prohibido estacionar en el lado izquierdo. Así cambian las cosas en Melilla. Cuesta mucho estar atento a todo.