En el final de río


               Hemos bajado a la desembocadura del río de Oro de Melilla para ver qué cosas trae una crecida. Hemos hablado de ellas en días pasados, cuando las fuertes y torenciales lluvias devolvieron el caudal a su cauce. Estamos a finales del mes de marzo y en apenas dos meses se abrirá la temporada de playa, la de las afamadas banderas azules del litoral melillense, conocidas en el mundo entero, gracias a las ferias internacionales de turismo, a las que acuden todos nuestros representantes públicos y varios centenares de invitados.

               Desde la parte alta del puente se ven las cosas, pero lejanas. Si se quiere ver cuál es la situación real, hay que bajar al lecho del río, pisar el fango y el barro. Nadie que no sepa descender hasta el fondo, podrá tener un conocimiento real de lo que sucede. Cualquier cosa que comentemos, o escribamos, podrá transformase siempre en una metáfora. Lo usual es que quien sube, no vuelva a acordarse de que estuvo abajo. Hay personas que siempre ven la vida desde arriba. Aún así, tarde o temprano, se acaba descendiendo, hasta el mismo suelo. los más grandes del pasado, están ya confundidos entre el polvo, incluídas sus obras.

             Seguimos en el fondo del río. Toda esta suciedad es melillense en s mayor parte. el cauce seco del río es una escombrera y un vertedero incontrolado. El agua arrastra toda esta proquería hasta el mar, y éste lo regurgita sobre la playa.  Nuestro litoral, casi única zona de esparcimiento ciudadano en el tórrido vernao melillense está muy sucio, pero es que está muy sucio el cauce del río, y la dársena portuaria. Estas aguas son las mismas en las que nos bañamos. Los que gestionan esto, son los mismos que siguen vendiendo la imposible y propagandística ampliación del puerto. La ampliación del puerto, que nunca se va a llevar a cabo, solo traería un mayor cerramiento de las aguas de la hahía melillense, y una menor posibbilidad de regeneracion y limpieza natural.

Pasos de cebras en Melilla


                        Hemos escrito bien lo de cebras (el equino africano), y no cebra, como el equivalente del paso de peatones. Los pasos para peatones en Melilla son auténticas trampas en donde torcerse el pie, o toparse de bruces contra el asfalto. Los continuos remiendos del pavimento, en obras encadenadas y sin coordinación, hacen que casi cualquier zona de la ciudad presente un estado nada acorde con el presupuesto de la ciudad. No se ve algo parecido en ninguna ciudad de España.  No es admisible este estado de cosas en una ciudad, este nivel de deterioro, de destrozo y de falta de mantenimiento. Se gastan cantidades ingentes de dinero en asfaltar una vez tras de otras, en hormigonar el pavimento, para luego volver a abrirlo todo. En teoría existe una viceconsejería de obras y remiendos, encargada de evitar estos deterioros, o de advertirlos una vez que se producen. Cualquier cosa antes de ofrecer este lamentable estado durante meses, o de que tengan que se los ciudadanos los encargados de denunciarlo y sacarlo a la luz pública. Toda la ciudad está así, esto son pequeñas muestras. Una selección.

Fractura por los cuatro costados


         Melilla es una ciudad que nada en la abundancia presupuestaria, pero  también es una de las que acumula más deuda per cápita de todas las capitales del país. Melilla es una ciudad que gasta mucho dinero en proyectos suntuarios, pero que también gasta mal. Las obras no se terminan con la calidad suficiente y obliga a continuas reparaciones. Esta parte de la ampliación del Parque Forestal, uno de los gastos más grandes de la última década, y también de los más atomizados, es la más reciente y también la que más desperfectos ha sufrido, en los escasos dos años que lleva abierto al público. El alcorque de esta palmera, al estar elevado sobre el suelo, está fracturado por los cuatro costados. Las raíces son imparables, nada las detiene. No solo está fracturado el macetero gigante que contiene la palmera, sino también el suelo. Los bancos adosados al macetero también se están abriendo, por los cuatro costados.

Lo que se lleva la corriente


         Quince años de trabajo en la desembocadura del Río de Oro, décadas cubriendo el delta  del río sin ningún resultado ni objetivo,  y los cuatros últimos de trabajos forzados, para nada. Apenas unos días antes de la gran tormenta y aguacero, habíamos fotografiado el lamentable estado de las aguas del  estuario melillense. Todo ese esfuerzo inútil, toda esa inversión baldía en la depuradora de aguas residuales, para que dos días de lluvias, arrojen toda esa porquería a la bahía de Melilla, esa misma en la que nos bañamos en verano y que obtiene las banderas azules de un modo un tanto cuestionable. Esta es la gestión que tenemos en la ciudad. Muy propagandística, muy costosa, pero de escaso resultado. En estas aguas cristalinas y turquesas o de color esmeralda, nos bañamos durante toda la temporada estival.

   Si recopilásemos todos los lemas y proyectos suntuarios acumulados en el último decenio, no helaríamos por su simplicidad y sobre todo, por su falta de resultados. Costaría muy poco mantener limpio el pequeño tramo de la desembocadura, y convertirlo en un espacio de ocio para los melillenses, al menos en los meses sin precipitaciones, que son casi todos. Solo hacen falta tres cosas: Voluntad, ideas y dinero. Se carecen de las dos primeras y sobra y malgasta  en abundancia la tercera.

Lo que lleva el río de Oro


                        Escombros y suciedad en el río de Melilla   

            Febrero lluvioso, aunque sea rabioso. Por primera vez en mucho tiempo, hemos visto al río de Oro y a todos sus afluentes (Farhana y Mezquita) aportar agua al cauce principal.  Hay muchos refranes referentes a la importancia del agua en febrero, pero ahora queremos hablar del cauce del río, de su limpieza, de su mantenimiento y de su conservación.

                    El río de Oro es ya un río sin caudal la mayor parte del año, por lo que su conservación sería fácil, además de poder constituir un espacio verde, muy necesario para la ciudad. En muchas ciudades se han adaptado partes de los secos cauces, para el uso y disfrute de los ciudadanos. Lo que no puede ser es que estos espacios naturales, de los que cada vez disponen menos las ciudades, se conviertan en vertederos y escombreras ilegales, como resulta ser el caso de nuestro río seco. No hay control en ninguna zona de la ciudad. Todo este área y su mantenimiento pertenece a la consejería de Medio Ambiente.

              Las fotos de contraste están hechas en un mismo punto, en la calle Cabo de Agua del Barrio de Hernán Cortés, en donde existe un acceso al cauce del río. Unas fotos están hechas en el mes de noviembre y otras en los últimos días. Cuando llueve, todo ese material es arrastrado hacia la desembocadura, y toda esa porquería y escombros pertenecen a la ciudad de Melilla. Es muy frecuente, cuando no se puede eludir una responsabilidad, achacar los males al entorno marroquí, en donde no se realizan limpiezas de cauces, pero es que en nuestra ciudad parece que tampoco. Es más fácil multar a un vecino que saca la basura a deshora en el centro de la ciudad, que demoler una casa y echar todos los escombros al río sin que nadie lo advierta, ni sancione. Toda Melilla está llena de escombreras ilegales. Cuando vienen las crecidas del río, todo ese material acabe en las playas que luego utilizamos en verano, las que ofrecemos a los turistas en la engañosa Feria de Fitur.

Problemas menores en Melilla


                       Inseguridad sensacional

           Los responsables políticos de las áreas de gestión de Melilla viven en el mundo irreal de la propaganda. Lo que el ciudadano percibe y ve en las calles es algo diametralmente opuesto. Grupos de menores no acompañados en situación de abandono institucional, deambulan a lo largo del día de una parte a otra de la ciudad, sin comida, sin lugar de refugio, sin ningún sitio en el que protegerse del frío o de otras inclemencias climatológicas.

     Esta es una realidad que no se ve desde los despachos de gestión, ni desde los lugares acotados a los que acuden las autoridades (Kursaal, fiestas  y homenajes, inauguraciones, locales de hostelería). En cualquier parte de la ciudad se producen incidentes de seguridad: hurtos, robos, agresiones, incendios de vehículos y contenedores, detención de menores; que son resueltos en primera instancia por los ciudadanos, que son los que alertan a los cuerpos y fuerzas de seguridad. Cuando estas intervienen, lo hacen, hasta el momento,  de modo escrupuloso. Lo que está fallando no son los cuerpos policiales, sino sus responsables políticos.

          Si hasta el momento no ha ocurrido ninguna situación grave para los ciudadanos, es por pura casualidad. La misera y la desesperación va en aumento, tanto en nuestro entorno, como en la propia ciudad. En 14 años de continuidad del presente gobierno de Melilla, no ha habido un solo cese o dimisión por incapacidad manifiesta, o por el propio cansancio y pérdida de interés en la gestión, pese a que hay más que sombras y sospechas sobre casi todas esas áreas.

         La ineficacia de algunas de las áreas de gestión ciudadana adquieren ya la categoría de certeza, como en la cartilla del servicio militar, en la que el valor pasaba del genérico «se le supone», al «demostrado. En Melilla la categoría de ineficacia institucional ha ha pasado del «se le supone», a la de  «demostrada».

El puente hundido del campo de golf


               Se gastaron 2,5 millones de euros de Fondos Europeos para el Desarrollo en un campo de golf de nuevo hoyos. Un exceso de derroche monetario y un número excesivo de hoyos, para tan pocos palos. Con cinco, hoyos, hubieran bastado. El caso es que todo el campo de golf no cabía en un mismo emplazamiento, en una sola colina (en Melilla todos es doble y cuesta el doble). Dividieron el campo en dos mitades sin posibilidad de comunicación entre sí, lo que obligaba a los golfistas a cruzar la carretera con su carrito de palos, y correr el riesgos de ser atropellados. Sumaron un despropósito tras otro. El más grande fue hacer la segunda mitad junto al Centro de Inmigrantes y tener que desecar la laguna que atraía a las aves, y podía provocar intromisiones peligrosas en los despegues o aterrizajes de los aviones.

                                     Un puente que se hunde

        Una carretera perimetral debe respetar los accidentes del terreno, para evitar zonas de ocultación o refugio. En un principio la carretera tenía badenes y zonas inundables, en las vaguadas del Río de Oro y del Arroyo de Farhana, por lo que hubo que construir puentes. Eso se resolvió y quedaba solo el problema de la servidumbre de paso de los golfistas. Y como quien hace dos puentes, hace tres, se construyó un puente nuevo, de un solo ojo, para comunicar las dos mitades del campo.

            Hacerlo de una sola vez y hacerlo bien, tampoco es bueno, porque impede reparaciones posteriores, e incluso la posibilidad de hacer otro nuevo. Siempre es mejor estar en estado de construcción perpetua. El estado del pavimento en las inmediaciones del puente está hundido, deforma ya la barandilla de uno de los laterales y resulta  peligroso para la circulación rodada.