Las campanas gemelas de Santa María de La Victoria


           Las campanas de Melilla la Vieja tienen tres siglos de antigüedad

Enrique Delgado

             Las campanas tienen una función muy importante en las iglesias, tanto que muchas de ellas son bautizadas, rociadas con agua bendita, antes de ser instaladas en su torre, campanario o espadaña. En tiempos pasados su tañidos regulaban la vida de la ciudad, pueblo o comarca. Marcaban los nacimientos, las defunciones, eran la señal de aviso para contingencias, accidentes y grandes acontecimientos.  La labor de campanero era uno de los oficios importantes dentro de las personas que vivían dentro de la iglesia. Voltear una campana, ponerla en marcha de modo manual es algo que ya apenas se hace, entre otras porque es un oficio peligroso. En las grandes campanas de las catedrales hay que subirse en ellas e iniciar el movimiento con la fuerza y destreza humana.

           Las campanas ya no suenan en casi ninguna iglesia, entre otras cosas porque hoy se vive en una sociedad en la que casi todo molesta. Son muy pocos los lugares en donde el tañido de las campanas marcan las horas y los cuartos, aunque todavía quedan. Algunas son demasiado estridentes y otras aturden. Por eso, junto a las campanas principales, que solo se tañen en ocasiones especiales, se instalan otras más pequeñas para realizar las funciones horarias.

                Las campanas de la iglesia de La Purísima Concepción de Melilla

                   Son tres campanas las que se ven en la espadaña de la fachada de la iglesia de Melilla la Vieja. La más pequeña es de las llamadas de volteo, y fue instalada allí el 19/03/1940. Es pequeña y estridente. Su colocación fue objeto de una ostentosa ceremonia, y fue apadrinada por el general García Valiño y su esposa. Esta no nos interesa pero dejamos el dato apuntado.

                        En todos los folletos, artículos e historias  consultadas sobre la iglesia patronal de Melilla, nunca hemos visto ni una sola línea referida a las campanas, a su historia, a sus posibles nombre o a su antigüedad. Las campanas se fabrican en moldes específicos que luego se destruyen, por eso no hay dos iguales. En ellas se inscriben jaculatorias, el nombre de quien las encarga, el peso, el punto en donde debe golpear el badajo, o cualquier otra cosa que se quiera. También se adornar con escudos o anagramas en el cuerpo de la campana, y con filigranas e inscripciones en los bordes o labios.

                   Las dos campanas de la iglesia de La Purísima de Melilla la Vieja ya han perdido el yunque, y están sostenidas por vigas de hierro que atraviesan sus asas y hombros. En la parte superior o tercio, tienen la misma jaculatoria: Santa María ora pro nobis. En el cuerpo de la campana hay una misma cruz de filigranas, atravesada por clavos y la palabra INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudiorium). Las campanas están colocadas en sentido inverso, una frente a la calle y la otra frente a la iglesia. La cruces tiene también alguna diferencias, en la disposición de los clavos y en los adornos superiores. La campana con los datos de fabricación lleva encima la cruz hospitalaria, mientras que la otra tiene un pequeño asterisco o estrella.

                  Entre ambas hay unas pequeñas diferencias solamente. La situada en el lado del evangelio, en el labio tiene unos acrónimos con sus datos de fabricación: XPL DEBARGAS MFFESI MÁLAGA AÑO 1719. Su compañera y gemela no los lleva, pero en la parte superior, cerrando la jaculatoria, se lee el año de fabricación, el mismo 1719.

Melilla, el diecisiete a las 16


Vidas imperfectas, de Santos Calleja, modifica el inicio de la Guerra Civil en Melilla

          Santos Calleja es un maestro y escritor palentino afincado en Melilla que ya ha publicado varios novelas, de una de ella ya hemos dado cuenta en El Alminar. El pasado mes de abril presentó «Vidas imperfectas», el relato  de las vivencias de Cayo Aguilar, un labrador adinerado de un pueblo desaparecido de Castilla, Valdeno del Charcal.

     Al llegar al tramo final de su vida, el señor Cayo necesita revelar una parte de su vida, manteniendo el silencio sobre el resto. Para ello escogerá a un muchacho de diferente posición social y gran diferencia de edad, al que revelará los secretos de su estancia en Melilla, como soldado fusilero del Regimiento de Cazadores de Ceuta nº 7. A sus confesiones acompañará un «Diario de Campaña» ( que existe en realidad), y que donará a su joven confesor como legado.

        Santos Calleja escoge un formato clásico para su novela, pero es que se trata de un escritor costumbrista que forja sus historias en el duro paisaje y clima castellano, crisol de espíritus,  templador de ánimos y agostador de vidas. Son personajes y situaciones muy reales, narrados con una gran riqueza de vocabulario, pero sin concesiones a la galería.

                                El inicio del Golpe de Estado de 1936

          Las Fuerzas de Regulares, acantonadas en Nador debieron salir de su acuartelamiento a las cuatro de la tarde, para empezar a ocupar la ciudad de Melilla una hora después, las 17 horas del día  17, como dejara escrito Carlos Seco Serrano, hijo de Edmundo Seco, comandante leal al General Romerales. Algo retrasa su avance a Melilla, y es la Base de Hidroaviones del Atalayón, a cuyo frente se encuentra el Capitán de Aviación Virgilio Leret. El relato del fusilero Cayo Aguilar narra por primera vez lo que sucede allí dentro.

                         Leret, el primer defensor de La República

    Lo que sigue es el relato verbal de Cayo Aguilar en el texto de Santos Calleja. Virgilio Leret, comandante de La Base, impide el acceso a la misma de las fuerzas de Regulares.

                 —    El Jefe del Escuadrón, con un megáfono se le conmina a rendirse:

               — El General Romerales se ha rendido sin oponer resistencia. Todos los oficiales han declarado el estado de Guerra. Deber ponerte a las órdenes del Tte. Coronel Seguí, jefe de las fuerzas de Falange.

                 –No puedo ir contra el poder legalmente constituido. Estoy enterado de lo sucedido en la ciudad, pero esta Base no se unirá a los sublevados. No formaremos parte de la tropelía. ¡ Viva La República ! – gritó impasible Virgilio Leret.

                — Eres el único responsable de estos actos y de lo que suceda de ahora en adelante.

                  — Daré mi vida antes de caer en el deshonor. La deslealtad no forma parte de mí.

                 —  Los pocos soldados que guarnecían la Base adoraban al Capitán Virgilio por su sencillez, trato afable, dotes de mando, liderazgo. Todos siguieron su ejemplo sin necesidad de arengarlos. Un intenso tiroteo se inició de inmediato, esto provocó las primeras bajas entre los atacantes, pero la exigua guarnición y los escasos medios solo les permitieron resistir unas pocas horas. Máxime cuando un Tabor de Regulares rifeños, al mando del comandante Mohamed Ben Mizzian, interrumpió su marcha hacia Melilla para participar en el asalto.

               — Esa misma noche, diecisiete de julio de 1936, el capitán Leret y dos alféreces a sus órdenes fueron ejecutados, después de haber sido probablemente torturados.

           Este es el dialogo recreado por Santos Calleja, según el relato del labrador Cayo Aguilar, que aporta un testimonio muy novedoso. El resto de los soldados, tanto los pertenecientes a la Base, como otros que estuvieran allí de servicio, debieron permanecer confinados en un hangar. Allí es donde los desolados soldados recibieron la noticia de boca de uno que acababa de incorporarse al grupo: – Acaban de asesinar al capitán Leret. Todos contemplaron abatidos el cadáver de su jefe, en señal de consideración. Petrificados por el dolor, de sus labios apenas salieron unas palabras entrecortadas y heladoras de sentimientos. Cayo Aguilar partió de Melilla en diciembre de 1936 con su regimiento de Cazadores de Ceuta. Ahí se inicia su relato escrito sobre su participación en la Guerra Civil con los sublevados, bando con el que no comulgaba en ideología.

              Tenemos aquí pues el testimonio directo que habla del primer defensor de La República, Virgilio Leret. El héroe no reconocido en el reducto franquista de Melilla. Leret no cedió el mando de su base, no fue sometido a la indignidad y la farsa de un Consejo de Guerra, como el general Romerales, el comandante Edmundo Seco, Pablo Ferrer Madariaga, o el capitán  José Rotger Canals.

                  Virgilio Leret fue asesinado en esa misma noche, como siempre ha defendido su hija Carlota. No hubo farsa de juicio ni reconstrucción posterior de los hechos.

   Nota: https://elalminardemelilla.com/2014/04/06/el-maestro-de-ruiponce/

Una campana llamada Inmaculada


                   Historia de la Capilla Castrense de Melilla

Enrique Delgado

                    La historia de la construcción de iglesias en Melilla siempre ha sido complicada, pero la de la Capilla Castrense de la Inmaculada Concepción,  es quizá la más enrevesada de todas. La solemne inauguración de las obras se produjo el sábado 18 de septiembre de 1920. El acto ceremonial fue presidido por el Comandante General de Melilla Manuel Ferández Silvestre, y el presidente de la Junta de Arbítrios, General Federico  Monteverde y el capitán ingeniero de la Junta, Francisco Carcaño, autor del proyecto, así como la esposa y la madre del infausto General Silvestre.    Este dato es importante porque una vieja leyenda africanista dice que la campana mayor de la capilla castrense de La Inmaculada Concepción lleva el nombre de Eleuteria, nombre de la madre del entonces Comandante General de la Plaza. Las madrinas de la ceremonia fueron la madre de Silvestre y la esposa del General Monteverde.   La  ceremonia religiosa fue oficiada por el Vicario castrense Plácido Zaidín, y los capellanes Ramón Elías y Francisco Velasco.

            Las obras se extendieron demasiado  por la falta de crédito, pese a las campañas de donativos, y las dificultades que presentaba el terreno (las antiguas ciénagas del Río de Oro), por lo que se tuvieron que sustentar las torres y el edificio, sobre un sistema de placas de cemento, lo que encareció el proyecto y provocó nuevos retrasos. Tantas fueron las dificultades que casi un año después, pese a las reducidas dimensiones originales de la capilla, a duras penas se cubrieron aguas en el mes de junio, tras finalizar la cubierta y las bóvedas interiores.

         Unos días antes de partir hacia el frente, el general Silvestre organizó una pequeña fiesta en el edificio, cuyo interior fue adornado para la ocasión  y se dispararon fuegos artificiales. En presencia de su madre, Eleuteria, de los obreros y de las mujeres encargadas de la Comisión de recogida de fondos, hizo un pequeño discurso, en el que afirmó que: «No es una obra hecha para la guerra, pero a ella puede venirse como resultado de aquella». Alabó el trabajo de los obreros, resaltó que no se habían producido incidentes en su construcción y resaltó, una vez más, el proyecto de Francisco Carcaño. En su construcción también trabajaron soldados como obreros.

           Todo parecía marchar según lo previsto. Apenas unos meses más y Silvestre podría  volver, dedicar la obra a Melilla, al servicio religioso y a su madre; pero el destino tenía otros planes. La catástrofe de Annual, de la que él fue el principal responsable, trastornaría por completo las obras de la capilla, que fue utilizada como depósito de municiones durante ese año y el siguiente, 1922. El oficio religioso militar debería seguir celebrándose en la pequeña capilla de madera, junto al Muro X.

                  Bendición de la  capilla el 22 de noviembre de 1923

           A las nueve en punto de la mañana se inició el solemne oficio religioso de la bendición,  presidido por Julio de Diego y Alcolea,  Ilustrísimo Patriarca de las Indias Occidentales, lo que hoy sería el obispo general castrense, en un acto privado. Fuera esperaban los fieles, el inicio de la misa pública. Un poco antes fue trasladado el Santísimo de la vieja capilla a la nueva. El oficio público se inició a las 10h 30 de una desapacible mañana de otoño, dominada por un intenso aguacero, como si el destino quisiese lavar con el agua, cualquier error cometido en el pasado. El 22 de noviembre se conmemora la festividad de Cristo Rey y de Santa Cecilia.

                                 Inmaculada: el nombre de la campana

       La campana o las campanas, son tan importantes para un edificio de culto cristiano, como el mismo edificio. Las campanas son únicas, y se fabrican ex profeso para el templo. El molde se rompe con posterioridad y ya es imposible repetirla. En muchos casos a las campanas se las dota de un nombre propio o de un título. Caso de ser así, el hecho es tan importante que se menciona en el acto de inauguración o bendición del edificio. Las campanas se instalan en el último momento y se tañen en el instante de la inauguración. En ninguna de las crónicas leídas sobre la construcción e inauguración de la capilla se hace mención a las campanas. No se habla de ellas.

      La vieja leyenda africanista decía que a la principal, la instalada en la torre derecha o del evangelio se le había dado el nombre de Eleuteria, madre del general Silvestre y supuesta impulsora de su construcción. Tras subir a esa torre compruebo que el nombre de la campana es el de Inmaculada, fabricada en el año 1944 y donada por la Junta de Obras del Puerto. La torre izquierda, o de la epístola es inaccesible. Esta cegada y no tiene escalera interior de acceso. Esto es lo que dicen los hechos y las crónicas. La leyenda puede pervivir, por eso lo es.

Juan Medina, memorias de un prisionero de Franco


 Las memorias de Juan Medina en las prisiones de Franco

          Juan Medina Sánchez, un joven melillense, pasó 13 años de su vida como prisionero político o de guerra, entre 1936 y 1949. Las memorias presentadas el pasado viernes en Melilla por sus hijos son el relato de todas las vicisitudes carcelarias, desde el el campo de prisioneros de Zeluán (Marruecos), hasta la prisión de San Miguel en Valencia, en donde fue puesto en libertad. Son las primeras memorias completas presentadas en la ciudad.

       Antes que esto, en 2004, Mª Ángeles Sánchez había publicado y presentado los primeros testimonios de mujeres y hombres prisioneras en el interior del campo de prisioneros de Zeluán, localidad perteneciente al Protectorado español de Marruecos. Eran cartas de los hermanos Montoya Odri, describiendo su situación en el campo y comunicándose entre ellos/as, en el libro Mujeres en Melilla.

         Cinco años antes, en 1999, Enrique Delgado (el que escribe desde El Alminar), había publicado en El Telegrama de Melilla, y a lo largo de tres meses, todos los acontecimientos relacionados en el Alzamiento Militar de Melilla, la primera lista de ejecutados, con 294 nombres, la primera y única aproximación biográfica al General Romerales, el rescate de la memoria de Carlota O ‘Neill, la biografía del comandante Edmundo Seco, del capitán Casado Escudero, la historia de los comandantes Ferrer y Rotger, y también la del Padre Jaén, con la publicación íntegra de sus cartas en 2011, desde la prisión de Rostrogordo.

              Antes de 1999 solo existió el vacío, y después de 2004, solo la aparición del libro de Vicente Moga sobre la Represión de La Masonería en Melilla, rompió el espeso silencio sobre la represión franquista en nuestra ciudad, tanto durante el periodo de Guerra Civil, como en el posterior a la victoria del autodenominado Bando Nacional en 1939.

         En medio de casi dos largas décadas, la presencia constante y dinamizadora de Carlota Leret, en reivindicación de la memoria de sus padres (Virgilio y Carlota), ha supuesto una corriente revitalizadora y renovadora de la memoria republicana de Melilla, en medio del erial impuesto por la derecha desde 1991. Todos estos han sido los apoyos a la memoria histórica de la ciudad.    Todo los demás, han sido traiciones a la memoria, cuyo olvido por parte de las instituciones públicas ha sido y es,  activo y consciente.

                                 El libro de los hijos de Juan Medina

             Las memorias del activista comunista Juan Medina Sánchez, ha sido un trabajo elaborado primero por el propio Juan Medina en sus años de prisión, y luego mecanografiado para su publicación por su mujer e hijos. Juan Medina murió en Barcelona en 1991, por lo que la publicación de sus memorias ha debido esperar casi 25 años. No han contado con el apoyo de ninguna institución pública de la ciudad, que normalmente edita y reedita cualquier cosa. Presentaron las memorias en la Universidad a Distancia de Melilla (que no puede negarse a elloya que es una institución al servicio de todos), apoyados por el historiador Vicente Moga, por la Asociación Ateneo, representada por la maestra Inmaculado Ortell, y por José Juan Medina como portavoz de la familia. El libro es un edición costeada entre 31 personas de Melilla y del entorno de la familia en Barcelona.

Tras los pasos de la iconoclastia melillense


                 El paso de La Bombonera

        Con solo verla, la recordarán todos los que la conocieron en las calles de Melilla. Era un paso conocido como la bombonera, por su curiosa forma. Son muchas las leyendas que corren sobre estas desapariciones, y no todas son difíciles de comprobar. El gran viaje para reflotar la semana santa de Almería se produjo en 1979. El número de pasos procesionales que se compraron en Melilla fueron tres, los mismos que imágenes, todas de la iglesia de San Agustín del Barrio del Real. Se compraron exornos, ropajes, mantos. No todo llegó a utilizarse. Recorrimos en 2007 la senda de los pasos perdidos, algunas de las imágenes las encontramos en Balerma, localidad costera almeriense. En Almería no quedó casi nada, salvo el manto de la virgen de Dolores de Santiago, que a su vez procedía de la Dolorosa del Real.  La mayor parte de los exornos y uno de  los tronos fueron hasta Lucainea. Al menos dos, como este de la Bombonera*, procesionaron en Almería en los primeros años de la década de 1980. El otro paso fue utilizado por el paso de  Jesús del Camino.

                  Con el resurgir de la semana santa almeriense, se compraron nuevos pasos, y los que procedían de Melilla quedaron almacenados en el patio de Las Adoratrices, hasta su completa desaparición. De todo lo llevado de nuestra ciudad, solo queda el citado manto, y las imágenes del Nazareno del Real y de la Dolorosa, en la Iglesia de Balerma.

                                                El Nazareno del Real

                   El Nazareno del Real procedía de la iglesia del Peñón de Vélez, mientras que la imagen de la Dolorosa fue donada por Fidel Alemán. El Nazareno recaló en la parroquia de San agustín, de la que dependía administrativamente. Ambas fueron vendidas en 1979 a la expedición procedente de Almería, aunque nunca llegaron a estar en la capital almeriense. Entre 1980 y 2007, nadie fue capaz de localizar su paradero o se interesó en saber que había ocurrido con ellas. Nunca volvió a ser mencionado este suceso, ni nadie habló nunca de los sucedido durante el periodo iconoclasta melillense (1974-1989).  Tras localizar todo en el año 207, escribí una serie de artículos que sacaron a la luz todo lo sucedido y el paradero de estas imágenes. El Nazareno del Real volvió a Melilla en 2008, con ocasión de una exposición sobre el Peñón de Vélez. Pese a proporcionar todos los datos para su fácil  localización, nadie mencionó jamás mi contribución, sin embargo, la lista de colaboradores con la exposición era interminable.

                 En Melilla es norma apropiarse de datos proporcionados por otros, y no citar nada, o hacerlo lo menos posible. Tanto da que se trate de una fotografía, un artículo o un trabajo completo. Poseen todos los medios, pero carecen de ideas nuevas, por eso la vampirización se convierte en costumbre, y quizá ley. La otra costumbres es la formación de archivos personales de autor (Apas), con datos y documentación extraídos de antiguos archivos, y que jamás verán la luz pública.

      Nota *: Dramaturgia procesional en Almería, Rafael Rodriguez Puente.

https://elalminardemelilla.com/2012/01/03/el-nazareno-del-real/

El fusilamiento del comandante Leret


Carlota Leret en el osario militar

        Testimonios del asesinato del Comandante Virgilio Leret Ruiz, Jefe de las Fuerzas Aéreas de la Zona Oriental de Marruecos al amanecer del día 18 de julio de 1936

Testimonio que en su oportunidad, el soldado Eduardo Sánchez Lázaro, soldado activo en la Base de Hidros del Atalayón, dio a su esposa Angelina Gatell sobre el asesinato de Virgilio Leret Ruiz. 

       Conocí al que años después sería mi marido en 1947, en casa de unos amigos que se convirtieron muy pronto en las personas, ajenas a mi familia, más importantes de mi vida. Nuestra amistad se fue estrechando y sólo acabó con su muerte. Y ni aun así, porque están siempre presentes en mí. Él, hombre cultísimo, había sido capitán del ejército republicano y, terminada la guerra, pasó algunos años en campos de concentración o de castigo. Ella, María de Gracia Ifach –seudónimo que utilizaba como escritora-, fue una de las primeras biógrafas de Miguel Hernández, al que había conocido durante la guerra en Valencia, en el círculo internacional de Intelectuales Antifascistas. A aquella casa, junto a escritores consagrados, acudíamos los jóvenes que aspirábamos a serlo. Fui acogida en ella y querida entrañablemente por sus dueños. Les debo mucho. Orientaron mis lecturas. Pusieron a mi alcance bienes que mis padres, modestos obreros maltratados por la vida y por sus tendencias izquierdistas –mi padre fue un sindicalista duramente represaliado- nunca hubieran podido darme.

Entre otras personas conocí en aquella casa a varios jóvenes melillenses que viajaban  con frecuencia a Valencia. Dos de ellos, el poeta Miguel Fernández y el director teatral y de T.V. Juan Guerrero Zamora, fallecidos ambos, figuran hoy entre los hijos ilustres de Melilla. Publicaban una revista de poesía y en ella aparecieron mis primeros versos, no sé si por merecimiento o por el interés que por mí sentía su director, poeta que andando el tiempo, ya en Madrid, también alcanzaría merecida consideración. Con él llegó un día a la casa de nuestros amigos el que andando el tiempo sería mi marido. Eran muy amigos. Ambos pertenecían al grupo intelectual melillense. Conocí a Eduardo vestido con el uniforme de aviación. Era sargento, a punto de ser ascendido a brigada. Por aquellos días acababa de pedir su traslado a Valencia por razones que más tarde conocí. Su uniforme despertó en mí un rechazo que no traté de ocultar en ningún momento. Pasó mucho tiempo antes de que supiera, por boca de nuestro anfitrión, Francisco Ribes, que Eduardo  estaba viviendo una época terrible: la tuberculosis que por aquellos días hacía estragos, se había llevado a dos de sus hermanas, otra estaba muriendo en un sanatorio de Melilla, su mujer, -se había casado en Madrid al terminar la guerra-, estaba ingresada en Valladolid en una clínica del Aire, sin esperanzas de curación y su hijo, de apenas dos años, acababa de morir en Valencia adonde él había pedido ser trasladado para que un hermano suyo que vivía allí, se hiciera cargo del pequeño.  Me impresionó, naturalmente, como todos aquellos dramas de la posguerra de difícil olvido. Nos veíamos alguna vez, en las reuniones que nuestros amigos organizaban y donde tuve la suerte de conocer a muchas personas importantes. Entre ellas, a alguien del que tal vez oíste hablar en Caracas, pues allí se refugió y allí murió años más tarde. Era un poeta muy amigo y querido por nosotros: Pascual Plà y Beltrán.

Con el tiempo, se produjo un acercamiento amistoso entre Eduardo  y yo. A los dos nos gustaba mucho el teatro –de hecho yo trabajaba en una compañía semi-profesional-, y, a instancias de nuestros amigos creamos un grupo de cámara que tuvo cierto prestigio y que, unido al Premio Valencia de Poesía que me fue concedido en 1954 hizo que mi nombre no fuera desconocido en Valencia.

Y fue precisamente en 1954 cuando Eduardo y yo nos casamos. Su esposa había fallecido unos años antes. Cuando me propuso matrimonio yo puse una condición: que dejara el ejército. Nunca me casaría con un suboficial del ejército franquista. Aceptó, no sólo porque yo así lo quise, sino también porque él nunca se sintió cómodo, pero las circunstancias familiares que te he referido lo obligaron.  Su falta de recursos económicos sólo era comparable con la mía.

El dinero obtenido con mi premio nos permitió un modesto viaje de bodas. A Melilla. Allí estaban los padres de él, viviendo de un modestísimo bar en un lugar llamado El Mantelete, en el puerto, a los pies  de Melilla la Vieja, al lado de la Ensenada de los Piratas. También tenía allí un hermano, y la única hermana que se había salvado de la tuberculosis, casada  con un oficial de aviación.

Allí, en Melilla, Eduardo me habló del capitán Leret. Comprendí inmediatamente  la impresión que su asesinato le había causado. Y supe que no lo había olvidado ni lo iba a olvidar. Se reencontró con algunos antiguos compañeros y el recuerdo de tu padre estuvo presente muchas veces en nuestras conversaciones. Me di cuenta del recuerdo que había dejado en Melilla. Del afecto y admiración que sentían por él –las personas que yo trataba, claro-, y la indignación que suscitaba aún su asesinato. Yo le pedí ir a la Base de Hidros, que por entonces había sufrido ya muchas modificaciones, pero que, aun así, quería conocer. Se negó rotundamente, pese a que estuvimos  varias veces en Nador donde tenía una prima. Me dijo que nunca más pisaría aquel lugar.

En nuestros largos paseos por Melilla, Eduardo me habló muchas veces de lo ocurrido en aquellos días de julio de 1936. Él estaba de permiso en casa de sus padres cuando recibió la orden de presentarse inmediatamente en la Base. Delante mismo del bar de sus padres estaba la comisaría de policía y creo que fue a través de su teléfono que se pusieron en contacto con él desde la Base. Pero él había salido con sus amigos y volvió a casa muy tarde. Sólo entonces supo que le ordenaban volver y muy vagamente la policía le habló de un asalto a la Base. Las noticias eran muy confusas y nadie sabía nada concreto. Tampoco había medios de transporte, debido a la hora. Sin saber qué hacer, se puso en camino hacia Nador, andando. No sé, no recuerdo, cómo llegó hasta allí y, desde allí, creo que con una bicicleta que le prestaron sus familiares, fue hacia la Base. Empezó a ver cadáveres por la carretera, gente que parecía huir, camiones. Estaba aterrado. No sé a qué hora llegó a su destino, a media mañana, creo. El espectáculo era sobrecogedor. No sabía qué había ocurrido en realidad ni quienes habían provocado aquel desastre, ni cómo se había resuelto el problema. Todo era un caos. Al llegar entró en uno de los hangares medio derruido. Allí, caído en un rincón, encontró a un amigo suyo completamente derrumbado, sin fuerzas para levantarse. Era un chico tan joven como él, 20 años. Eduardo le preguntó si estaba herido. El chico negó mientras balbuceaba: “Hemos fusilado al capitán Leret” –le dijo. No lo tengo muy claro, han pasado muchos años y he olvidado cosas, pero creo que el pobre muchacho había sido obligado a formar parte del pelotón de fusilamiento. Le dijo que se habían llevado su cadáver en un camión.

Es todo lo que sé. Lo oí repetir docenas de veces durante años. Puedo haber olvidado algunos detalles, pero lo que sé muy cierto –siempre por medio de mi marido-, es que era la mañana del 18 de julio, sábado, y que el asesinato se había producido al clarear el día. No sabía –o quizá lo olvidé si alguien me lo dijo, que fue a la muerte semidesnudo y con un brazo roto. Lo leí, sí, en el libro de tu madre y me hizo pensar en las muchas veces que yo soñaba con mi hijo durante los 44 días que no supe de él. Afortunadamente, los sueños que yo tenía no se cumplieron, fueron sólo producto de mi desesperación. Por desgracia, en el caso de tu madre fueron una premonición.

El resto de las cosas ocurridas en la Base las conoces mejor que yo. El desconcierto, el horror, el miedo.

El muchacho aquel y mi marido se juramentaron para huir a la zona republicana. No fue posible. Melilla era como una cárcel. Además, aquel pobre chico murió pronto, no sé cómo. Después, Eduardo fue trasladado a Salamanca. Lo único que le hizo más llevadera su situación, dramática y contradictoria, es que nunca entró en combate. Pasó la guerra en oficinas, en armamento.

Como ya te he contado, siempre recordó con cariño y dolor al capitán Leret. Habló de él a sus hijos muchas veces.  En nuestras frecuentes conversaciones evocadoras de toda aquella tragedia, obsesivamente rememorada, afloraba su nombre, como el de tantos que siempre tuvimos presentes, como el de mi hermano, del que ya te he hablado, como el de un tío mío, muerto en 1941 víctima indirecta del franquismo, como el de todos los que perdimos, entre ellos, mis amados poetas Federico, Miguel Hernández, con cuya familia estuve muy vinculada, y tantos, tantos…

Por cierto, en los documentos que me envías aparece un nombre que me ha sobresaltado, el de Lorenzo Asensio Martínez, asesinado también en la Base, poco después que tu padre. Verás: En 1959 mi marido, mi madre –mi padre había muerto ya- , mi hijo, que tenía entonces cuatro años, y yo nos trasladamos a Madrid. Nuestra vida en Valencia iba siendo cada vez más difícil. Pese a mis premios, a mi preparación, a mi buen nombre, me negaron todos los trabajos que podía desempeñar. Estaba considerada “conflictiva”. Sólo una vez. el periódico Las Provincias, me encargó una serie de reportajes sobre Melilla –otra vez Melilla-. Lo hice poniendo en ella todo mi empeño: 20 reportajes hablando de costumbres, mercados, paisajes, o sea que sin mencionar nada que impidiera su publicación. Empezaron a salir a diario. Sé que gustaban, pero, al quinto, me llamaron al despacho del director: Lo sentían mucho, pero…

No sabíamos cómo subsistir. Mis queridos amigos Ribes –con problemas similares a pesar de pertenecer a una importante familia valenciana, incluso con título nobiliario- se encontraban en la misma situación y se vinieron a Madrid, contratado él por una editorial  creo que latinoamericana. Todos nuestros amigos de Madrid nos llamaban, entre ellos nuestro querido  Buero Vallejo. Nos vinimos. Mi marido obtuvo un modesto empleo en la misma editorial que nuestro amigo. Yo conseguí una prueba en un estudio de doblaje de películas. Me contrataron. Poco a poco, empezamos a ver una luz entre tantas sombras. Publiqué libros, artículos, guiones en T.V, hice innumerables traducciones. Adquirí un pequeño, modestísimo nombre, como modesta fue siempre y sigue siendo mi vida. Pero, nada que ver con el pasado.

Eduardo, no sé si casualmente o por indicación de algún amigo, se reencontró con un antiguo compañero de la Base. Melillense como él. Había abandonado también el ejército y tenía una tienda de fotografía y material fotográfico muy cerca del café Gijón. Iba a nacer mi tercer hijo y ese amigo se empeñó en apadrinarlo. Fue en 1965. Yo me opuse. Aquella persona no me gustaba. Era frívolo, sin preocupaciones. No hablaba de la situación que vivíamos, no daba opiniones. Sí recordaba a tu padre con respeto pero, en mi opinión, con una cierta distancia.  Lo mismo que al referirse a todo lo que habíamos vivido, que seguíamos viviendo. Y, ante mis frecuentes y vehementes comentarios,  callaba, sólo sonreía. Le dije a mi marido: “Juan es franquista o poco menos”. “No –me contestó Eduardo-, eso no, pero las cosas le han ido bien y eso hace que algunas personas cambien- y añadió como aportando un argumento absolutamente irrebatible-: Un hermano suyo murió también en el Atalayón-“. El que fue padrino de mi hijo se llamaba Juan Asensio Martínez. Entre los nombres de los fusilados en julio de 1936 hay, según me dices, un Lorenzo Asensio Martínez. ¿Sería su hermano?

En cuanto a su pensamiento político, si es que lo tenía, si no franquista, por lo menos  era tolerante con el franquismo.  No me equivoqué.

Me he extendido demasiado. Discúlpame. Quizá te he contado cosas que no te interesen ni añadan nada a lo que esperas que te diga. Sólo te servirán para tener una idea de mi charlatanería. Estoy escribiendo una especie de memorias y eso hace que las palabras se me enreden como las cerezas. He visto tantas cosas ya…  No sé si te dije que, a hombros de mi padre, vi en las Ramblas Barcelona,  la proclamación de la República. Todo un privilegio del que pocos ya  pueden presumir.

   En cuanto a las anécdotas que me piden, ahí van las que recuerdo:

El capitán Leret nunca tuteaba a los soldados. Los trataba con un respeto poco usual en el ejército.

Gracias a él, la mesas del comedor de los soldados, estaban cubiertas con manteles. No sé si serían de tela o de hule, pero su aspecto era curioso,  ocultaba la madera tosca de que estaban hechas y les daba una cierta calidez. También disponían de servilletas, cosa insólita  en el ejército.

Una vez, un muchacho protestó por la comida. El cabo que ese día estaba encargado de servir y hacer guardar el orden en la mesa, lo mandó callar, sin duda más por miedo que para quitarle la razón. Acudió, creo,  un sargento con ínfulas de jefe, bien dispuesto para el grito y posiblemente para algo más. El chico que protestaba no se arredró. Hasta la mesa de oficiales –no sé si separada sólo o situada en otro comedor contiguo- llegó la trifulca. El capitán Leret llamó al sargento y le preguntó qué pasaba. Al saber la causa de la protesta, el capitán quiso probar la comida del soldado. “Es la misma que come usted, mi capitán” –arguyó el sargento-. “No importa, quiero probar la de su plato. Tráigamelo”. Algo cortado, el sargento llamó al chico y le ordenó que trajera su plato. En efecto, la comida, aparentemente era la misma, pero, al probarla, el capitán ordenó retirar inmediatamente todos los plato servidos a la tropa y mandó servir patatas fritas y huevos. La comida podía tener los mismos ingredientes pero no hay duda de que el sabor debía ser muy otro.

Otro día, unos chicos recién llegados a la Base cometieron alguna falta y fueron castigados –era domingo- a no ir a la ciudad y a quedarse a barrer los hangares. Resignados, emprendieron la tarea. De pronto, apareció en la puerta alguien a quien creyeron un soldado más. Vestía un mono blanco, quizá como el de ellos, no sé. Uno de los chicos tiró la escoba diciendo: “Pues yo, si este no barre, tampoco pienso hacerlo”. El recién llegado, sin abrir la boca, cogió una escoba y empezó a barrer. Estaban en plena faena cuando apareció un sargento, un cabo o un veterano no sé. Se llevó las manos a la cabeza. “Pero…¿qué hace, mi capitán?” Sólo entonces los castigados supieron el rango del espontáneo barrendero: era el capitán Leret.

Otra vez pasó algo parecido. Iban varios camiones en fila, no sé adónde ni por qué. El terrero era abrupto, había llovido y el camión que iba delante se atascó. Se pararon todos los camiones y los hombres bajaron. Hubo un momento de desconcierto al no poder poner en marcha al camión causante del problema. “¿Qué hacemos?” –preguntó uno de los soldados. “Esto” contestó el capitán Leret empujando con el hombro la parte trasera del camión. Inmediatamente los demás siguieron el ejemplo y entre todos salieron del apuro. El capitán, en ningún momento abandonó su puesto detrás del camión.

     Es cuanto sé. Lo que mi marido contaba, más o menos con estas mismas palabras. Tal vez olvido algo. No sé. Han pasado casi sesenta años desde que se lo oí contar. Y tal vez olvido cosas, pero lo que te cuento es exacto. Lo oí docenas de veces. Yo no sé los demás, amiga, pero Eduardo llevó siempre a tu padre en su recuerdo y, estoy segura, en su corazón.

    PD: Resulta difícil poner una post data a un texto así, proporcionado por Carlota Leret.  Carlota ha removido cielo y tierra y no ha conseguido un solo papel sobre el juicio y causa seguida contra su padre. De la inexistencia podemos deducir dos cosas, una que fue ejecutado sin juicio, y segundo que la verdad sigue siendo ocultada. Virgilio Leret fue el primer defensor de La República, el primero que hizo frente a los sublevados. Fue asesinado en la mañana del día 18, y nadie quiso con posterioridad, rehacer por escrito, la farsa de un juicio que nunca llegó a celebrarse.

La parroquia de La Medalla Milagrosa


             Hoy se conmemora la advocación de la Virgen de la Medalla Milagrosa, culto procedente de la católica, revolucionaria y también laica Francia. Según refleja Blasco Ibañez en su novela «La Catedral», el catolicismo francés siempre fue respetuoso con los avances científicos y se adaptó a ellos, mientras que el español fue siempre más tradicionalista y apegado a Roma. Francia fue sede Papal.

                        La iglesia en la frontera

           Hace siete años, cuando escribí la historia heterodoxa de las iglesias melillenses, denominé a esta iglesia como la de la frontera, porque el territorio de la fe de Cristo se ha reducido mucho en Melilla, dominando ya solo en el llano. A partir de aquí, se extiende, sin solución de continuidad,  la otra confesión religiosa mayoritaria en la ciudad, la musulmana.

              Esta iglesia, cuyo origen se remonta a 1922, nació como las escuelas del Ave María, inspiradas en la visión pedagógica del Padre Manjón. La inauguración del conjunto, escuelas y capilla, se llevó a cabo el 2 de diciembre de 1923. Aquí ofició misa el sacerdote melillense y vecino del barrio Diego Jaén Botella, que se secularizó durante La República y que luego fue martirizado y fusilado por las autoproclamadas  autoridades nacionales. Esta parroquia ejercía su administración sobre los barrios de Batería Jota, Cabrerizas y el del Príncipe. Es conocida en la ciudad como la parroquia de Batería Jota o la de La Medalla Milagrosa, advocación extendida en la ciudad bajo la influencia de los Padres Paúles, y que puede encontrarse en casi todas las iglesias de Melilla.

                             El día de La Medalla Milagrosa

       El 27 de noviembre de 1830, La Virgen se apareció por 2ª vez a Santa Catalina Labouré, y el oficio religioso del día conmemora ese hecho. Durante tres días a partir de hoy, desde  las 18h 30´ de la tarde, la asociación de La Medalla Milagrosa, celebra un Triduo en su honor, con rezo del Santo Rosario, exposición del Santísimo y celebración Eucarística. No es usual ver abierta esta iglesia, salvo los sábados y domingos, en los que se celebran las misas de precepto. El resto de la semana no tiene actividad y sus puertas están cerradas. Apenas queda ya población de confesión cristiana en el barrio, sin embargo, muchos de los antiguos residentes de Batería Jota y Cabrerizas, siguen acudiendo a esta capilla, para la celebración de los oficios religiosos.

            Muchos recuerdan también lo diferente que era esta iglesia, en dónde se originaron las célebres «peregrinaciones de San Nicolas», tras abatirse sobre ella el rigor de los iconoclastas (1974-1982). Desaparecieron imágenes y los pasos tradicionales del barrio. La iconoclasia acabó también con los exornos donados a la parroquia durante décadas, y algunas de sus imágenes más emblemáticas, como la Virgen del Mayor Dolor, ya no pueden verse en el templo. El Resucitado original se encuentra en la capilla de San Francisco Javier.

          La imagen de San Nicolás se veneraba en un altar que fue tapiado, y redescubierto en las obras de remodelación del templo en la década de 1990.