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Teoría de los finales


                           El hotel Ánfora y el Cuartel General de la Stasi

            En la revista Historia 16 de septiembre de 1986, el célebre corresponsal de ABC Julio Cortés Cavanillas, rememoraba sus audiencias con Franco, y transcribía esta opinión del propio dictador, realizada en 1964  y que imaginamos  no pudo publicar en ningún medio de la época: Hoy, hay que ser más anticomunista que nunca. Pero ¿por qué? No porque exista una gran diferencia entre ellos y nosotros, fuera de que el comunismo no cree en Dios y nosotros sí. La simplicidad de la cita y de la concepción histórica que le sigue es pasmosa. El entonces caudillo español señalaba las afinidades con el sistema soviético (partido único, ausencia de huelgas, potencial industrial y bélica)

           Tras el final de la Unión Soviética en 1991 se pudo comprobar  la gran falsedad histórica del Estado comunista, como sucedería en 1975 tras el hundimiento del franquismo en España. La gran diferencia es que hoy en Rusia está reconocida esa gran mentira, en la que se vivió durante algo más de 70 años, y en España no. En Rusia el primero que reconoció esa gran falsedad fue Boris Yeltsin, quien arrió sin mas la bandera roja de la hoz y el martillo. Con ese simple gesto, hizo desaparecer todo el Estado y su historia de un plumazo. En España se sigue usando la del águila de san Juan, en 2020.

             Con esto sí enlazamos con la teoría de los finales. Lo que marca todo, ya sea una vida, una historia o a un propio Estado, es su final. Un final malo liquida la posibilidad de cualquier revisión posterior, y un buen final rehabilita una vida o historia llena de errores. Yugoslavia nunca superará su triste y espantoso final, propiciado por la Unión Europea, mientras que el resto de los Estados comunistas del Este de Europa se fueron disolviendo sin grandes estrépitos, y sin violencia reseñable, empujados por revoluciones populares. La revolución más pacífica de todas fue la de la República Popular de Alemania, en la que un amplio movimiento popular hizo desaparecer al Estado de la feroz STASI (policía secreta germano-oriental). En Polonia, el general Wojciech Jaruzelski, tras una década de tensiones y conflictividad con los sindicalistas de Lech Walessa, entregó el poder y acabó con el Estado comunista en 1990. Hoy en día, la configuración del nuevo Estado polaco muestra que el remedio estaba a la altura de la enfermedad.

              Esto es inimaginable en el Occidente democrático, en la cuna de las democracias, en donde el rey belga Leopoldo II sigue sin estar en la lista de genocidas universales. Sin embargo, pese a no existir de modo significativo los comunistas españoles, ni tener  representación política en parlamento o municipio alguno, sigue vigente la admonición de Franco frente a la supuesta amenaza comunista, que algunos ven asentada en el gobierno de la nación.

                                           El hotel Ánfora de Melilla

            La República Democrática de Alemania (DDR) ha quedado como paradigma de Estado represivo, y su policía secreta, la STASI, como ejemplo de intromisión ilegítima en la vida de los ciudadanos. Lo curioso es que en esa inmensa suciedad, porque le fue, lavan sus manos todos los servicios secretos del Occidente democrático. Eso sí, a salvo de cualquier revolución popular, porque en este lado del muro son imposibles, y a buen resguardo de que jamás nadie abra sin querer y de modo masivo los archivos, (como sucedió en Berlín oriental en 1990) y los ciudadanos sepan hasta qué punto les espían sus gobiernos.

                Documentándonos sobre la STASI y sus malévolos servicios secretos, sentimos curiosidad por ver como es el que fuera el Cuartel General del servicio secreto germano-oriental, y la sorpresa fue inmensa, al comprobar que la fachada de su entrada principal, guarda un enorme parecido con el del emblemático edificio del Hotel Ánfora de Melilla, inaugurado en 1975, sobre los demolidos restos de una edificación medieval melillense, el fuerte de san Carlos. Aquí hay otra coincidencia más, no mencionada por Franco, con los Estados socialistas, y es el de la estética de los edificios gubernativos y civiles.

 

 

El algoritmo inquisidor



      Escribimos, escribimos, pero un algoritmo nos controla. El algoritmo es una formula u operación matemática que permite resolver problemas de cálculo, pero también existen algoritmos rastreadores de grafía, también denominados como de “búsqueda voraz”. La definición proporcionada por Wikipedia lo asemeja a un ente de ciencia ficción: En ciencias de la computación, un algoritmo voraz (también conocido como golosoávidodevorador o greedy) es una estrategia de búsqueda por la cual se sigue una heurística consistente en elegir la opción óptima en cada paso local con la esperanza de llegar a una solución general óptima. Nosotros escribimos palabras, pero el ordenador registra una combinación de cifras en sistema binario, con lo cual es posible rastrear en cualquier escrito, palabras que hagan saltar el algoritmo, se escriba en el idioma en el que se escriba. Si en un texto saltan varias palabras controladas por el algoritmo de paso, se despiertan las máquinas rastreadoras.

              Hay cientos de millones de ordenadores y de teléfonos inteligentes activos, pero los servidores y proveedores de internet no pasan de una decena en ningún país y en todo el mundo. Al final todo desemboca en un estrecho embudo en donde todo se rastrea, detecta y analiza. Es la ley de seguridad a cambio de la moneda del control. Escribimos porque nos dejan, en servidores que nos fiscalizan.

            Normalmente nadie escribe o hace nada que colisione con el derecho a la libertad de expresión, pero en tiempos de pandemia y estado de alarma, ante la presencia masiva de bulos y de cuentas falsas con el único objetivo de desinformar, y de confundir a la opinión pública, los algoritmos se activan al máximo para impedir el paso de ciertas palabras. Esta sería la activación mecánica, y otra sería la del colaborador anónimo, que activa la denuncia sobre una cuenta de una red social. Se persigue la mentira, pero también la verdad.

                                De la Inquisición al algoritmo

         El conocido “derecho romano” solo afectaba al 10% de la población, pues el resto no tenía tales derechos. Tras la caída del Imperio Romano se abrió camino la Edad Media, etapa en la que la poca justicia existente solía ser brutal. Se carecía de derechos frente a los señores feudales. Cualquier acusación por parte de un miembro de la nobleza o del clero acababa con la liquidación del siervo, y a menudo ni siquiera hacía falta la formalidad de la acusación.

       La Inquisición fue el primer instrumento moderno de represión y control al servicio de un Estado, que luego se fue desarrollando a lo lardo de la historia, hasta producir grandes monstruos represivos. Uno de los que menos se habla es el de la STASI, o policía política de la República Democrática Alemana o Alemania socialista. Un enorme instrumento de control dirigido por un hombre siniestro Erich Mielke. Sin embargo, lo que más inquietud provoca de la Stasi, de la que la gente podía defenderse, era la amplia red de colaboradores voluntarios y anónimos, que proporcionaban información cotidiana de las actividades de los ciudadanos. Eran vecinos denunciando a otros vecinos, pero de manera secreta. Algo de esto ha sucedido en estos días de confinamiento, con vecinos increpando a otros desde los balcones, la mayor parte de las  veces sin causa justificada.

                  La red de colaboradores voluntarios de la Stasi nunca se ha destapado, pese a los más de 30 años desde la desaparición de la RDA. Esto es lo que relata la escritora australiana Anna Funder en STASILAND. Ahora muchas de esas funciones las realizan algoritmos, pero sigue siendo necesaria la colaboración humana. Una cosa que hemos descubierto estos días, es el enorme parecido entre el edificio de la Stasi en Berlín, y el hotel Ánfora, incluso en su color primitivo.