Día de Castilla y León en Melilla


                               Desde la campa de Villalar en 1521

               Las tradiciones suelen ser algo inamovibles, y se fijan y forjan con el paso de los siglos. Es imposible intentar cambiarlas. La dureza del clima continental castellano curte la piel y el carácter de sus gentes. La historia forjó la firmeza de sus convicciones. Ninguna nación es capaz de estar ocho siglos en guerra contra quien consideraba un invasor, los musulmanes españoles, Castilla sí. El ejército castellano era el más potente del mundo. Había liquidado el Reino Nazarí de Granada en apenas 10 años. En 1521 llevaba casi tres décadas conquistando América de norte a sur. No tenía enemigos capaz de hacerle frente.

                  En 1521 reinaba en España un soberano Español, hijo de la española Juana de Castilla y del belga Felipe el hermoso. Con la ley de extranjería actual, Carlos I hubiese tenido que esperar diez años como mínimo para obtener el derecho a la nacionalidad, y probablemente no hubiese superado la prueba de conocimiento del idioma materno, aunque era políglota. Hoy no sería considerado español, tan solo podría aspirar a la tarjeta de residenda. En el siglo XVI se le considera directamente un extranjero, pese a la indiscutible nacionalidad española de su madre, la Reina Juana.

                     Carlos I, hombre políglota y cosmopolita intentó la modernizacíon de España, sumida en muchos atrasos, y sometida a los privilegios de la nobleza, que adquirieron a lo largo de ocho siglos de Reconquista. Se hicieron dueños de la tierra y de la economía. La casta española, como clase social dominante viene desde muy lejos.

                Los Comuneros,  o Junta de Comunidades de Castilla, apoyados por parte de la nobleza, se enfrentaron a Carlos I, el rey extranjero, en defensa de las tradiciones de Castilla, e intentando proclamar como reina a Juana I de Castilla, madre de Carlos de Gante, a la que consideraban la legítima reina. Se aprovecharon y utilizaron para sus fines políticos, a una mujer trastornada por la muerte de su marido, Felipe el Hermoso.

               La voluntad castellena, revestida de tradiciones , no tuve que nada que hacer frente el poderoso ejército Real, y fue barrido en una sola jornada, en la campa de Villalar (Valladolid), un 23 de abril de 1521.  Ganó la batalla el monarca español Carlos I, pero renunció a imponer sus reformas modernizadoras y a recortar el poder de la nobleza (Casa de Alba), que ha llegado hasta nuestros días. Existen ocasiones en que quien gana pierde, y esta fue una de ellas, pero de esto ya hemos escrito.

                                             Castellanos en Melilla

         En 1497, fecha oficial de la conquista de Melilla, los únicos melillenses existentes eran los rifeños, que necesitarían otros cinco siglos para ver readmitida su condición de tales. Los castellanos sostuvieron Melilla durante 400 años frente a sus antiguos pobladores. Si Melilla es hoy lo que es, se debe en parte a la firmeza del carácter de los castellanos. Desde hace algunos años, y aunque ya no se recuerde nada de esto, los residentes castellano leoneses de Melilla, celebran un encuentro y almuerzo, en recuerdo y conmemoración del Día de Castilla y León, que no es otro que el día 23 de abril.

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2 Respuestas a “Día de Castilla y León en Melilla

  1. Yo soy uno de ellos. Natural de Medina del Campo.

  2. EN ESTOS CAMPOS DE LA TIERRA MÍA

    En estos campos de la tierra mía,
    y extranjero en los campos de mi tierra
    —yo tuve patria donde corre el Duero
    por entre grises peñas,
    y fantasmas de viejos encinares,
    allá en Castilla, mística y guerrera,
    Castilla la gentil, humilde y brava,
    Castilla del desdén y de la fuerza—,
    en estos campos de mi Andalucía,
    ¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.

    Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
    imágenes de luz y de palmeras,
    y en una gloria de oro,
    de lueñes campanarios con cigüeñas,
    de ciudades con calles sin mujeres
    bajo un cielo de añil, plazas desiertas
    donde crecen naranjos encendidos
    con sus frutas redondas y bermejas;
    y en un huerto sombrío, el limonero
    de ramas polvorientas
    y pálidos limones amarillos,
    que el agua clara de la fuente espeja,
    un aroma de nardos y claveles
    y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena,
    imágenes de grises olivares
    bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
    y azules y dispersas serranías
    con arreboles de una tarde inmensa;
    mas falta el hilo que el recuerdo anuda
    al corazón, el ancla en su ribera,
    o estas memorias no son alma. Tienen,
    en sus abigarradas vestimentas,
    señal de ser despojos del recuerdo,
    la carga bruta que el recuerdo lleva.

    Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
    los cuerpos virginales a la orilla vieja.

Lo que se ha podado retoña; lo ahuyentado vuelve, lo extinguido se enciende; lo adormecido despierta otra vez. Poco es , pues, podar una sola vez; es necesario podar muchas veces, continuamente, si es posible.

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