Estampas del más allá melillense


 

            El teorema de la gestión dice que: el estado del mantenimiento de una ciudad empeora conforme nos alejemos del centro, en proporción aritmética a la distancia recorrida. Cuanto peor sea la gestión, el deterioro será mayor hasta el final del círculo trazado, en donde la gestión ya parecerá no existir.

     ¿Dónde se encuentra el más allá melillense?, ¿Cuál es ese punto en dónde ya la gestión parece  no existir?. Aquí, en la carretera de Hardú, pasada la línea que supera al colegio Estopiñán y la barriada olvidada, la de Las Caracolas. Rebasada esta línea ya no hay nada. Aquí suceden cosas que si se vieran, no se creerían.

                                       El banco del diablo

       ¿Quién puede descansar aquí?. Sé que la respuesta va a alterar a muchos, como ya pasara con la entrada de las redes sociales. Si alguien descansa aquí, solo puede ser el diablo. La estampa resulta absolutamente infernal. Un árbol completamente seco, una papelera de la que solo queda el poste y ese banco, que no invita a sentarse, desguarnecido frente al Sol abrasador, en orientación sur, la que no puede resistir nadie, salvo el diablo o algunos de sus muchos servidores. Con la cola tiró hasta una señal de tráfico cercana, porque el diablo nunca cede el paso.

Desmoronamiento en Lo Güeno


 

            En Melilla se desmorona hasta lo que es nuevo. Estos son los bloques de las Viviendas de Protección Oficial de Lo Güeno, construidas apenas hace 10 años. En su momento también hubo algunos casos de adjudicaciones de viviendas algo peculiares, como en todas las promociones de viviendas entregadas en Melilla. En al menos dos casos de diferentes promociones, hubo sentencias judiciales que calificaron algunas de las adjudicaciones como arbitrarias. En nuestra ciudad se recompensa a los leales con todo lo que se tenga a mano, y se castiga al disidente del mismo modo. Esto no es nada nuevo, pues ya lo dijeron los romanos, durante su imperio: «el elogio es gratuito, la lealtad no».

            El recubrimiento de la estructura del edificio presenta ya grietas en toda la fachada que da a la carretera de Alfonso XIII. La actuación de los bomberos ha sido espectacular, con su escalera más larga, la que llega casi hasta el cielo. Todos los días sucede algo nuevo e imprevisto. La ciudad se desmorona ante nuestro ojos. Debajo se encuentra la consejería de Consumo y Sanidad  de Melilla.

          Cuanto más rápido quiere uno irse, más deprisa sucede todo. La batalla contra el tiempo está siempre perdida.

La fragmentación de Las Culturas


 Según reza la placa de inauguración, la que debe portar los nombres a través de los siglos, la plaza de Las Culturas tiene tan solo diez años. Sin embargo, está en estado de desfragmentación. Es un espacio ciudadano muy concurrido, pese a que no tiene sombra. Resulta muy  húmedo en invierno y es una plancha ardiente en verano. También es un lugar muy ventoso. La humanidad y sobre todo los niños/as, sobreviven en cualquier condición, por muy extremas que sean. Ese es el caso de esta plaza de Las Culturas. No hay sombra, los bancos son muy incómodos y todo el lugar se encuentra sin protección ante los rigores climatológicos. Solo los bares y cafeterías sirven de refugio.

              Algunos bancos han tenido que ser sustituidos y el suelo de piedra artificial está fragmentándose por todos lados. Hay una zona, la más próxima a la muralla que está en un estado pésimo que empeora día a día. Los focos que ilumina la muralla ya no existen y su única función e la de almacén de escombros. La gestión y el mantenimiento no existen, ni siquiera a cien metros del Ayuntamiento. Esto es uno de los peores síntomas.

Levantando el vuelo


      Nadie puede perseguir a un ave. En cuanto sienten el más mínimo indicio de amenaza, levantan el vuelo delante nuestra y desaparecen. No tiene mayor trascendencia el hecho. Levantan el vuelo y se van. Lo hacen de manera sencilla, aprovechando una corriente de aire y desplegando sus alas. Vigilan nuestros movimientos por el rabillo del ojo y cuando nos sienten demasiado cerca, con suave movimiento de las alas, se elevan. No hacen un esfuerzo innecesario y calculan perfectamente el empuje adecuado para elevarse. La única manera de cazarlas es intentar mantenerlas pegadas al suelo, en donde el fango y la ausencia de aire les limitan los movimientos.

      Hay miedo a la libertad, de siempre. Quien se atreve a pensar por sí mismo, a no seguir las sendas marcadas, es rápido objeto de ataques y de asechanzas. La seguridad es vivir sin cuestionar nada, aguantando una tiranía insoportable, respirando un aire envenenado por los vapores sulfurosos, mezclados con todo tipo de gases tóxicos y nocivos. Mirar al suelo para no ver los deleznables comportamientos que se nos muestran. Eso sería lo fácil y lo sencillo. Ocurre que los humanos somos gregarios, y cuando alguien se separa del grupo, se le anatemiza, se le califica de hereje y de cismático. Quien demuestra que se puede vivir sin participar del cieno, crea inseguridad en los que le rodean. Por eso se les acosa y juzga

      No aceptamos el tipo de lucha que nos proponen. El suelo es nuestro medio, porque somos humanos, pero el fango y el lodo, no. Hoy levantamos el vuelo.  Mañana ya veremos.

Una orquesta de flautas


          Pocas cosas hay tan sencillas como una orquesta de flautas. En muchas ocasiones, lo sencillo resulta lo más hermoso. En ocasiones como esta, uno piensa que hay razones para seguir manteniendo la esperanza. En medio de la zozobra reinante, un grupo de aspirantes a músicos, interpreta una sencilla y melodiosa canción en el Teatro Kursaal, antes Nacional. Una melodía muy pegadiza, muy bien interpretada, con ritmo e intensidad. Hubo otras más, con instrumentos más sonoros, con la múltiple  gama de sonidos que proporciona la orquesta. Sin embargo, la sencillez de esta orquesta resultó cautivadora. Son parte de los alumnos y alumnas del Conservatorio de Música de Melilla. Todos merecen este reconocimiento sonoro y visual.

El ave y la fuente herrumbrosa


 

  Una fuente en el Barrio de La Victoria

            Era una fuente de mil colores y mil chorros de agua. La veo todos los días una o dos veces. Está junto al mercado del Barrio de La Victoria. Nunca había imaginado en qué estado se encontraba. En realidad estaba persiguiendo a una garcilla, para observarla en vuelo y fotografiar su arranque desde el suelo. Son bastantes las aves que acuden a diario  atraídas por el olor de las pescaderías del mercado. Los pescaderos les ofrecen los despojos que éstas atrapan solícitas. La garcilla no quiso levantar el vuelo y se refugió en la fuente cercana, entonces pude ver en qué estado se encuentra.

                La gestión no es solo inaugurar, ni realizar una obra detrás de otra. La gestión es mantener lo realizado en estado óptimo.  En caso contrario, por más dinero que se invierta en una ciudad, no luce nada. Melilla ofrece una sensación de abandono generalizada. La realidad es que se pagan cifras muy altas de dinero a empresas de mantenimiento y de servicios. Si las cosas se cuidasen de manera adecuada y la vigilancia fuese constante, todo resultaría más barato y también más vistoso. El estado visual de la ciudad no se corresponde con el dinero que se invierte en ella. Lo que está fallando es el modelo de gestión. Si no se pueden mantener las cosas, lo mejor es no llevarlas a cabo; pero una vez hechas, lo que no se puede es abandonarlas, y dejarlas en este herrumbroso estado.

Atrapados en las redes


 

                                           La tecnología que nos gobierna

                 En la serie televisiva de Cañas y Barro, de Vicente Blasco Ibáñez, un agricultor de la albufera valenciana malgastaba su vida y su salud desecando a capazos una laguna que le habían vendido como terreno cultivable. Luchar o pretender ir en contra de la redes sociales es un esfuerzo perfectamente inútil que no vamos a emprender en modo alguno. No es este el objeto de nuestra reflexión. Hay que conocer todo y utilizarlo de la manera más conveniente, intentando evitar que altere nuestras vidas, porque se trata de modos de comunicación que alteran nuestros hábitos cotidianos. Empleamos una determinada cantidad de tiempo gestionando todo lo relacionado con las redes sociales y los mensajes que nos llegan. Aunque sean mínimas, todos/as debemos hacer algunas concesiones.

              Cuando decimos que cada vez tenemos menos tiempo para las cosas, se debe, entre otras, a todo el tiempo que empleamos en descargar y almacenar fotografías, leer mensajes, ordenar archivos, reponer la carga de las baterías, y en atender la información que nos llega a través de ellas. Es lógico, son redes de comunicación y al otro lado hay personas, nuestros conocidos y familiares. Algún beneficio en nuestro favor deben tener. No se trata de convertirse en un huraño ni en un eremita. Nada de lo que escribamos o podamos decir tendrá efecto alguno sobre el devenir del mundo. Si se escucha una sirena o se ve una columna de humo, se quiere saber qué pasa al instante y en apenas un minuto, ya habrá colgadas en las redes decenas de fotografías del supuesto suceso y de sus posibles explicaciones.

               Las baterías de móviles y dispositivos electrónicos tiene una autonomía limitada. En viajes largos, sobre todo en tren, hay que gestionar adecuadamente la carga, si no se quiere estar en apagón total en la última hora de trayecto. Siempre se puede realizar una carga furtiva en el lavabo del tren o tirado en la estación, si se encuentra un enchufe libre. La ansiedad y sensación de desamparo de que genera el quedarse sin batería o sin cobertura, aunque sea por un breve tiempo, resulta injustificable si se piensa que seguimos dentro de una ciudad y sus múltiples recursos. Ocurre que ya no hay nada gratis, y si se quiere recurrir a una cabina se necesitan monedas, y tampoco recordamos la mayor parte de los móviles que almacenamos en la agenda.

                                                La nueva ferralla tecnológica

                    En un hogar normal, de cuatro personas, en donde tenga a su disposición dos teléfonos móviles, un cámara de vídeo , una o dos televisiones (salón y dormitorio), una cámara fotográfica, un reproductor dvd, y una o dos consolas de juegos para los niños/as, necesitan al menos un cajón, para almacenar todos los cables, cargadores y ferralla diversa relacionada con todos esos aparatos. Nos dicen que la comunicación es inalámbrica, que todo navega por el aire y se almacena en la nube, pero nadie advierte del soporte terrestre de todo eso. El o la cabeza de familia encargado de mantener todo eso operativo, debe tener controlado en todo momento la posición de cables, cargadores y mandos, o perderá el juicio entrando de una habitación en otra buscando un elemento indispensable perdido. Nunca mejor dicho, todo depende de un hilo, o de un cable, el del router anclado a la roseta de la pared de la que dependen todas las comunicaciones de la casa. Cualquier fallo en este sistema, una caída de red, provoca reclamaciones sin fin hacia la persona encargada de mantener todo en orden. Si el fallo o la pixelación de la imagen se produce durante la emisión de una serie o programa de máxima audiencia, el lío está servido. Una caída de red provoca una crisis y nos hace sentir incomunicados, cuando en realidad no es así. Nos han creado esas necesidades.

                 Así pues, la más potente red de comunicaciones jamás conocida, depende, finalmente de una cable y de la electricidad. Es un gigante, pero con los pies de barro, o de cobre, si se quiere ser más exacto. Toda la gestión y almacenamiento de ese caudal de comunicación está controlado a su vez por un puñado de servidores. Todo es fácil de controlar. La desaparición del secreto de las comunicaciones se han volatilizado delante de nuestros ojos, y con nuestra colaboración y consentimiento. No controlamos nada y nos controlan todo.

              Las cokies informan detalladamente de qué cosas nos interesan o visitamos, de nuestros hábitos y horas de conexión y de nuestros tendencias. La posición Gps de los móviles y de las fotografías realizadas nos indican qué lugares son más visitados y de las calles más transitadas, en donde luego se instalarán las tiendas y restaurantes de moda.

                              Las redes que carga el diablo

                El nombre está muy bien puesto, pues se trata de redes de arrastre, como las de los barcos, que atrapan tanto a peces grandes como a chicos. No solo los pertenecientes al pueblo llano estamos inmersos en ella, cada uno/a con un grado distinto de implicación, sino también los políticos e incluso jefes de Estado. Ya no falta ni el Papa en ellas. Decía Juan Luis Arsuaga, que nuestra capacidad de establecer relaciones se sitúa entre 100 y 150 personas. Más allá de esa cifra no hay posibilidad de gestionarlas. Por tanto el tener varios cientos, mil, decenas de miles, e incluso centenares de miles de contactos o agregados, no resulta ni útil ni posible.

               Si le diablo existe o existiese, la inspiración de las redes sociales se le debe atribuir sin duda alguna. Somos nosotros mismos, nuestros familiares cercanos y conocidos, los que llenamos el capazo de la pesca. La inmensidad de los blogs red también están dentro de esa red de arrastre, Dan la oportunidad de expresarse al margen de los medios de incomunicación de masas, pero también se cobran su precio temporal.

                  Son muchos los que dicen que el diablo no existe, incluso la propia Iglesia niega su existencia y la del infierno, pese que constituye una piedra fundamental de la predicación evangélica. Si no existe el diablo ni quien  intente hacernos descabalgar de nuestros proyectos y propósitos, con sus constantes acechanzas, tampoco existe Dios, ni santos que nos ayuden.  Entonces estaríamos solos, frente a la red de redes.