Planta Desalinizadora de agua


Suministra o revienta, el insólito caso del agua en Melilla

La planta Desalinizadora de agua de Melilla ha reventado. Está desconectada y sin funcionamiento. Una avería: «un reventón en un filtro» ha dejado a los 4 módulos sin servicio. La información emitida nos es precisamente muy exacta y técnica. El verbo reventar hace alusión a: deshacer o desbaratar algo aplastándolo con violencia. Sugiere más una explosión que otra cosa. En la otra acepción, como verbo intransitivo hace referencia a abrirse por no poder soportar la presión interior. También parece indicar algo que explota y se parte o raja, deshaciéndolo. De le escasa información sobre lo que sucede en esta Planta, viene quejándose desde hace mucho tiempo la asociación Ecologista Guelaya.

La planta Desalinizadora es responsabilidad de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, aunque la gestión y mantenimiento esté bajo otra empresa. El número de avería y la importancia de las mismas, hasta el presente y definitivo «reventón», sitúa el vector de sospecha sobre el mantenimiento y cuidado de la planta. A la hora de dirimir o exigir responsabilidades, es importante la atribución del problema, porque a lo mejor, lo que hay que hacer es revertir el mantenimiento y la gestión del agua, sobre una empresa pública o sobre la propia Administración de Melilla. La externalización solo trae negocio y beneficio al gestor, y problemas y gastos a la parte pública.

Un colaborador del blog nos remitía en días pasados estas reflexiones: Queremos saber cuántos metros cúbicos de agua han entrado en la red y cuántos metros cúbicos han salido de la red facturados. ¿Y cuántos han sido los cobrados, y dónde están los metros cúbicos no facturados, y quién cobra los cargos realizados a los ciudadanos? Porque hay una diferencia abismal entre la cantidad consumida por los ciudadanos (120m3), y la que indican las cifras de producción de agua, en torno a los 300m3, por persona y año. Un hogar medio melillense, de entre 3 y 4 integrantes, consume anualmente la primera cifra, que es la que se le factura. A día de hoy, la casi totalidad de los hogares melillenses cuentan ya con contador individual de consumo de agua, por lo que la discrepancia o diferencia no se sostiene con ninguna explicación racional. No pueden existir tantas piscinas privadas, ni las familias tienen el día entero los grifos abiertos, todo lo contrario. El recurrente recurso a las fugas tampoco se sostiene, porque si la pérdida de agua fuese el triple de la consumida, el suelo de la ciudad estaría permanentemente encharcado y todos los bajos inundados, y no es el caso. La posible población oculta debería ser de 100.000 personas, a añadir a los 80.000 empadronados, lo que tampoco parece creíble, ni digno de ser tenido en cuenta.

Ya tenemos 4º módulo, tras instalarse unas tuberías nuevas el año pasado, por parte de la Consejería de Medio Ambiente, que no es la responsable de la gestión de la planta, aunque sí de todo lo demas. Justo cuando deberíamos tener el máximo rendimiento, se produce el estallido más severo y casi definitivo. ¿Qué ha ocurrido, esto es lo que habrá que investigar y explicar? La opacidad es más espesa que nunca, justo cuando estamos oficialmente en la era administrativa de la transparencia. Aquí hay muchas cuestiones que resolver, y ninguna se dirige a lugares claros, sino todo lo contrario. La anterior administración decía que el gasto medio por hogar era de 316m3 y Guelaya afirmaba que el consumo oficial, que no real, era de 396m3. Tanto una cifra como otra, darían a entender que los melillenses pasamos el día entero sumergidos en el agua, Ambas cifras son míticas.

La otra cuestión pendiente sería la del embalse de Las Adelfas, inversión estratégica para proporcionar agua a Melilla durante 10 días, en caso de corte total de suministro, o incluso un mes si tuviese que producirse un corte táctico, debido a un sabotaje o un cataclismo en la planta Desalinizadora. ¿Por qué no está lleno nunca? ¿Por qué no está integrado en la red de suministro de agua?

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Najat el Hachmi en Melilla


Najat el Hachmi llegó a Melilla en viaje continuo desde Berlín. En la capital de Alemania dio una conferencia y aquí, en nuestra ciudad participó y se hizo con la Mesa redonda, en la que también intervenían el cineasta bereber Tarik el Idrissi, y el melillense Mohamed Hammú. Es imposible que en Berlín, o en cualquier otra ciudad se cuestione la participación de Najat en nada, aquí sí, y eso no es buena señal. Lo que en el mundo es una conferencia, en nuestra ciudad es un hito, y esto precisa de muchas reflexiones.

Najat es nacida en Beni-Sidel, localidad muy próxima a Melilla. Tarik es natural de Alhucemas, que también es muy cercana. Ambos son rifeños, como el presentador o conductor de la Mesa redonda, Hammú, como le llamamos los que le conocemos desde sus orígenes melillenses. Todos reivindican su propia identidad, su cultura, la cultura común de la que todos somos parte al vivir en Melilla y en el marco geográfico del Rif. Y Najat algunas cosas más, y esas cosas más, son las que marcaron la diferencia. Por eso la conferencia era también un hito.

Najat el Hachmi, nacionalizada española y afincada en Cataluña, se ha convertido en un referente, como novelista, como feminista, como articulista, como opinadora, como ejemplo de superación y lucha por su libertad, que ha alcanzado, aunque «asumiendo un coste por ello». Sin embargo, ahora es la mujer que quería ser, y no la que le habían impuesto por nacimiento. Por eso ahora es un ejemplo y un referente, y por eso tenía que estar en Melilla.

La sombra no estaba presente en el salón de actos de la UNED, ni en la mesa redonda, ni el encuentro, muy bien llevada por Hammú, el cuentacuentos, y autor también de varios relatos. Aun así, acechaba desde fuera. La consejera de Cultura, Elena Fernández, ofreció una rueda de prensa en la sala de exposiciones.

Nadie le puso nombre a la sombra, porque la sombra cambia y tiene muchos nombres y acecha bajo múltiples formas, como la intolerancia, el oscurantismo, el fanatismo. La única forma de disiparla, de liberarse de sus múltiples ataduras, es con la Cultura, con la Libertad, con la Democracia, con la Igualdad. Y estos nombres sí fueron mencionados.

Hasta siempre, Carlota


Cuando la mitad de uno se va

Héctor Faúndez Ledesma
Al retomar esta columna, pido perdón, a mis lectores, por distraer su atención
con un asunto tan personal, pero que necesito expresar en voz alta, como un sentido
homenaje a Carlota Leret O’Neill.
Es difícil hablar -o escribir- sobre una experiencia traumática que nunca antes
habíamos vivido en carne propia y que, por lo tanto, no conocíamos. Esta vez, la
desgracia ha tocado a mi puerta, trayéndome una inmensa carga de dolor. Perdí a
Carlota, mi esposa, mi amiga, y mi compañera de toda una vida. La conocí en Londres,
hace justo cuarenta y siete años, y de inmediato hubo entre nosotros una conexión
espiritual que, en lo que a mí concierne, ni siquiera la separación física ha podido
romper. Gracias a ella, y con ella, conocí y disfruté de la música de Nana Mouskouri, la
misma música que ahora me hace sufrir, y que escucho mientras escribo estas líneas,
recordando nuestra estancia en Londres. Al parecer, en la escuela nos habían enseñado
los mismos poemas -o habíamos leído los mismos libros-, porque nunca pude
sorprenderla, ofreciéndole, como propios, unos versos escritos por Gustavo Adolfo
Bécquer, Rubén Darío, Gutierre de Cetina, Jorge Manrique, o Pablo Neruda, pensando
en mujeres como ella.
Compartíamos las mismas inquietudes sociales y políticas, coincidíamos en
nuestras ideas sobre la religión, nos gustaba disfrutar de las cosas sencillas y, a veces,
también de las más sofisticadas. Viajamos juntos por casi medio centenar de países,
teníamos amigos a ambos lados del océano, y disfrutábamos de nuestro hogar, en el que
fuimos acumulando recuerdos de distintos lugares. Coincidimos, más de una vez -en
algún restaurant, o en el lobby de un hotel-, con figuras famosas del cine, la literatura, y
la política. Vivimos aventuras y experiencias inolvidables, siempre enriquecedoras –
unas pocas, fantásticas, muchas divertidas, algunas curiosas, y otras decididamente
peligrosas- que, cada cierto tiempo, nos encantaba rememorar, en compañía de nuestros
queridos amigos, en la terraza o junto a la chimenea. Jugamos, cantamos, reímos,
discutimos y, a veces, también lloramos; pero fuimos inmensamente felices.
Quienes tuvieron la oportunidad de conocer a mi querida Lotti (como la
llamábamos en familia), saben de su inteligencia y su cultura. Pero lo que la distinguía
era su gracia y su encanto especial, que transmitía confianza, alegría, y bondad. Iba por
la vida discretamente, sin hacer alardes de ningún tipo; su tono de voz era siempre suave
y educado, y trataba a todos con respeto y consideración. En su trabajo, que la llevó a
ser la gerente de compras internacionales de una prestigiosa empresa venezolana, sus
proveedores sabían que era dura negociando, pero también conocían de su rectitud, y de
que era mujer de una sola palabra, que la respetaba incluso en las circunstancias más
adversas. Como ella solía decir, el valor de la palabra empeñada es más valioso que un
contrato escrito y debidamente firmado. Su estilo no era jugar con cartas marcadas, y
nunca recurría a la intriga, al fraude o al engaño; era transparente y cristalina, como el
agua que trae el manantial. Pero, cuando era necesario, también sabía mostrar su
valentía, su entereza, y su carácter. Por eso, sus compañeros de trabajo la querían, pero
también la respetaban.
Amante de la libertad y la justicia, siempre hacía sentir su solidaridad a aquellos
que eran víctimas de la exclusión social, que eran perseguidos por sus ideas políticas,
que eran oprimidos por las mayorías, o que eran víctimas de la discriminación y la
intolerancia. Creía que la sociedad estaba en deuda con las mujeres, al no tratarlas como
iguales y al no otorgarles el lugar que merecían, no por ser mujeres, sino por su talento
y sus capacidades. Reconocía las diversidades culturales y el derecho de cada pueblo a
preservar su propia cultura, pero no a expensas de sacrificar la libertad y la dignidad de
las personas. Respetaba los proyectos de vida de cada cual, y defendía su derecho a
hacerlos realidad. Aunque puede que no compartiera exactamente las ideas, las
preferencias sexuales, o el estilo de vida de un colectivo en particular, quienes formaban
parte de esos sectores siempre tenían en ella a una amiga, y a una aliada en defensa de
sus libertades.

Lotti tenía un corazón de niña y un alma de gigante. En nuestro viaje a la India,
le afligieron -hasta las lágrimas- las decenas de manos extendidas que surgían de pronto,
víctimas de la miseria, pidiendo una limosna en cada semáforo, y en cada recodo del
camino. Sentía como propio el sufrimiento de los demás. No podía ver películas de
violencia. En Buenos Aires, en la Escuela de Mecánica de la Armada, que había servido
de centro de torturas de la dictadura militar, no resistió el relato del guía que nos
describía las atrocidades que allí se cometieron, y tuvo que apartarse para contener su
rabia, y las náuseas que le provocaban tanta maldad.
En su afán por compartirlo todo, disfrutaba de mis éxitos académicos o
profesionales, y sufría con mis tropiezos. Pero siempre estaba allí, para acompañarme,
tanto en los momentos de alegría como en los de tristeza. Ella era la voz que me
alentaba a hacer lo que sabía, y la que siempre me acompañaba en mis aventuras
quijotescas. Le molestaba que ningún gobierno venezolano jamás me hubiera tenido en
cuenta para nada; y costaba explicarle que eso se logra haciendo política, que yo no
militaba en ningún partido, que no medraba en torno a los círculos del poder, que no
sabía abrirme paso con el codo, y que me sentía contento con ser, simplemente, alguien
cuya vida siempre había girado en torno a la universidad. Sin embargo, aunque yo me
sentía feliz sólo con tenerla a ella, Lotti hubiera querido colmarme de todo lo que -con
razón o sin ella- creía que me merecía.
Un querido amigo decía -y lo sigue diciendo, a todo el que lo quiera oír- que
Lotti era la autora de mis libros y de todo lo que yo publicaba en esta columna, porque
ella era la única que tenía talento en la familia. Y no deja de haber algo de verdad en esa
afirmación. Respecto de mis artículos en estas páginas, antes de enviarlos a la redacción
del periódico, cada uno de ellos pasaba por la revisión de Lotti, quien siempre me hacía
observaciones atinadas. A veces, ella me advertía que había un párrafo que no se
entendía, o que el texto era demasiado técnico, o que era demasiado condescendiente
con los que mandan, o me hacía notar que faltaba una conclusión más firme y
contundente. Otras veces, consciente de que vivíamos bajo un régimen liberticida, me
pedía que quitara tal o cual frase, porque era demasiado peligrosa para mi libertad o mi
seguridad. Pero su sensibilidad, su ingenio, y sus ideas, siempre estaban allí. Ahora,
tendré que arreglármelas solo, sin su inspiración, y sin su orientación repleta de sentido
común.
Desde su muy temprana infancia, llevó una vida de novela, aunque ésta haya
comenzado con un drama terrible. Siendo muy niña, la Guerra Civil española le arrebató
a su padre -el Capitán Virgilio Leret Ruiz-, quien fue fusilado por no haberse plegado a
los golpistas, y por haber sido leal a la Constitución que, como militar, él había jurado
defender. En esos mismos días, la separaron de su madre -la escritora Carlota O’Neill-,
a la que encarcelaron por haber escrito la primera crónica de la guerra civil española.
Esas experiencias marcaron profundamente su vida, la hicieron madurar
emocionalmente, y forjaron su personalidad, sus ideas y su carácter. Después vendría el
exilio en Venezuela, que fue su refugio, y que, en democracia, le dio alas para soñar.
Tuvo la fortuna de que se rescatara del olvido la memoria de su padre, inventor
de un motor a reacción que, por los avatares de la guerra, no se llegó a producir, pero
que fue contemporáneo con los motores a reacción del inglés Frank Whittle y del
alemán Hans von O’Hain. Actualmente, una maqueta del motor del ingeniero
aeronáutico y Capitán Leret se exhibe en el Museo del Aire de Madrid, como uno de los
precursores de la aviación moderna. Paralelamente, las obras de su madre, la escritora
Carlota O’Neill, perdieron el polvo de las bibliotecas, fueron reeditadas una y otra vez,
y dieron origen a varias tesis doctorales, particularmente en Estados Unidos, España, y
Francia. Todo esto fue un motivo de orgullo y alegría para Lotti. Ella siempre quiso
escribir un libro sobre sus padres, asunto en el que, lamentablemente, ninguno de sus
familiares mostró interés en ayudarla y en tomar el testigo. Si hoy se conoce algo sobre
la vida de sus padres, sobre su aporte a la historia reciente de España, a la lucha por la
libertad en la época del franquismo, a la aviación, y a la literatura, es gracias a Lotti y
un puñado de amigos.

Me queda, como herencia, un enorme vagón, atiborrado de hermosos recuerdos.
Tuve el privilegio, y la dicha, de recorrer junto a ella buena parte de nuestras vidas, de
haber disfrutado de su amor, y de haberla amado con pasión. Doy gracias a la vida por
todo eso; no podía haber aspirado a nada mejor. Después de casi medio siglo juntos, su
presencia, su voz, sus ojos, sus caricias, su sonrisa siempre franca y sincera, su dulzura,
su serenidad, y toda ella, Lotti era parte de mi piel. Ella era, para mí, tan necesaria como
el aire que respiro. Ella me decía que los dos éramos como un solo cuerpo y una misma
voluntad. En los últimos tres o cuatro años, cuando su salud comenzó a quebrantarse, le
gustaba cuando nos quedábamos solos, porque decía que no necesitaba nada más; eso,
que era para mí el mayor de los elogios, era también un sentimiento compartido, que
sólo pueden comprender los que han conocido el amor. Ahora, ya no podré sostener sus
manos ni besar sus labios; ya no podré escuchar sus “palabras mágicas”, que eran un
festín para mi alma. Echaré de menos todo eso. Sin haber aprendido a caminar solo por
la vida, con su partida, siento que he perdido la mitad de mí mismo. ¡La mitad más
amable, más noble y más sensible! ¡La mejor mitad!
¡Hasta siempre, mi querida princesa!

Observaciones a un último 17 de Septiembre


Los melillenses quieren un día de Melilla. A lo largo de los 11 años del Alminar, su perfil fue inamovible: Homenaje al conquistador Estopiñán, parada militar, discurso oficial y concesión de Medallas de Oro en el salón Dorado. Todo muy frío y oficialista. Al principio se llevaba a cabo en el exiguo escenario de la plaza de Estopiñán y luego se desplazó a la plaza de Armas. No había participación pública, ni lúdica, ni se buscó otro contenido.

Va a haber muchos más «días de Melilla», pero el del presente año 2022 era el último de un ciclo que está a punto de desaparecer. Las imágenes de este 525 aniversario serán históricas por muchos motivos y por eso había que estar ahí, al menos los cargos institucionales. Si en algún lugar se han entendido las razones y objeciones de Coalición por Melilla, ha sido en El Alminar, y ahí están todos los artículos para comprobarlo. Sin embargo, entender, no significa justificar siempre. Por ello, la presencia institucional de Dunia Almansouri, vicepresidenta de la Asamblea, se ha echado de menos en Melilla la Vieja, a la vista de la soledad de las dos únicas integrantes del gobierno de coalición.

Estar presente, como cargo institucional, no significa reconocer a «Estopiñán», del que hemos escrito hasta aburrir, que su papel en la conquista está sobredimensionado. En cualquier caso, esto solo es una opinión de este blog y de su autor, como viene siendo desde hace 11 años. La estatua de Melilla la Vieja representa a un fantasma histórico, pero tampoco es el conde Drácula.

El que retiró la estatua de Estopiñán a los rincones de Melilla la Vieja fue Ignacio Velázquez, primer presidente de la Ciudad, con ocasión del V Centenario, que resultó un gran fiasco, entre otras cosas por la moción de censura que ya planeaba sobre su cabeza y por una presidencia a la deriva. Los actores y guionistas de aquella gran turbulencia siguen acechando, y la ciudad todavía espera conocer la calma, y la ausencia de enfrentamiento perpetuo.

En 2019, tras el cambio político suscitado por un resultado electoral abierto, se abrieron otras expectativas y esperanzas. La pandemia y la difícil coalición entre partidos, nos situaron en un perfil bajo de cambios. Nadie podía esperar este vuelco social y de costumbres provocados por el coronavirus. Por ello, el estar enfrentados a una 2ª versión de lo mismo, a uno y otro lado del espectro político, hace que la ciudadanía sienta inquietud. Estamos mejor que hace cuatro años, más libres, más tranquilos, pero ante una incertidumbre máxima. Lo más probable es que el resultado electoral siga dejando muchas puertas abiertas.

Así pues, este 525 Aniversario de Melilla no será olvidado. Era histórico y no se le ha sacado todo el lustre posible, y su significado será grande. Pese a todo, nos quedaremos con algunas imágenes irrepetibles, con los nombres de los condecorados con las Medallas de Oro, Carlos Baeza y Javier Imbroda, resultando muy generoso y entrañable el discurso de su viuda, Salvadora Acosta.

El gobierno en pleno sí estuvo en la plaza de Las Culturas, el gran espacio de celebraciones, junto a las murallas de la ciudad histórica. No faltó nadie a la cita en la plaza, que podría marcar el futuro de esta conmemoración, si se quiere seguir por esta senda. No habíamos vuelto a ver fuegos artificiales en Melilla la Vieja desde 1997. Falta promover la presencia y participación de la ciudadanía, pero eso ya lo hará, o no, otro gobierno. La vicepresidenta Gloria Rojas estaba ausente, pero también el diputado de la ciudad, Díaz de Otazu. Los diputados y consejeros de Coalición por Melilla estaban todos y al unísono. No ha habido fisuras y eso es de agradecer, por lo que representan.

No era la hora del ajuste personal de cuentas, pese a lo mucho que hayan hecho sufrir. En el que será uno de sus últimos discursos institucionales, algunos estimaron como inapropiadas, las manifestaciones personales expresadas por el presidente Eduardo de Castro, y eso aunque el anterior presidente jamás se ahorrase ninguna crítica pública, a nadie. El final, aun cuando todavía está lejos, es importante y distanciarse de los excesos del pasado, una necesidad.

El Rif en cuentos


El primer paso para recuperar una lengua es hacerla presente. Fijar y recuperar sus tradiciones orales, sus cuentos, sus leyendas, sus refranes. El hecho cultural y humano amazigh siempre estuvo ahí. La presencia física de sus restos, grafías, dibujos, aparecen sobre el terreno en muchos lugares. En su cábilas, en su aduares, vieron llegar a los fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes y finalmente a los castellanos. Sin olvidar tampoco la diáspora judía, que fundó pueblos y sagas familiares en todo el norte de África.

¿Cuál es el estado actual de «la cuestión amazigh» en Melilla? La respuesta es que está en situación de «respiración asistida», se conoce perfectamente qué debe hacerse, pero nadie se atreve a dar ese paso. Un plan para la recuperación de la lengua y la consolidación de la cultura amazigh debería haberse iniciado en el mismo momento en el que se aprobó el Estatuto en 1995. Todo ese tiempo es el que se lleva perdido. Las iniciativas que han surgido son temporales y estratégicas, y casi todas con finalidad política. La situación es que la cultura propia del Rif, se está retirando frente a la neo islamización cultural y religiosa, que trae aparejada la extensión del árabe. Desaparecen morabitos, tradiciones, el conocimiento de la historia de un pueblo, que mantuvo su identidad frente a todos los invasores del norte mauritano y marroquí.

Son pocos los que se atreven a dar el paso, y lo suelen hacer alejados de la zona, como el caso de Zoubida Boughaba y sus Cuentos Populares del Rif (2002), que al ser presentada en Melilla en 2020, se encontró el rechazo frontal de la Comisión Islámica, y el nulo apoyo de entidades o asociaciones amazigh, porque no existen. Mohamed M. Hammú, rifeño melillense, publicó en 2011 una colección de cuentos de memoria familiar, bajo el nombre Houria, junto a M.A. Monleón, afincados ambos en Granada. Los relatos son historia viva de la ciudad, en un pasado no tan remoto. La más reciente de todas las publicaciones es la de Karima Bouallal, natural de Alhucemas y profesora de la Universidad de Granada, que recopila Adivinanzas Populares Rifeñas, con el acierto añadido de presentar la transcripción fonética de las mismas, con grafía latina, lo que permite reconocer muchos vocablos. Se podría decir que no hay melillense que no conozca al menos 100 palabras de la lengua amazigh. Tanto el idioma y como el conocimiento están ahí, pero hacer falta recogerlo y ponerlo en valor y paridad, frente a la cultura española. Existe un estudio etnográfico y antropológico sobre las mujeres de Rif, de Araceli González Vázquez, titulado Mujeres islam y alteridades en el norte de Marruecos, que es de los más interesantes de los últimos tiempos, sobre las tradiciones, leyendas y ritos del Rif.

Faltan un pensamiento y una línea «amaziguista» (en expresión de nueva creación), en un ciudad que podría ejercer de centro irradiador de esta cultura, la propia del Rif, desde tiempos ancestrales.

Estrellarse contra un muro


Parábola de variada lectura

La lengua saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente. Víctor Klemperer

Si algo ha quedado muy claro a lo largo de esta extraña semana, última de abril, es que la parte del Gobierno de la ciudad que representa Coalición por Melilla, es que no contaban con la posibilidad de no derribar el muro del Parque Hernández. Llevaban dos años pergeñando el asalto al muro, e incluso tenían un plan B, que era incluir su demolición bajo otro epígrafe y nombre. La operación fue detectada por el muy hábil diputado de la oposición, y anterior consejero de Fomento y Medio Ambiente, Miguel Ángel Quevedo, lo que obligó a la actual Consejería de Infraestructuras y Deportes a retirar el proyecto, en lo que calificó como error administrativo. Siempre existen administrativos que comenten errores.

Si algo ha quedado muy claro en la presente semana, es que el otro partido de gobierno, el socialista, y su Consejera de Cultura, Elena Fernández Treviño, han parado el proyecto de demolición, que venía avalado por un informe sociológico creado e instigado ex profeso, por al menos tres consejerías de ese mismo gobierno, y presentando con gran aparato mediático. De no haber una realidad tan cambiante y acelerada, este suceso daría para hablar meses. Aun así, todas las entrevistas y declaraciones merecer ser archivadas, incluido el propio informe (una joya del dirigismo), para ser analizadas con más reposo y detalle.

El informe de SyM Consulting y sus perlas

El estudio se basa en 1008 entrevistas, de las cuales 200 se han hecho en el barrio del Real, algo más de 100 en el Centro, 120 entre Paseo Marítimo e Industrial, 80 en el Barrio de la Victoria, 50 en Cabrerizas, 78 en Calvo Sotelo/Libertad, 50 en Cabrerizas, 40 en el monte de Mª Cristina y otras tantas en el Hipódromo y así hasta completar las 1008.

El informe juega intencionadamente con conceptos como accesibilidad, dinamización, integración, sostenibilidad, sin mencionar nunca la expresión «derribo del muro», porque eran conscientes del posible rechazo de la población a la eliminación de un muro, que básicamente ha mantenido al parque en su superficie actual desde 1914, y ha contribuido a su preservación ecológica, pese a la agresión que supuso los años de Feria en el interior del recinto. Curiosamente el informe no menciona este importantísimo dato de su historia, como tampoco su caracterización como lugar de encuentro familiar, y los mil y un acontecimientos que se han celebrado en él. Es un parque de los melillenses, sin ningún tipo de distinciones.

El informe científico descubre que los melillenses visitan el parque pero no el centro de la ciudad, y también su reverso, que hay gente que visita el centro pero no el parque; por tanto, acuña esta críptica propuesta: «dar al Centro un Parque y al Parque una zona peatonal de ocio y compras creando un espacio común novedoso y adaptado a las demandas actuales que permitan revitalizar el espacio». Parece que vislumbra la posibilidad de instalar «cosas» dentro de él, en detrimento del espacio peatonal y ajardinado. Lo curioso es que el informe detalla el número de encuestas realizadas en cada barrio o distrito, al ofrecer el grado de apoyo a la iniciativa de situar el parque como «parte activa del Centro», pero nunca pregunta por el derribo del muro, pero no pondera su respuesta, por lo que falla en su proporcionalidad y distribución de la muestra.

Según el informe: a los melillenses nos gusta coger el coche para ir incluso hasta la casa de enfrente, porque la gasolina aquí es más barata y los vehículos también, lo que nos hace dependientes del automóvil. Para eliminar esta dependencia el informe alude a una red de transporte público integral de la que no detalla nada más (metro, tranvía, autobuses urbanos). El estudio dice que los responsables del colapso circulatorio y de aparcamientos que sufre el centro se debe a: la apropiación de los mismos por las personas que acuden a trabajar al centro de Melilla, y a la ocupación de los mismos por un lapso de tiempo de 12 horas. Para evitar esta apropiación, propone «fuertes multas y una zona azul con limitación horaria». No resuelve ni el problema de los residentes, ni el de las zonas de carga y descarga, ni tampoco el del acceso de vehículos de emergencias o transporte público (taxis), a la zona de exclusión, cada vez más amplia. Lo que tampoco explica el informe, es qué ocurrió con la pregunta relacionada con la presunta pertenencia a las comunidades religiosas: ¿Quiénes están más a favor o en contra de la integración activa del parque en el centro de la ciudad, y de su dinamización y eliminación de barreras físicas, así como de su sostenibilidad y modernización?

Presión política dentro de la Comisión de Patrimonio

Dos consejeros (Distritos y Medio Ambiente), no pertenecientes a la Comisión de Patrimonio, intervinieron en la misma, presionando y discutiendo duramente con la Consejera de Cultura, Presidenta de la misma. Ninguno había sido convocado formalmente. La intención de esa inusual presencia no podía ser otra que la de ejercer presión política sobre los integrantes natos y con derecho a voto de la Comisión de Patrimonio. Alguno de los presentes la califica como «la peor situación vivida en los últimos 20 años«, con una presión extrema, insólita para integrantes de un mismo gobierno, y que tienen otros canales y modos de comunicación.

La frase del Consejero de Infraestructuras y Deportes Rachid Bussian acerca de que «la Consejera Elena Fernández sucumbió a la presión mediática» (opinión pública), deja entrever que no acepta el resultado de la misma, aunque deberá cumplirla. También insinúa que ahora los melillenses saldremos perdiendo, porque «trastoca un segundo plan de urbanización» que uniría el pabellón de deportes Javier Imbroda, con el centro urbano. Este alude a un mega plan urbanístico que ampliaría «la zona de exclusión centro», a las calles del General Marina y avenida de La Democracia, apoyado por asociaciones de comerciantes y empresarios, que como recordamos, siempre han tenido un sistema pendular de opinión, apoyando esto mismo o lo contrario, en según qué época y momento.

Si hay zona azul, con pago por estancia limitada, y multas y restricciones de circulación, luego no pueden hacerse gratuitos los aparcamientos públicos en Navidad (Plaza de las Culturas e Isla de Talleres).

Reconocimientos, homenajes, distinciones


¿Es Melilla una ciudad que como Saturno devora a sus hijos? ¿Por qué costó tanto reconocer a Fernando Arrabal, por qué cuesta tanto aceptar el mérito de Javier Imbroda?

Cualquier reconocimiento, cualquier homenaje, cualquier distinción, debe estar precedida de un sentimiento popular amplio. Hacerlo desde el clan, desde el grupo, desde un sesgo político determinado, araña la popularidad y oculta el mérito de la persona.

El prematuro fallecimiento de Javier Imbroda, hijo de Melilla, ha sacado a la luz, como un relámpago, todos los méritos deportivos del que fuera entrenador del Mayoral Maristas, Unicaja, Real Madrid, selección de Lituania, y la selección absoluta de España de baloncesto, en donde ya es un mito inmarcesible. Todo ese pasado espléndido ha reverdecido en los labios y memoria de decenas de personas que convivieron y compartieron con él innumerables momentos y vivencias. La verdad es que no ha faltado nadie en destacar sus muchas cualidades personales y como entrenador deportivo del máximo nivel.

Los que no le conocimos, podemos hacernos una idea de su dimensión humana, leyendo y cribando todos esos recuerdos de personas de indudable calidad, como Pau Gasol, Valdemaras Chomucius o Nacho Rodríguez, quien publica en el diario Sur, una sentida y muy reveladora carta de homenaje.

Mientras todo el mundo habla, el silencio en Melilla es espeso y cortante. Hay una carta de la periodista Tania Costa: «Melilla espera más», que expresa muy bien ese sentimiento contenido y expectante.

El Alminar de Melilla es un blog de la ciudad, un legado para el futuro, y no podíamos quedar atrapados en ese silencio frustrante. Esta ciudad necesita nombres para el futuro, necesita ejemplos, y en un mundo que se fija en los deportistas y en el deporte como modo de superación personal y colectiva, el de Javier Imbroda deportista, es uno de esos ejemplos necesarios. Hacemos solo alusión a su faceta deportiva, porque en ella hay méritos objetivos e incuestionables para todas y todos. La autoproclamada ciudad y capital del deporte, no puede permitirse dejar escapar esta segunda oportunidad, para reconciliarse con uno de sus hijos más emblemáticos en esta faceta. ¿Qué es ese más que merece y por el que se preguntaba Tania Costa?

Lo vamos a decir muy claramente. No hay mayor honor para un melillense, que su nombre quede unido a la Medalla de Oro de Melilla, y también a alguna de sus calles más principales. Ambas cosas merece, porque este nombre seguirá apareciendo en los buscadores del futuro, ligado a la historia del baloncesto. Los reconocimientos en Andalucía van a sucederse en cascada, pero hay acciones que deben ser recordadas aquí.