La ciudad y los helicópteros


Nos hemos acostumbrado a oírlos. En Melilla son una sensación de seguridad y también de inquietud. Hemos aprendido a distinguir los vuelos rutinarios de los alarma o los de salto a las vallas del perímetro. En la península no suelen escucharse, salvo los de la costa, o los de extinción de incendios. Si los escuchas sobre las carreteras, es que debes tomar precauciones, pero todo eso suele ocurrir en verano. Lo normal es no oírlos. Si se escuchan se asocian a una señal de alarma. Los grises de los barcos de La Armada suelen verse en Cádiz, y atraviesan el cielo como los rayos, y con gran estruendo. Suelen ir a baja altura.. Se despliegan en misiones de adiestramiento y de vigilancia.

Los familiares y amigos peninsulares preguntan siempre si vivimos con miedo, pero eso no. Los melillenses, e imagino que ahora también los ceutíes, lo que vivimos es con incertidumbre, pero no sobre el futuro de las ciudades, que nadie verá otro mas que el actual, sino por el periodo que atañe a una vida, a una generación. Eso es algo que no existe en ninguna otra ciudad de España. Nadie malgasta un solo minuto de su tiempo en pensar sobre el futuro de la ciudad, o el propio en ella, y en sus calles. Melillenses y ceutíes estamos acostumbrados al tránsito, a ver desaparecer a amigos y conocidos de toda la vida, y a encontrártelos luego por las ciudades del sur peninsular, mayoritariamente. Esa es una de las leyes de Melilla, la sensación interna del nómada, del éxodo permanente, de la diáspora.

No esperábamos un mes tan agitado en septiembre, pero el 30 de julio cambió todo en Ceuta y en Melilla por el efecto de los vasos comunicantes. La incertidumbre ha tomado cuerpo, y se pasea como un fantasma por las calles de la ciudad. Se habla menos, se miran las cosas de otra manera. Eso sí, la población de ambas ciudades están acostumbradas al acoso, al asedio, al cierre a cal y canto de las fronteras, al incumplimiento de los Tratados firmados entre España y Marruecos. La pretensiones sobre la soberanía de ambas ciudades son como un espantapájaros que agitan al otro lado de la frontera, pero que esta vez se han sustanciado en forma de una invasión poblacional multitudinaria. Nadie sabe, porque es secreto de Estado, cuántas personas han entrado, cuántas han salido, ni cuántas quedan. El asalto a las fronteras españolas en Ceuta ha tenido un doble objetivo, uno probar cuántas personas pueden entrar en un máximo de dos días (100.000), el otro es la erosión de la ciudad, el socavamiento de la cohesión interna, de la confianza en el futuro personal, que no el de las ciudades.

Pero el futuro que nos importa es el que podemos ver, el que nos atañe directamente, y el que podemos dejar previsto en un periodo de tiempo razonable. Todo eso ha saltado como un cristal al que arrojas una piedra de gran tamaño. Toca reconstruirlo todo, mientras la batalla política se torna en ver quién se acerca más a la verdad, sin mentir de un modo ostensible. Mientras tanto los helicópteros sobrevuelan y recorren el perímetro y lo vigilan todo, incansablemente. Ellos seguirán ahí, nosotros también. Hay que mantenerse, por todos los que se mantuvieron en la larga noche de los 400 años.

Acostúmbrate a sufrir con paciencia las contrariedades, a escuchar en silencio lo que desagrada, a estar sosegado entre los turbulentos y a permanecer tranquilo entre el estrépito del mundo.

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