Calle Fernando Belmonte Montalbán


  Entrar en el callejero de una ciudad es el honor máximo. Otorga una visibilidad y una proyección absoluta, desde el pasado hacia el futuro. Once años después de su fallecimiento, el tiempo ha cribado cualquier controversia,  dejando solo como poso sus méritos, que eran muchos. El otorgar su nombre a una calle de Melilla es un justo reconocimiento,  especialmente por su decidida apuesta por la realidad multicultural e intercultural de nuestra ciudad, que plasmó en hechos, además de en declaraciones y posicionamientos personales, siempre desde una óptica de izquierdas, no dogmática, y sí muy social.

  El Instituto de las Culturas es una creación suya, y nunca debió ser relevado de él. Fue un error que no debió cometerse, que se agravó por la nula relevancia de su sustituto,  del que ni siquiera se recuerda el nombre.  Así se pasó de una entidad relevante y de gran proyección,  a algo anodino y que si subsiste, no se sabe su función.

Fernando Belmonte dejó como legado común a la Asociación Nana, que representó tras el descubrimiento de la placa, unas bonitas y entrañables danzas, le reconoce como su principal impulsor. Él fue el primero en descubrir el valor intrínseco de esta asociación, y el primero en apoyarla desde su Instituto. Su formación izquierdista (Partido del Trabajo de España) le permitió reconocer el valor de la cultura y del arte, como ascensor social, y como elemento de expresión de los que no tienen voz. El arte y la cultura te coloca en pie de igualdad.

En los años que transformaron Melilla (1980-1990), Fernando Belmonte trabajó desde el diario SUR como periodista comprometido. Esto quiere decir que sus crónicas y relatos periodísticos iban un poco más allá, pero preservando el papel principal. Ocurre que como nos dijo un periodista de El Mundo en una visita a Melilla: «La realidad es esta, o escribes la noticia o eres parte de ella. La dos cosas no». Cuando este ocurre, el periodista es objeto de las iras públicas. La realidad actual nos muestra que el periodismo de hoy en día es más político que informativo, y el de esas primeras décadas de la Democracia era en sentido inverso, en el que primaba la información sobre la tendencia.

Como ha dicho hoy Juan José Imbroda, presidente de Melilla, en el acto de homenaje: «Aunque proviniendo de trincheras diferentes, coincidimos en un campo común, la defensa de la multiculturalidad melillense, que es lo que nos hace diferentes«. Este es el legado que hay que preservar». Indudablemente no es lo mismo hacerlo desde la trinchera izquierda que desde la derecha, pero el reconocimiento a esa igualdad y paridad. Ese es el objetivo último al que se dedicó Fernando Belmonte. El Pacto por la Interculturalidad, que no pudo desarrollar él, representa una constitución interna de la ciudad, un reglamento de convivencia que representa su legado más firme. ¿Qué le faltó a Fernando Belmonte? Evidentemente todos estos años. Su obra escrita empezaba a ocupar en espacio, tanto su tesis sobre la lucha del Colectivo Musulmán por sus derechos civiles, como su inicio en el proceso de recuperación de la memoria de la lucha contra Franco en la Transición.

Fue también el descubridor de la potencialidad del NO-DO, que ahora nos administran desde RTVE, y consiguió traer a la ciudad todas las filmaciones sobre Melilla, que fueron más de las emitidas, como ahora se ha descubierto. Fernando, el adalid de la palabra escrita, descubría la potencialidad de las imágenes. Su pasión por el archivo del No-Do fue arrebatadora. Con la imagen no se puede mentir, y eso es lo que se descubre ahora con el No-Do oculto. La narración, el texto, el argumentario, normalmente se usan como sedantes para adormecer las imágenes, porque esta no puede negarse, aunque se intenta. Por eso en este blog se apoya el texto con las imágenes.

¿Qué hay de Fernando Belmonte en El Alminar? Pues probablemente más de lo que podamos identificar, pero hay una característica esencial que viene de él, y es la de mostrar desde el mismo título del artículo, lo que se quiere decir. Esto nos lo dijo hace mucho un policía nacional jubilado: «No estoy de acuerdo en lo que escribes, pero me gusta porque desde la primera línea se sabe lo que quieres decir». La acidez, la profundidad de lo que Fernando escribía, como hoy ha reconocido el presidente Imbroda, le hacía diferente. Era «una persona notable para la ciudad, que ahora se enorgullece de tenerlo en su callejero». A él, que tanto huía de este tipo de reconocimientos.

En mi cabeza siempre está presente su frase última, con esa mezcla de admiración y mordacidad con que las decía, algo así como el sabor del jengibre: «Una cosa tengo muy clara, si algún día me muero, quiero que mi obituario lo escribas tú». Lo cierto es que a estas alturas jamás pensé que hubieran pasado ya once años desde que la escribí. Deberíamos estar comentando todo lo que está sucediendo. Una de las calles más merecidas, y por unanimidad, algo que hay que agradecer a todos. Imagino lo que él hubiese comentado sobre este extremo: ¿estos también han votado?

Nota:La historia audiovisual de Fernando Belmonte | El Alminar de Melilla

Acostúmbrate a sufrir con paciencia las contrariedades, a escuchar en silencio lo que desagrada, a estar sosegado entre los turbulentos y a permanecer tranquilo entre el estrépito del mundo.

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.