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Nuevo mobiliario urbano


Nuevo mobiliario urbano

Nuevo mobiliario urbano

              A primera vista parece una cómoda salita de estar callejera. En una mañana soleada, sin demasiado calor, no sería mala idea disfrutar en la calle, sentados  en un cómodo sillón orejero, de los de toda la vida. En la sociedad del consumo, es difícil deshacerse de muebles y trastos viejos. En realidad, en nuestra ciudad se confía en el reciclado urbano, al margen de los contenedores y programas oficiales de separación de basuras. No hay nada que no puede ser reutilizado en Marruecos. Sin la labor diaria de los rebuscadores de basura, y sin la gente que se dedica a hacerse cargo de lo que ya no nos sirve, nuestras autoridades no serían capaces de  hacerse cargo de todas las cosas que desechamos. Una ciudad así sería más hogareña.

El deterioro del mobiliario urbano


       El mobiliario urbano debe estar pensado para cada tipo de ciudad. No es lo mismo instalar papeleras y banco de metal en Cuenca, que en una ciudad de costa como la nuestra, con un viento de levante muy agresivo y un ambiente salino que corroe el metal. Una farola de hierro galvanizado puede durar 100 años en Madrid y acabar convirtiéndose en atractivo turístico, y no tener una vida superior a 10 años en Melilla.

              Hay una parte de deterioro del mobiliario urbano que se puede achacar al vandalismo o al mal uso, sin embargo, otra parte es solo responsabilidad de los agentes ambientales, la corrosión natural. Una manera de paliar esos efectos es pensar el mobiliario adecuado para cada ciudad, evitando aquellos materiales inadecuados para este entorno. Para esto sería necesario estar pendiente de las cosas, gestionar, no volver a repetir los elementos urbanos que no hayan dado resultado, etc.

               Lo que realmente pasa es que todo es negocio: la instalación, el mantenimiento, el repintando, el nuevo pedido de mobiliario urbano. A un pedido le sucede otro y así el dinero se derrocha de modo constante. Si las cosas se pensasen bien, durarían mucho tiempo, y se gastaría la décima parte.

                    Cambiar, rediseñar, nuevas obras, rotondas. Todo es negocio, incluso hasta el de los árboles. Los árboles se ponen sin pensar en los ambientes de cada ciudad, porque también hay un tipo de árboles que deterioran el pavimento, o que producen alergias, pero claro, luego está el negocio de la tala y el podado.

                      Finalmente está la labor de retirar los restos del mobiliario urbano deteriorado para evitar los accidentes de los ciudadanos/as. Las personas se caen en las calles, se lesionan, y la mayoría de ellas no reclaman los daños al Ayuntamiento, cuando tienen la obligación de hacerse cargo de ellos. Una labor interesante, sería la de facilitar al ciudadano/a, los formularios de reclamaciones por accidentes en la vía pública. Claro que todo esto sería si tuviésemos Gobierno.

Nota: los precios de las cosas. (1) http://www.benito.com/prod/cat/TAF_MU_2011_ES.pdf

 (2)http://www.20minutos.es/noticia/2072164/0/arboles-ciudades/planificacion-urbanistica/errores/

Nuevas estampas ciudadanas


         Melilla, la ciudad difícil

Las papeleras de forjado son una tentación demasiado fuerte para la fundición de acero y ferralla de Selouanne. Todo lo que sea metálico y susceptible de ser convertido en colada de hierro, tarde o temprano desaparecerá de nuestras calles. Esto está pasando en cualquier ciudad de España. Todo se roba y se vende para obtener unos euros para sobrevivir; y existe una economía paralela que se nutre de este expolio constante al mobiliario urbano de las ciudades. Aun así y todo debemos reconocer dos cosas, una es que esta ciudad es especialmente difícil y la otra que nuestras autoridades municipales , por razones que están a la vista de todo el mundo, ya no dedican el 100% de su tiempo a la gestión de la urbe. No hay gobierno alguno, que después de 10 años de gestión, siga siendo eficaz, sin haber cambiado casi ninguno de sus hombres o mujeres. Algunos resultaron ineficaces desde el principio, por ser consejerías o áreas carentes de sentido y funciones, y otros se han ido anquilosando con el tiempo. El caso es que la anunciada renovación del gobierno nunca se ha producido, y la máxima del mismo es oír, callar y aguantar, como en la época de Franco. Una vez depositado el voto, el ciudadano ya no tiene control sobre nada. Solo nos necesitan un día cada cuatro años.

            La moda de candados y cadenas

   Resulta inquietante la facilidad con la que nos imponen algunas modas y costumbres, dirigidas desde nadie sabe dónde ni con qué intenciones. Una de ellas, aunque escribiremos de otras, es la relacionada con colocar candados e incluso cadenas de acero, como símbolo o expresión de amor eterno entre parejas (da igual que luego aquello no dure más de cinco años). Al menos las ferreterías sacaron algo de beneficio de esta costumbre, que afortunadamente parece ir desacelerándose, al menos en nuestra ciudad. En algunas partes de la ciudad, en barandillas de puentes, en pasamanos de rampas, se pueden ver enormes cadenas y candados, que no parecen tener otra finalidad que la de cumplir con aquella extraña moda.

Estampas ciudadanas insólitas


                   Todo es posible en Melilla

Todo es posible en Melilla. No hay nada que uno no pueda encontrarse por la calle, por muy inverosímil que pueda resultar. Una papelera sin fondo a la que no es posible echar nada porque cae inmediatamente al suelo. Un banco mal aparcado en las obras de la nueva rotonda de la avda. Duquesa de La Victoria. Un farolillo de adorno reventado de una patada inmisericorde. Farolas taladas cual si fueran árboles en cualquier zona de la ciudad, desde el mismo centro de la urbe hasta cualquier otro lado. Gestionar una ciudad y mantenerla es difícil, aun reconociendo el carácter extraño de Melilla, en la que parece que parte de los ciudadanos tienen algo contra ella y procuran su demolición a diario.

No es raro que suceda esto, porque el malestar ciudadano debe expresarse de alguna manera, y el destrozo del mobiliario urbano es algo común a todas la ciudades. Lo insólito es es que estas imágenes se mantengan durante meses, sin que nadie lo remedie, ni parezca importarle. Algo así como si no hubiera ninguna consejería encargada de arreglar estos desperfectos.

La vida cotidiana en Melilla


         Un contenedor de papel arde en plena calle en Melilla. La mayor de las veces son  actos intencionados, otras veces son combustiones espontáneas debido a las altas temperaturas o por que se arrojan materiales  no apropiados al contenedor. La reposición de mobiliario urbano en Melilla es un gasto fijo, como el de todas las ciudades españolas. Pese a que las cosas sufren un deterioro constante en nuestra ciudad, no parece que sea una de las que más destrozo o gasto tiene en este concepto. Ocurre que a veces se instala mobiliario urbano no apropiado para una ciudad marítima. Las papeleras y todos los elementos de “forjas Benito” ( http://www.benito.com/), con la que se han llenado parques en todas las ciudades de España, sufren una rápida corrosión en Melilla.

     Las viejas y pequeñas casas de las calles Infanta Elena y Cristina acusan ya el paso de los años. Algunos balcones se caen y precisan la intervención de Los Bomberos. La ciudad está llena de pequeños sucesos que rara vez ven la luz o llegan a conocerse. Hay otro mundo, inmenso, lejos de la actividad política, que aparece  como omnipresente. Hay pequeños sucesos que deterioran el entorno urbano y con los que la gente convive durante años, sin mostrar la más mínima queja.

        Esta invisibilidad hace que los gobiernos crean que no existen, hace que se olviden de determinadas áreas urbanas, que sin embargo están ahí. En esta calle, la de Las Infantas, sorprende el ridículo tamaño de la acera inmediata a los edificios, que más parece un bordillo ancho.  Ya me dedicaré otro día a las aceras insólitas.