





La intrahistoria periodística, de la visita de Los Reyes a Melilla
El 14 de octubre de 2026 quedará como una jornada histórica para Melilla, tras la visita a la ciudad, por primera vez en su reinado, del Rey Felipe VI y la Reina Letizia. Casi 100 años después de la última visita del Rey Alfonso XIII (1927), y tras casi dos décadas de la anterior visita Real, la de Juan Carlos I en 2007. Tres visitas Reales en 100 años. No es mala cifra.
Lo que nos interesa resaltar ahora, son los tres niveles en los que se materializa esa visita. Una es el nivel más visible, el más amplio, el popular, el de la ciudadanía. Es el que más interesa resaltar, el del contacto directo del Pueblo, en el que reside la soberanía nacional, del que emanan todos los Poderes. En teoría y sobre el papel, todo se hace en su nombre y por delegación, en el bautismo de las urnas, al que tanto se teme, y al que tanto se condiciona en su voto. Las calles llenas, miles de rostros e imágenes privadas y públicas, que serán mostradas en televisiones, en plataformas digitales, en la prensa escrita, en las revistas. Son cientos las opiniones y testimonios recogidos en las calles. Eso sí, tiene un condicionante grande, y es que solo se puede escoger un emplazamiento. Luego es difícil moverse entre las zonas acotadas. La suerte consiste en llegar pronto y que por ese lugar pasen los monarcas, la Jefatura del Estado. En esta ocasión, han sido un millar de ciudadanos los que han podido saludar físicamente a los Reyes, y tener una imagen con ellos. Los Reyes recorrieron casi un kilómetro de vallas, de modo completo, para saludar a la mayor cantidad de gente posible.
El otro nivel es el del estamento oficial, el más cercano de todos, y también el más restringido. Los cargos políticos elegidos de modo directo por el Pueblo, los designados por el gobierno de turno. Los representantes locales, los de los poderes del Estado, de las Fuerzas de Orden Público y Militar. Los representantes de asociaciones constituidas en toda la ciudad. Todos ellos asisten a la recepción oficial, y comparten momentos y saludos con los Reyes, y también tienen fotos individuales. En teoría representan a la ciudadanía que estaba en la calle.
El tercer nivel es el de aquellos que hacen posible todo esto, los periodistas acreditados para cubrir estas visitas, y luego divulgarlas. Son los colaboradores necesarios de la verdad política, aunque paradójicamente tengan luego «mala prensa», son la alfombra a la que todos sacuden cuando no reflejan aquello que que quieren, o del modo en el que debe ser. Es el nivel más sacrificado. Son los que están más cerca de todo, pero en los que nadie se fija. Casi nadie los saluda o reconoce. No hay fotografías colectivas de ellos, ni con ellos tampoco. Están en todo, en espacios muy acotados, con distancias mínimas de aproximación. Son movidos continuamente, como los peones de un tablero de ajedrez. Por su lado pasan los alfiles, las torres, los caballos y por supuesto, los Reyes del tablero. Son imprescindibles, cubren toda la visita palmo a palmo. Toman centenas de imágenes, que deberán seleccionar in situ, para las agencias o sus medios, y con suerte verán publicadas una pocas, o un minutaje relativamente corto, después de 12 horas de trabajo. Cambian de un lugar a otro, pero de eso nadie se dará cuenta jamás. Sin embargo, es la labor más interesante, la más satisfactoria, la más vigilada, de la que más recela el Poder Público, porque es sobre la que reposa todo este entramado. Y no es fácil entrar en ese grupo. El Alminar de Melilla lo ha conseguido.