Travesía del TesorilloAlférez Francisco SorianoRotonda colapsada El gran corteCalle Carlos de Lagándara
Se ha cerrado toda la avenida de Los Donantes de Sangre desde el principio hasta su final. Se ha cortado la mitad de la calle Luis de Ostáriz y su importante cruce con la calle Carlos de Lagándara, que es la salida natural y única del Barrio de la Libertad/Calvo Sotelo. A su vez, también se ha cortado esta última calle, lo que ha convertido este monte residencial en una «encerrona». No se podía salir del mismo por ninguna vía. Todo el tráfico, tanto el de ascenso como el de descenso (en la zona hay 4 colegios e institutos), contaba con solo dos calles para evacuar todo el tráfico que quedaba atrapado sin remedio posible. Son las de Auxilio Social y alférez Francisco Soriano.
Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, todos estos cierres se han producido sin comunicación previa a la ciudadanía, sin posibilidad de buscar rutas alternativas, y sin información en las propias calles sobre lo que estaba sucediendo o iba a suceder. No había tampoco presencia de agentes de la Policía Local, porque nadie les había avisado. Los cortes de las calles se produjeron a media mañana.
Escribimos solo para dar testimonio. Los cortes totales son como consecuencia del reasfaltado de la parte baja de Donantes de Sangre y del cruce con Luis de Ostáriz y Carlos de Lagándara. El atasco en el Tesorillo ha sido completo en toda la calle de Fernández Cuevas y del General Pintos. En la rotonda situada entre la calle del AlcaldeAntonio Díez y Altos de la Vía, no se podía circular en ningún sentido.
El área afectada y cortada es de las más grandes que se recuerdan. La situación continuará al menos hasta la próxima semana, y tampoco sirve de mucho utilizar el acceso por Alfonso XIII, porque las obras continuarán en la zona. Al menos, cuando todo se corta sin posibilidad de solución, lo que debe cerrarse es la regulación semafórica, tanto al final de General Pintos, como en Francisco Soriano, porque los semáforos activos iban colapsando cada vez más la zona.
Poco a poco, casi sin notarse, van desapareciendo establecimientos y nombres emblemáticos de la ciudad. La cafetería Martínez, frente al ambulatorio de la calle del General Polavieja, ha colocado el cartel de «Se vende», junto al rótulo con el nombre de la cafetería. Sigue manteniendo su actividad, aunque ya sólo en horario de mañana.
Desde su apertura, es una cafetería intercultural. Junto al clásico té moruno con churros, podía beberse un café con leche, un carajillo o una copa de anís, elementos clásicos de los desayunos de aquellos años, y que ya no están en boga en estos tiempos. A mediados de la década de los 90 era también un locutorio, un lugar para mandar fax, y con la universalización de Internet, fue una sala de conexión, con ordenadores disponibles para enviar los primeros correos electrónicos, y conectarse para enviar o recibir información. Los conocidos como cibercafés y que ya han pasado a la historia.
Está situada junto a otro establecimiento emblemático, la cafetería España Dos, que ha pasado por diversos cambios de propietarios en los últimos años. Ambos eran y son, lugares de desayuno habitual para los/as trabajadores y usuarios del Centro de Salud Zona Este.
Al llegar la crisis de 2009, fue uno de los primeros locales en establecer el «desayuno pagado», bien con las propinas o dejándolo pagado directamente. Con este sistema solidario, se acumulaban desayunos para quienes no pudieran hacerlo.
Ante el frenético ritmo de cierre y transformación de comercios, cafeterías y ante el riesgo de no poseer fotos ni recuerdos, últimamente, solemos fotografiar aquellos lugares en los que una vibración imperceptible indica la proximidad del fin o de un cambio. Se trata de dejar memoria y testimonio. Así hemos salvado a muchos locales en los que nos hemos dejado vida y recuerdos, de la desmemoria. Prácticamente no hay lugar que no tengamos en nuestros archivos fotográficos. Uno de esos lugares que echaremos siempre de menos, es la librería Internacional. Melilla necesita de una librería de libros antiguos.
La pandemia ha sido muy dura. El año 2020 los locales y negocios permanecieron cerrados casi todo el año. En 2021 se abrió con limitación de aforos y otras muchas restricciones. La cafetería Martínez ha atravesado todas estas visicitudes, y algunas más, como cierre del banco de Santander en la esquina de la misma calle o la desaparición de la antigua residencia de mayores y de otros conocidos establecimientos, como las Bodegas Guerrero. Aún así, la presencia del Cine Perelló y de nuevos establecimientos comerciales, mantiene una adecuada afluencia de clientes.
Como dice la esposa de Manolo, el propietario, y también trabajadora del establecimiento, son muchos recuerdos y muchos años de vivencias en la cafetería.
Objetivo Sabrina MohLa oposiciónGloria Rojas en procesiónLas diputadasAlineando el cañón
Muhammad Ibn Abú Amir, Al Mansur, nacido en Torrox, gran Visir de Al Ándalus, el invicto, y al que los Trinitarios conocemos como Almanzor, utilizaba los tambores en las batallas, para provocar confusión y miedo entre sus enemigos, que podían ser todos aquellos que osaran desafiar su poder, tanto dentro del Califato, como entre los Reinos cristianos. Se mostraba igualmente implacable con todos. Sus aceifas asolaron la península durante dos décadas, hasta que unas heridas, o una enfermedad contraída en Calatañazor, le enfrentaron a la única batalla en la que no se vence, en 1002. Hay que tener en cuenta que en el año 1000 no se empleaban términos como musulmanes, islámicos, cristianos o españoles. La metáfora es que todo poder acaba, y que toda gloria encuentra su final. El error de Almanzor fue perder de vista que, aunque muy poderoso y eminente, era el visir, no el califa, y que sus acciones provocaron la unión de todos en su contra, acelerando con sus acciones el fin del califato de Córdoba, que apenas le sobrevivió 30 años. Esta es la primera parte de la parábola.
En febrero de 1939, las tropas de Franco rodeaban a Madrid, sin posibilidad de auxilio, salvo por el Norte. Barcelona había caído y la totalidad de los frentes eran ya estables. El gobierno estaba internamente dividido y no fue capaz de presentar un frente común antes de la caída definitiva, que se produjo en abril. Republicanos y comunistas libraron una cruenta batalla en las calles madrileñas, antes de entregar la capital y el resto de territorios (todavía en manos del Gobierno) al general Franco que ya daba muestras de impaciencia. El final no pudo ser más triste: la lucha intestina, antes que la unión frente al adversario común. Solo los socialistas, los militares republicanos y algunos anarquistas, fueron los últimos defensores de La República. Esta es la segunda parte de la parábola, que se asemeja bastante, a lo que estamos viendo en este último día de septiembre, con respecto al Gobierno de Melilla. De esto fuimos testigos el pasado Día de Melilla.
Los tambores de guerra se iniciaron el 17 de Septiembre
¿Puede un socio de gobierno (CPM), celebrar como éxito la admisión a trámite de una querella contra la Delegada del Gobierno en Melilla, sin resquebrajar la «supuesta unidad» y cohesión del mismo? En realidad se puede, y se ha hecho, lo que no puede es salvaguardarse ya, la unidad de acción. Pretender seguir juntos se torna imposible, y los hechos de marzo de 1939 lo demuestran. Cuando se acaben los tiros internos, las tamborradas y los cañonazos, ya no quedará defensa alguna frente al rival político. Y todas las fuentes próximas al gobierno de Eduardo de Castro, coinciden en señalar que la situación interna es mucho peor de lo que aparenta. En la situación actual, la derrota es segura.
Tras una atenta relectura de todo lo sucedido, desde El Alminar de Melilla señalamos el 17 de septiembre, 525º aniversario de la ciudad, como el del inicio de la voladura controlada del gobierno en ejercicio. Aquel día, importante por todo excepto por el fundador Estopiñán, el imprevisible discurso presidencial, resultó ser una granada de mano lanzada en medio de la sala de mando. La preparación y el contenido del discurso, correcto y gris hasta su explosivo final, estaba calculado al milímetro.
Al igual que en marzo de 1939 en Madrid, el todavía gobierno se dividió en varias facciones enfrentadas entre sí. Socialistas frente a comunistas, militares frente al gobierno y los anarquistas contra todos, pero contra los comunistas antes que contra nadie. Olvidándose todos de Franco, que esperaba enfrente.
La pretensión de un sector de Coalición por Melilla, de actuar contra la Delegada del Gobierno Sabrina Moh en los tribunales de Justicia, sin que ello conlleve una ruptura total con los socios socialistas, resulta tan vana como absurda. equivalente a la guerra parcial de Putin. En solo un día, ya ha arrastrado a un partido contra otro, como no podía ser de otra forma. El Partido Socialista defiende a su Delegada, y Coalición por Melilla arremete contra todo el PSOE, evidenciando que el problema ya no es Sabrina, a la que quieren ver caer como a Juana de Arco, o la Kahina, por utilizar símiles ambivalentes. Es más, la sensación desde el exterior, desde la posición observador que nunca abandonamos, es que se trata de una estrategia de tensión, que se va incrementando con cada acción.
A esto no escapa ni es casual, la alianza táctica con Compromís, o la permanencia en el gobierno del expresidente de VOX, o los apoyos tácticos como mayoría sustentante, tanto del diputado Jesús Delgado Aboy y como del disidente socialista Moha Mohamed Moh, del que no se sabe a qué grupo pertenece o en qué posición está. La estrategia y la táctica están ya claras: incomodar hasta el límite al Partido Socialista para provocar algún cambio, siendo el de la Delegación del Gobierno el objetivo principal, y en el que se están concentrado todos los esfuerzos, aunque ello equivalga al suicidio del gobierno. El que juega a la ruleta rusa, acaba encontrando la bala.
El diputado número 13
El objetivo principal es Sabrina Moh, el secundario Gloria Rojas, a la que se le ha sembrado una supuesta candidata alternativa a las primarias socialistas del 7 de octubre, en la que se dirime quién será la cabeza de lista a las municipales de mayo. No hay opciones, pero la candidatura forzada solo pretende medir los apoyos de Gloria Rojas, y no los de «la candidata nadie«, con todos los respetos hacia ella. Si la actual secretaria general no vence con una abrumadora mayoría, el segundo asalto se dirigirá contra ella. El objetivo es emparedar a los 3 diputados socialistas, y así Coalición por Melilla se las verá a vida o muerte, política, con su rival, pero no antagónico, que no es otro que el Partido Popular, de Juan José Imbroda.
La opción nuclear
Esta opción sería desintegrar el propio núcleo de la mayoría gobernante, y provocar la salida del PSOE del gobierno melillense, llegando a las elecciones de mayo en solitario, con solo 11 diputados. Es una opción arriesgadísima, pero no lo suficientemente descabellada, como para no intentarla en un momento desesperado. El presidente De Castro ya no se puede moverse de su papel de comparsa, y sustentarían esa exigua mayoría los dos diputados flotantes, contra la que el PP no actuaría, porque su única táctica ahora es no cometer un solo error. Sabemos que ya lo están viviendo, pero las tres diputadas socialistas van a vivir un auténtico calvario de aquí al mes de mayo.
Nota: Los ejemplos históricos que hemos utilizado no se corresponden con ninguno de los personajes en liza. Los mencionados por su nombre, únicamente lo son en el estricto sentido expresado.
¿Árbol o terraza?Accidente calle de La LegiónPlataforma única del Real
En un blog que no solo es literario, sino que es parte del propio devenir de la ciudad, que crece y se desarrolla con ella, la actualidad y los acontecimientos imponen sus propios ritmos y exigencias. No solo es el autor el que escribe y organiza una serie de tema. La ciudad está ahí fuera y formamos parte de ella.
Melilla está mal iluminada. Hay muchas farolas, muchas luces, pero a pie de asfalto o de plataforma única, hay poca visibilidad en muchos puntos de la ciudad. Pese a los accidentes más violentos, la realidad muestra que la velocidad media en el contador de un vehículo, no supera los 15 km/h. Hay muchos golpes, pero suelen ser leves para los vehículos, y no demasiado graves para los peatones y conductores, cuando estos resultan implicados, o son víctimas de ellos.
Las ultraterrazas han llegado para quedarse, sobre todo las que son instalaciones fijas de metal, ocupando el espacio destinado a los aparcamientos públicos, y también el de los bulevares. Hablamos en este caso del barrio del Real. El anterior gobierno cesó su mandato en 2019, sin redactar un reglamento claro sobre las terrazas y la ocupación de la plataforma única de la calle de La Legión. Como no sabían resolver el problema creado, fueron prorrogando las prórrogas y el problema quedó listo para el siguiente gobierno, que fue el actual. Sin embargo, llegó la pandemia y lo prorrogado se convirtió en casi derecho de ocupación, y se extendieron nuevos permisos temporales, que camino van de ser definitivos.
Pero no es esta la cuestión, sino la de la escasa visibilidad en las intersecciones del barrio del Real, cuestión que se acrecienta por las noches, cuando todos los gatos son pardos. La plataforma única redujo el espacio para peatones y vehículos, que no pueden ser expulsados porque son barrios populosos. La vulnerabilidad del peatón se redujo instalando verjas de hierro en algunas zonas, que al estar situadas sobre el límite de la calzada, dificultan la maniobrabilidad hasta el límite. Además, se impidieron algunos giros hacia el exterior (calle Capitán Arenas) que desahogarían el tráfico en la vía principal, y se llenaron las esquinas con los terribles maceteros-abrelatas, aparte de las señales y postes.
Pero siempre hay algo peor que lo anterior y son las terrazas fijas de forja, ocupando todo el espacio disponible hasta el mismo borde de la calzada y de las esquinas de giro. Algunas de ellas prácticamente tapan cualquier resto de visibilidad. El espacio es tan exiguo para todo, que esta misma tarde, un vehículo y una motocicleta han coincidido en el mismo espacio. Parece que solo se han rozado, pero la motocicleta ha acabado en el suelo, y el vehículo estrellado contra el árbol, porque la terraza metálica estaba haciendo barrera en el otro lateral.
Esta es la situación. Ante algo imprevisto, solo queda la opción de contra qué objeto estrellarse. Afortunadamente nadie iba rápido, pero encaja con esta reflexión pendiente. Y que nadie brame contra los coches, porque ahora mismo los que más peatones están atropellando son los patinetes eléctricos.
Libros de Javier MaríasCrono arrastrando el tiempoJavier Marías
Javier Marías, el escritor intimista
Bajo el foco de la muerte, acaecida en Madrid el 11 de septiembre, apenas unos días antes de cumplir los 71 años, cobran un sentido nuevo, algunas de sus novelas, como la que da título a este artículo. A diario, en distintas bocas, y como gran conclusión solemne, escuchamos la sentencia que todo lo puede: «el tiempo coloca a cada uno en su sitio», pero que realmente no es cierta, porque entre otras cosas, al tiempo no le importamos nada, es más, no nos tiene ni en consideración. ¿Cuál sería el lugar de un escritor tan diferente como Javier Marías? No puede responderse, pero éste no, ni en este momento. La pandemia del Covid, oficialmente acabada, y de la que ya casi ni se refieren las estadísticas, se sigue cobrando nuevas vidas, algunas tan significativas como la suya.
En Negra espalda del tiempo, Javier Marías intenta deshacer algunos enredos creados por una novela anterior Todas las almas, que recrea el ambiente de Oxford, ciudad en la que pasó 2 años como profesor. Sin embargo, la novela es muchas cosas más, porque intenta precisar nuestra capacidad o imposibilidad para describir la realidad, o escribir sobre ella, sin que se desprendan sobre el texto retazos biográficos, alteraciones, confusiones.
«Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión, como todo el mundo, no solo los novelistas, no solo los escritores». Al intentar contar algo, lo deformamos: «porque la palabra -incluso la hablada, incluso la más tosca- es en sí misma metafórica y por ello imprecisa», escribía en la obra mencionada, en 1998.
Quizá la proximidad del nuevo milenio, o algún acontecimiento no precisado, le llevó a ocuparse sobre la trascendencia de la obra, de la novela, sobre el propio autor: «Su final quedará también fuera, y seguramente coincidirá con el mío, dentro de algunos años, o así lo espero. O puede que me sobreviva ese fin como nos sobrevive casi todo lo que emitimos o nos acompaña o causamos, duramos menos que nuestras intenciones. Dejamos demasiado puesto en marcha y su inercia tan débil nos sobrevive».
«Los libros que escribimos pero también los que solo compramos y una vez leímos o permanecieron cerrados hasta el final en su estante y proseguirán en otro sitio su vida de espera a la espera de que otros ojos más ávidos o sosegados». También, pero esto ya no lo escribió, los libros esperan en sus estantes a que un nuevo acontecimiento, una manera diferente de leerlos y entenderlos, aporten un significado que en su momento no entendimos, ni vimos.
Al escribir sobre texto y nombres ya olvidados, les damos nueva vida, otra oportunidad: «O dicho de otra manera, seré memoria suya sin haberlos visto y sin que ellos pudieran preverme en su tiempo ya perdido, seré su fantasma». Esto es lo que hacemos al escribir o recordar a quienes no hemos conocido.
«La ciudad de Oxford, donde casi nada se ignora, y lo que se ignora se crea y si no se inventa. Qué peligrosas las voces con crédito, las autorizadas, las que nunca mienten, como si aguardaran el día en que de veras valga la pena o les toque hacerlo, y entonces persuaden sin ningún esfuerzo de lo más fantástico o ponzoñoso. Puede que la mía vaya siendo una de esas, por la edad y algún escrito. Pero yo nunca miento». Una formidable advertencia escrita hace un cuarto de siglo. Lo que nos sobreviva, es algo que no podemos saber.
Carlota Leret O´NeillCarlota y su hija LauraFirmando su libroLos numerosos amigos de CarlotaLa Resistance en Los Salazones
Cuando la mitad de uno se va
Héctor Faúndez Ledesma Al retomar esta columna, pido perdón, a mis lectores, por distraer su atención con un asunto tan personal, pero que necesito expresar en voz alta, como un sentido homenaje a Carlota Leret O’Neill. Es difícil hablar -o escribir- sobre una experiencia traumática que nunca antes habíamos vivido en carne propia y que, por lo tanto, no conocíamos. Esta vez, la desgracia ha tocado a mi puerta, trayéndome una inmensa carga de dolor. Perdí a Carlota, mi esposa, mi amiga, y mi compañera de toda una vida. La conocí en Londres, hace justo cuarenta y siete años, y de inmediato hubo entre nosotros una conexión espiritual que, en lo que a mí concierne, ni siquiera la separación física ha podido romper. Gracias a ella, y con ella, conocí y disfruté de la música de Nana Mouskouri, la misma música que ahora me hace sufrir, y que escucho mientras escribo estas líneas, recordando nuestra estancia en Londres. Al parecer, en la escuela nos habían enseñado los mismos poemas -o habíamos leído los mismos libros-, porque nunca pude sorprenderla, ofreciéndole, como propios, unos versos escritos por Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Gutierre de Cetina, Jorge Manrique, o Pablo Neruda, pensando en mujeres como ella. Compartíamos las mismas inquietudes sociales y políticas, coincidíamos en nuestras ideas sobre la religión, nos gustaba disfrutar de las cosas sencillas y, a veces, también de las más sofisticadas. Viajamos juntos por casi medio centenar de países, teníamos amigos a ambos lados del océano, y disfrutábamos de nuestro hogar, en el que fuimos acumulando recuerdos de distintos lugares. Coincidimos, más de una vez -en algún restaurant, o en el lobby de un hotel-, con figuras famosas del cine, la literatura, y la política. Vivimos aventuras y experiencias inolvidables, siempre enriquecedoras – unas pocas, fantásticas, muchas divertidas, algunas curiosas, y otras decididamente peligrosas- que, cada cierto tiempo, nos encantaba rememorar, en compañía de nuestros queridos amigos, en la terraza o junto a la chimenea. Jugamos, cantamos, reímos, discutimos y, a veces, también lloramos; pero fuimos inmensamente felices. Quienes tuvieron la oportunidad de conocer a mi querida Lotti (como la llamábamos en familia), saben de su inteligencia y su cultura. Pero lo que la distinguía era su gracia y su encanto especial, que transmitía confianza, alegría, y bondad. Iba por la vida discretamente, sin hacer alardes de ningún tipo; su tono de voz era siempre suave y educado, y trataba a todos con respeto y consideración. En su trabajo, que la llevó a ser la gerente de compras internacionales de una prestigiosa empresa venezolana, sus proveedores sabían que era dura negociando, pero también conocían de su rectitud, y de que era mujer de una sola palabra, que la respetaba incluso en las circunstancias más adversas. Como ella solía decir, el valor de la palabra empeñada es más valioso que un contrato escrito y debidamente firmado. Su estilo no era jugar con cartas marcadas, y nunca recurría a la intriga, al fraude o al engaño; era transparente y cristalina, como el agua que trae el manantial. Pero, cuando era necesario, también sabía mostrar su valentía, su entereza, y su carácter. Por eso, sus compañeros de trabajo la querían, pero también la respetaban. Amante de la libertad y la justicia, siempre hacía sentir su solidaridad a aquellos que eran víctimas de la exclusión social, que eran perseguidos por sus ideas políticas, que eran oprimidos por las mayorías, o que eran víctimas de la discriminación y la intolerancia. Creía que la sociedad estaba en deuda con las mujeres, al no tratarlas como iguales y al no otorgarles el lugar que merecían, no por ser mujeres, sino por su talento y sus capacidades. Reconocía las diversidades culturales y el derecho de cada pueblo a preservar su propia cultura, pero no a expensas de sacrificar la libertad y la dignidad de las personas. Respetaba los proyectos de vida de cada cual, y defendía su derecho a hacerlos realidad. Aunque puede que no compartiera exactamente las ideas, las preferencias sexuales, o el estilo de vida de un colectivo en particular, quienes formaban parte de esos sectores siempre tenían en ella a una amiga, y a una aliada en defensa de sus libertades.
Lotti tenía un corazón de niña y un alma de gigante. En nuestro viaje a la India, le afligieron -hasta las lágrimas- las decenas de manos extendidas que surgían de pronto, víctimas de la miseria, pidiendo una limosna en cada semáforo, y en cada recodo del camino. Sentía como propio el sufrimiento de los demás. No podía ver películas de violencia. En Buenos Aires, en la Escuela de Mecánica de la Armada, que había servido de centro de torturas de la dictadura militar, no resistió el relato del guía que nos describía las atrocidades que allí se cometieron, y tuvo que apartarse para contener su rabia, y las náuseas que le provocaban tanta maldad. En su afán por compartirlo todo, disfrutaba de mis éxitos académicos o profesionales, y sufría con mis tropiezos. Pero siempre estaba allí, para acompañarme, tanto en los momentos de alegría como en los de tristeza. Ella era la voz que me alentaba a hacer lo que sabía, y la que siempre me acompañaba en mis aventuras quijotescas. Le molestaba que ningún gobierno venezolano jamás me hubiera tenido en cuenta para nada; y costaba explicarle que eso se logra haciendo política, que yo no militaba en ningún partido, que no medraba en torno a los círculos del poder, que no sabía abrirme paso con el codo, y que me sentía contento con ser, simplemente, alguien cuya vida siempre había girado en torno a la universidad. Sin embargo, aunque yo me sentía feliz sólo con tenerla a ella, Lotti hubiera querido colmarme de todo lo que -con razón o sin ella- creía que me merecía. Un querido amigo decía -y lo sigue diciendo, a todo el que lo quiera oír- que Lotti era la autora de mis libros y de todo lo que yo publicaba en esta columna, porque ella era la única que tenía talento en la familia. Y no deja de haber algo de verdad en esa afirmación. Respecto de mis artículos en estas páginas, antes de enviarlos a la redacción del periódico, cada uno de ellos pasaba por la revisión de Lotti, quien siempre me hacía observaciones atinadas. A veces, ella me advertía que había un párrafo que no se entendía, o que el texto era demasiado técnico, o que era demasiado condescendiente con los que mandan, o me hacía notar que faltaba una conclusión más firme y contundente. Otras veces, consciente de que vivíamos bajo un régimen liberticida, me pedía que quitara tal o cual frase, porque era demasiado peligrosa para mi libertad o mi seguridad. Pero su sensibilidad, su ingenio, y sus ideas, siempre estaban allí. Ahora, tendré que arreglármelas solo, sin su inspiración, y sin su orientación repleta de sentido común. Desde su muy temprana infancia, llevó una vida de novela, aunque ésta haya comenzado con un drama terrible. Siendo muy niña, la Guerra Civil española le arrebató a su padre -el Capitán Virgilio Leret Ruiz-, quien fue fusilado por no haberse plegado a los golpistas, y por haber sido leal a la Constitución que, como militar, él había jurado defender. En esos mismos días, la separaron de su madre -la escritora Carlota O’Neill-, a la que encarcelaron por haber escrito la primera crónica de la guerra civil española. Esas experiencias marcaron profundamente su vida, la hicieron madurar emocionalmente, y forjaron su personalidad, sus ideas y su carácter. Después vendría el exilio en Venezuela, que fue su refugio, y que, en democracia, le dio alas para soñar. Tuvo la fortuna de que se rescatara del olvido la memoria de su padre, inventor de un motor a reacción que, por los avatares de la guerra, no se llegó a producir, pero que fue contemporáneo con los motores a reacción del inglés Frank Whittle y del alemán Hans von O’Hain. Actualmente, una maqueta del motor del ingeniero aeronáutico y Capitán Leret se exhibe en el Museo del Aire de Madrid, como uno de los precursores de la aviación moderna. Paralelamente, las obras de su madre, la escritora Carlota O’Neill, perdieron el polvo de las bibliotecas, fueron reeditadas una y otra vez, y dieron origen a varias tesis doctorales, particularmente en Estados Unidos, España, y Francia. Todo esto fue un motivo de orgullo y alegría para Lotti. Ella siempre quiso escribir un libro sobre sus padres, asunto en el que, lamentablemente, ninguno de sus familiares mostró interés en ayudarla y en tomar el testigo. Si hoy se conoce algo sobre la vida de sus padres, sobre su aporte a la historia reciente de España, a la lucha por la libertad en la época del franquismo, a la aviación, y a la literatura, es gracias a Lotti y un puñado de amigos.
Me queda, como herencia, un enorme vagón, atiborrado de hermosos recuerdos. Tuve el privilegio, y la dicha, de recorrer junto a ella buena parte de nuestras vidas, de haber disfrutado de su amor, y de haberla amado con pasión. Doy gracias a la vida por todo eso; no podía haber aspirado a nada mejor. Después de casi medio siglo juntos, su presencia, su voz, sus ojos, sus caricias, su sonrisa siempre franca y sincera, su dulzura, su serenidad, y toda ella, Lotti era parte de mi piel. Ella era, para mí, tan necesaria como el aire que respiro. Ella me decía que los dos éramos como un solo cuerpo y una misma voluntad. En los últimos tres o cuatro años, cuando su salud comenzó a quebrantarse, le gustaba cuando nos quedábamos solos, porque decía que no necesitaba nada más; eso, que era para mí el mayor de los elogios, era también un sentimiento compartido, que sólo pueden comprender los que han conocido el amor. Ahora, ya no podré sostener sus manos ni besar sus labios; ya no podré escuchar sus “palabras mágicas”, que eran un festín para mi alma. Echaré de menos todo eso. Sin haber aprendido a caminar solo por la vida, con su partida, siento que he perdido la mitad de mí mismo. ¡La mitad más amable, más noble y más sensible! ¡La mejor mitad! ¡Hasta siempre, mi querida princesa!
El GobernadorEdificios abandonadosÁrea completaAzotea y plaza de Estopiñán
Para que todo quede claro desde el principio, diremos que este yacimiento fue abandonado en 2012, y dejado a su suerte, así como el edificio entero. Se albergaron muchas esperanzas de encontrar algo significativo aquí, pero sin que nadie diese explicación alguna se abandonó hasta el edificio, que en la actualidad es pura y dura ruina. Ya no hay tiempo ni para lamentarse. Toda la calle de San Miguel está deshabitada, bueno, toda no. En el edificio del Gobernador de la Plaza de Melilla hay vida, pero de desclasados. Todas las tardes, al caer el sol, los habitantes nocturnos saltan la verja, con considerable riesgo para su integridad física. La ropa puesta a secar, e incluso la basura, prueban lo que decimos.
Todas las semanas algún vecino conocido nos alerta para que subamos a comprobar el estado de la ciudad vieja con nuestros propios ojos. Los vecinos residentes en las calles y casas colindantes a la desolada Área 51, vigilan para que nadie se asiente en el primer barrio de Melilla, el de Medina Sidonia.
La selva, la maleza, la basura y todo tipo de sedimentos cubren toda la superficie del mítico yacimiento melillense, y también el único, desde una punta hasta la otra. Incluso la nueva zanja también se ha llenado de maleza. Lejos de encontrar la Rusadir fenicia, lo que parece que apareció fue un depósito de ánforas y de loza rota, junto a cimentaciones medievales, y resto de muros de época romana, o ese decían. De lo que tampoco hemos vuelto a saber nada es de los miles de fragmentos cerámicos y otros utensilios hallados a lo largo de los años de excavaciones. No están expuestos, catalogados, digitalizados o clasificados en lugar alguno.
Después de 11 años de vigilancia, observación y visitas, ninguna con permiso, porque nadie nos facilitó nunca nada. Todo ha sido gracias a la colaboración ciudadana, que nos ha abierto puertas, ventanas y tejados. Así pues y pasada una década, concluimos aquí las expediciones al Área 51, que tantos momentos de gloria nos ha dado.
Solo damos fe del desastre y del fin. Recuperar el edificio del Gobernador costará un potosí, y desbrozar toda es maleza, firmemente enraizada en el suelo, liquidará muros, y cualquier otra cosa que pudiera quedar. En los alrededores sólo hay ruinas y abandono. Pero todo esto ya lo harán otros.
Blog de Julio Alejandre, autor de las novelas Reporte de una boda y un entierro, Las islas de Poniente y La corona del marReporte de una boda y un entierro.