Alejandro de Macedonia en Afganistán *



En el año 330 aC., Alejandro de Macedonia llegó hasta la ciudad persa de Zadracarta, ciudad próxima a la actual ciudad Iraní de Bender Chah. Las guerras entre persas y griegos venían siendo una constante desde hacía varios siglos, pero nunca un occidental o europeo había llegado tan lejos. Las dos caras de la misma civilización humana, Oriente y Occidente iban a entrar en colisión y mezcla de modo definitivo y precisamente en un escenario de absoluta actualidad en nuestros días, Afganistán, un territorio que guarda como ningún otro, la huella de Alejandro. Nunca serían igual las cosas después del paso de los greco-macedonios por aquellas tierras, que se convertirían desde ese momento, en el obligado punto de destino entre Oriente y Occidente, de modo que quien dominaba Afganistán, dominaba el mundo. Si ambas caras de la civilización estaban en paz, aquellas tierras se convertían en un crisol en el que ambas culturas producían otra nueva, fruto de la mezcla. Sin embargo, en los periodos de conflicto y guerra Afganistán se convertía en un verdadero infierno para aquel que intentase dominarlo.
En cierto sentido, no hay occidental que no sea afgano, ni oriental que no sea griego, pues hubo un tiempo en el que las religiones monoteístas no existían y por tanto tampoco sus visiones excluyentes. O sea, que hubo una época en que los humanos existían antes de Dios y esa fue la época de Alejandro y de su viaje. Un viaje que transformó a todos los que lo hicieron, que produjo la cultura greco-budista (cuyos máximos ejemplos eran los Budas gigantes de Bamiyán) y que transformó el mundo.

330 a.C., en Afganistán.

Aria, Bactriana y Aracosia y la región desértica de Gedrosia, compartida con Pakistán bajo el actual nombre de Beluchistán, eran las regiones de aquella parte del mundo en las que Alejandro y los varios miles de griegos que iban con él, pisaban por primera vez. Fue un verdadero viaje de transformación porque (lejos de las cosmogonías teológicas que se impondrían siglos mas tarde, con sus visiones dogmáticas del mundo y en las que no queda ningún margen para la interpretación individual), dos caras del mismo mundo estaban entrando en contacto. Conforme avanzaban en el viaje, Alejandro y muchos de sus hombres, iban adoptando rápidamente hábitos orientales, a la vez, como siempre sucede, que otro grupo también numeroso, se iba reafirmando en sus ideas preexistentes al viaje.
Las tradiciones, la mentalidad tradicional y establecida que no acepta ponerse en contacto con otros modos de vida, con otros modos de ver las cosas, acaban siendo una atadura y una causa generadora de conflictos; y Alejandro en su viaje tuvo muchos, pues algunos de sus compañeros como el general Filotas, acabaron conspirando contra él, bajo la acusación de corromper las costumbres tradicionales macedonias para adoptar “la de los bárbaros”, las orientales. Siempre surgirá ese mismo conflicto, entre el dogma y la tradición, con lo surgido de la mezcla y el contacto.
En octubre del 330 a. C., entraron en Afganistán por la región de Aria la actual provincia de Herat procedentes del vecino Irán, de la ciudad de Zadracarta (Bender Chah), es más, fundaría su primera Alejandría afgana, la de Aria (Herat). Desde allí fueron hacia Frada (Farah) en la región de Zarandj y en donde tuvo lugar la “llamada conspiración del general Filotas”. Pasaron allí el invierno, pues esas regiones son de inviernos prematuros, fríos e intensos y en donde habitan tribus muy celosas de su independencia y refractarias a cualquier poder hegemónico. Abandonaron Frada en diciembre del 330 a. C., con las tropas macedonias ataviadas con el turbante afgano, obligatorio para proteger la cabeza del sol y tras haber sustituido las sandalias griegas por un cierto tipo de botas.
En la región de Aracosia fundó la Alejandría de Aracosia, hoy Kandahar, la ciudad de las mil fuentes y hoy emblema del movimiento Talibán y del Mulá Omar y desde allí siguieron hacia el norte, hasta las estribaciones del Cáucaso (Hindu-Kush) a unos 68 kms del actual emplazamiento de Kabul y en los alrededores de la actual Baghlan, fundó la Alejandría del Cáucaso o del Monte Paropámiso, justo debajo de la roca en la que Zeus encadenó a Prometeo, perfectamente descrita en sus dimensiones por Quinto Curcio, en su “Historia de Alejandro Magno”.
Prometeo estuvo un día encadenado en Afganistán por haber robado el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, hecho por el que es conocido como su protector, del género humano, y allí permaneció encadenado hasta que fue liberado por el mismísimo Heracles. Gran parte de la población europea y su cultura proceden de los llamados pueblos indo-iranios.
Alejandro de Macedonia, el grande, fue tras el mito de Heracles y por eso quiso fundar su Alejandría caucásica a los pies de la roca de Prometeo. Como dice Carlos García Gual en “Mitos, viajes y héroes”: “los mitos no tienen una fijeza dogmática, en contraste con la fe requerida por los textos de ciertas religiones frente a los que no se admiten disidencias. En tal sentido la religión antigua era mucho más liberal que la tradición cristiana, musulmana o hebraica “.

El final del viaje

En los últimos meses del año 329 aC., abandonaron Afganistán para adentrarse en el territorio de los actuales Uzbiekistán, Tazdhikistán y Kirguistán, en donde una ciudad próxima a la actual Tashkent, todavía lleva el nombre de Iskender (Alejandro en persa), aparte de la Alejandría egipcia y de la turca Iskenderum. En Uzbiekistán fundó la Alejandría Tarmita (Termez), contrajo matrimonio con la princesa Uzbeka Roxana y en la ciudad más emblemática de la zona en Maracanda o Samarcanda ( La gloria del Tamerlán, La perla de la Ruta de La Seda), tuvo lugar uno de los sucesos más trágicos de su vida, cuando diera muerte a su amigo de infancia Clito el Negro, en una discusión provocada por un rito oriental, la proskinessis o prosternación. Este rito, que consiste en saludar a los monarcas orientales con una inclinación total del cuerpo y posterior beso de la mano, sigue provocando recelos en Occidente y se confunde con un signo de humillación, cuando no es más que otra forma de saludo. Para ejemplo de esto baste con decir lo mal interpretado que es ese tipo de gesto, pleitesía, cuando se realiza ante el monarca marroquí.
Dos milenios después ese tipo de saludo sigue provocando conflicto y malas interpretaciones, la misma que le costara a Clito la vida y a Alejandro una de sus más grandes depresiones, pues quiso darse muerte con la misma sarisa (lanza macedonia) con la que había matado a Clito. Después de aquello nunca volvió a exigir ese tipo de saludo a los griegos.
Alejandro volvió a territorio afgano dos años después, a su Alejandría del Cáucaso, en 327 a. C., tras volver a atravesar el Hindu Kush, probablemente por el paso de Salang, que utilizaran los soviéticos en la invasión de Afganistán.
Tras reorganizar allí su ejército, ya de mayoría persa, abandonó Afganistán definitivamente en otoño de ese mismo año y de allí se dirigió a lo que entonces se conocía como India y hoy llamamos Pakistán, siguiendo el trazado que hoy utiliza la vía férrea Kabul-Rawalpindi-Lahore.
En esa ruta conquistó la célebre Roca de Aornos, que Heracles hubo de abandonar sin dominar.
Tras dominar Pakistán, bajó desde Peshawar a Karachi por el antiguo curso del Indo.
Según uno de los grandes estudiosos de Alejandro, citado por Antonio Bravo García en su introducción a la Anábasis de Arriano: “Alejandro fue un soñador que persiguió la unión de los pueblos, en su creencia de la unidad de La Humanidad”, pero como decía Flaubert: “eso fue en el tiempo en el que los viejos dioses ya no servían y los nuevos no habían aparecido, fue en el tiempo en el que el hombre estuvo solo”, frente a sí mismo.

Nota: * publicado en El Telegrama de Melilla, el 07/11/2001

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Una respuesta a “Alejandro de Macedonia en Afganistán *

  1. Parece que he vuelto, pero solo es apariencia. Antes de seguir, debo volver una vez más al Escorial.

Lo que se ha podado retoña; lo ahuyentado vuelve, lo extinguido se enciende; lo adormecido despierta otra vez. Poco es , pues, podar una sola vez; es necesario podar muchas veces, continuamente, si es posible.

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