El nombre y el número de la bestia


      El Apocalipsis o revelación,  son las visiones del evangelista Juan en la isla de Patmos, lugar al que fue relegado por orden del emperador Domiciano (81-96), uno de los más duros perseguidores del incipiente cristianismo. ¿Por qué no reveló Juan  el nombre la bestia y lo dejó todo pendiente de un acertijo numérico?.  En aquel momento, el de la revelación, debía ser ya un hombre anciano, que había sobrevivido a todos sus compañeros, sin poder contemplar el regreso definitivo del Mesías, que siempre se consideró inminente.

    Lo primero que hay que decir es que el número de la bestia no puede ser 666, porque éstos son números árabes y no existían en esa época. La bestia y sus seguidores, los que se dejan seducir por ella, no pueden llevar tres seises escritos., aunque sí llevarán una señal reconocible.

    La otra cosa que hay que señalar, es que la revelación pudo ser recibida a finales del siglo primero, pero no podemos saber cuando fue puesta por escrito. El idioma original de los evangelios es el griego, y al igual que el resto de las lenguas habladas en aquel momento, no disponían de números, por lo que asignaban un valor a cada letra para poder representar las cantidades. En griego, seiscientos sesenta y seis se representaría así: χξζ (ji-xi-dseta), y se escribiría como, ἑξακόσιοι ἑξήκοντα και ἕξ (hexakóisioi hexékonta kai hex).  Leído y oído de esta manera, carece de sentido para nosotros, dos mil años después, pero no en aquel momento. Juan escondió el nombre y los camufló en una cifra.

     Sin embargo, en latín, las letras empleadas para designar los números se escribirían así DCLXVI y formarían un acrónimo. Los evangelios también fueron luego escritos en latín, tras ser volcados del griego. Es probable que Juan sí conociese el latín y el significado que otorgaba a esas cifras fuese el siguiente, según la interpretación de Robert Graves en su obra La Diosa Blanca: Domitius César Legatos Xristos Violenter Interfecit, que traducido sería Domicio(nombre original de Nerón) César mató con violencia a los legados de Cristo. Los cristianos primitivos tenían tal terror a Nerón que siempre pensaron en que se reencarnaría, de hecho Domiciano, tenía un nombre parecido al de Nerón, antes de ser adoptado por Claudio como heredero, Domicio, en realidad su nombre era Lucio Domicio Claudio (LDC), que alterados en su orden compondría las tres primeras cifras del número de la bestia DCL.

      El emperador Nerón, gran perseguidor de los cristianos, a los que acusó, según las crónicas históricas, del incendio de Roma, mató a los principales apóstoles de Jesucristo. Esto es cierto y esta sería la solución del enigma. Para mayor coincidencia, las excavaciones bajo el Vaticano, han puesto de manifiesto que bajo su suelo, se encuentra la famosa Domus Aurea, o gran palacio de Nerón.

      Pese a todo, el Apocalipsis se trata de una revelación, de una profecía que se repite a lo largo de la historia y que no se detiene en los acontecimientos que narra. No habrá una única bestia, sino muchas, que se sucederán a lo largo de la historia, y siempre tendrá sus seguidores, que serán siempre reconocibles, porque llevarán la marca de la bestia, la que corresponda en cada momento. No habrá pues un único final, sino muchos y serán continuados. Y todo se repetirá de modo cíclico, hasta el instante final. Todo será anunciado desde los cielos, para que pueda ser percibido y visible para todos/as.

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3 Respuestas a “El nombre y el número de la bestia

  1. La bestia va evolucionando a técnicas de dominación más sibilinas. Ahora no precisa matar directamente como Nerón, cuenta con formas de coacción y de imposición refinadas más difíciles de percibir y por tanto de rebelarse a ellas, que anulan la vida en otro sentido y destruyen el alma.

  2. Echaba de menos este tipo de entradas Hospitalario, no menos la categoría “Citas”. Muy interesante saber lo que hay detrás de este número. Creo que hay muchas teorías pero todo empieza en el capítulo 13, versículo 18 del Apocalipsis.

  3. Las circunstancias imponen a veces una exigencias que son imposibles de desatender. No siempre se puede escribir sobre lo que se quiere, si no sobre aquello que se debe.

Lo que se ha podado retoña; lo ahuyentado vuelve, lo extinguido se enciende; lo adormecido despierta otra vez. Poco es , pues, podar una sola vez; es necesario podar muchas veces, continuamente, si es posible.

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