Archivo diario: 10 febrero, 2012

La ley del derribo en Melilla


     “Todo lo que sea susceptible de ser derribado, será derribado”

       En Melilla existen lo que se denomina “ojeadores de solares”, personas que recorren incansablemente la ciudad buscando “casamatas”, o edificios en mal estado, para informar a sus emisarios de todo aquello que pueda ser comprado. Del estado de esta “manzana” del barrio del Real, dimos noticia en el mes de octubre, cuando vimos que abandonaba el inmueble, camino de la Residencia de Ancianos, la última inquilina de la calle Cataluña. En la calle Infanta Cristina hace ya tiempo que no vive nadie y tan solo permanecen habitadas dos vivienda sen el extremo de la calle Orense.

           Este inmueble parece ser obra de Enrique Nieto. Está en evidente estado de abandono desde hace  tiempo. Las casas que se iban deshabitando quedaban ya vacías y no se alojaban en ellas nuevos inquilinos. En los últimos años fue objeto de un cambio de propiedad y el deterioro siguió su curso. De la antigua balaustrada apenas queda una muestra en el terrado y de las ménsulas que adornaban las puertas y ventanas de las casas, ya solo quedan cinco. Imagino que nadie se molestará en sacar moldes de ellas.

        Tampoco creo que la posterior edificación siga algún estilo acorde con lo que fue en su día el barrio del Real, objeto de la gran guerra de 1909. En la zona alta del barrio, la que se conoce como Altos del Real, el ejercito español obtuvo una gran victoria, que compensó la afrentosa derrota del “Barranco del Lobo”, allá por 1910. El diseño del barrio sigue los patrones de un campamento militar romano.

          Ayer se iniciaron los trabajos de catas de terreno, por un empresa geotécnica, y las labores de limpieza de elementos de la fachada y análisis de las vigas y tabiques. El derribo es casi inminente. Es la ley inexorable de Melilla, junto con otras muchas que iremos formulando poco a poco.

 

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Sentencia contra Garzón: Fallo supremo


     

                         El recuerdo de los Juicios de Moscú 

  El Alminar de Melilla

                Toda sentencia judicial es un acto de opinión, toda sentencia judicial es opinable. El margen de interpretación que tienen los magistrados españoles para decidir qué es objeto de condena y qué no, es tan grande, que muchas de sus sentencias pueden considerarse claramente como expresiones personales. Las sentencias de los jueces españoles están llenas de opiniones, por mucho que las mismas, en su conjunto, constituyan letra de Ley.

         La propia Ley obliga a acatarlas, pero la libertad de opinión nos permite enjuiciarlas, opinar sobre ellas y en este caso, mostrar el más absoluto rechazo a la misma. No comparto ni el fondo ni la forma de esa sentencia, es más, el propio juego de palabras de las sentencias, llamadas también fallos, me lleva a considerar el Fallo del Tribunal Supremo, como fallo supremo o un supremo fallo. No comparto siquiera la concepción del delito de prevaricación. Creo que el delito de prevaricación debería ser suprimido del Código Penal español, porque puede esconder, un juicio político bajo la apariencia de “salvaguardar las garantías procesales”.

               Los juicios de Moscú y la Gran Purga (Большая чистка)

      Ha sido la propia sentencia del Tribunal Supremo la que me ha abierto la puerta para hablar de la Justicia del Camarada Stalin, al citar que: ” la grabación de las conversaciones entre letrados y acusados nos asemeja a los estados totalitarios”. No se atreven los magistrados del Tribunal Supremo a llegar más lejos, sobre todo al no explicar cuál era la justicia en los estados totalitarios o su principal característica, cuyo máximo ejemplo siguen siendo los tribunales de Stalin.

             La principal característica de la justicia stalinista era: “Que el acusado estaba condenado, incluso antes de instruirse el proceso judicial, incluso antes de celebrarse el propio juicio”. Esto sí nos asemeja al tipo de justicia al que alude  el propio Tribunal Supremo en su sentencia. Toda España sabía o tenía la intuición de que el magistrado Garzón iba a salir condenado en algunos de estos juicios. Él lo ha expresado mejor que nadie en su comunicado: ” Es una sentencia predeterminada”. Una condena dictada solo a instancia de parte (acusación), sin apoyo del Ministerio Público, e incluso superior, 11 años de inhabilitación, al máximo pedido por las acusaciones (10 años).

           En los juicios de Moscú de 1936 a 1039, los opositores Lev Kamenev, Grigori Zinoiev y Nicolai Bujarin, fueron juzgados en un espectáculo judicial que concitó toda la atención mediática de la época y digo que fueron juzgados, proque condenados ya lo estaban.  En cualquier caso, prefiero que el nombre de garzón quede en la historia junto a los de Kamenev, Bujarin, Zinoiev, Radek, Piatakov y Sokolnikov,  que no junto a los de Abakumov o Vizhinsky. Y hay que dejar claro que en los Juicios de Moscú se siguieron todas las garantías procesales requeridas en la Legislación Soviética.

                 Supresión del delito de prevaricación

        Ningún juez está exento de fallos, ningún juez es inmune a los errores, pero el delito de prevaricación supone juzgar las intenciones de una persona. La propia definición lo exige: “tomar una decisión a sabiendas de que es injusta”. Puede haber casos muy claros, en que esto sea manifiesto, pero la escasez de sentencias del Tribunal Supremo sobre prevaricaciones cometidas por jueces, indica que es un delito muy difícil de juzgar, y de concretar en una instrucción sumarial.

       Sorprende la celeridad con que se han instruidos tres procesos contra el magistrado Garzón. Sorprende la unanimidad de los emisores de la sentencia. Sorprende que el magistrado Garzón acumule en su persona casi tantos procesos por prevaricación, como la suma de todos los jueces españoles. Mejor suprimir este delito. Como he dicho al principio, podría estar enmascarando “procesos políticos” o “rencillas personales”.       

Frente a la ira de los dioses


              Los humanos frente a los dioses antiguos

  Los dioses de la antigüedad eran coléricos y vengativos. Le hacían trampa a los humanos. Hubo algunos como Prometeo que le arrancaban algo a los dioses, el fuego, y luego lo pagaban muy caro. Prometeo fue encadenado un una montaña de Afganistán, condenado a que un buitre le devorara el hígado durante el día, y que le volvía a crecer por la noche. Casandra tenía el don de la profecía, pero los dioses consiguieron que nadie la creyese y así anularon su don. Son innumerables los ejemplos de  castigos que infligían aquellos dioses demasiado humanos.

      Los dioses del Olimpo hacían participar a algunos humanos de sus decisiones y rencillas, pero cuando el humano tomaba parte por alguno de los bandos, la facción derrotada solía vengarse y condenaba al humano a repetir eternamente trabajos absurdos, pero infernales,  como llenar constantemente de agua un barril sin fondo, o subir rocas a lo alto de las montañas y que se caían inmediatamente, tras ser colocadas en la cima. Instalados en el Olimpo, los dioses perdían cualquier contacto con la realidad humana.

         La situación actual, me recuerda más que ligeramente a las historias de los dioses de la antigüedad. La clase política en el Poder, salvo raras excepciones, crea nomenclaturas a las que muy raramente se accede. Instalados en sueldos vertiginosos, en privilegios que mantienen durante años y que luego transforman en vitalicios, pierden el contacto con la realidad. Protegidos por sueldos hasta 10 veces superiores al de un trabajador medio, no pueden saber qué es mantenerse con una pensión media de 500€ mensuales o un sueldo poco más que mil eurista (el de cualquier funcionario español).

        Por eso, cuando oigo que se van a pedir esfuerzos a los de siempre, en un país como España, que tiene un salario mínimo de 670€, una pensión media que no alcanza los 600€, un pensión mínima de 370€ y un salario medio de sus funcionarios de 1200€, pienso que esa clase política en el Poder ya  no sabe lo que dice, y que perdió el contacto con la realidad hace mucho tiempo.

       Y que no se le ocurra a nadie ayudar a los humanos, o tomar partido por alguno de los bandos de los dioses, porque entonces probará todos los rayos y truenos lanzados desde El Olimpo del Poder. Se acostumbraron tanto  a la adulación y a la mentira, que cualquier verdad, por pequeña que sea, les irrita sobremanera.